Dos transiciones/Una obsesión de 30 años.Javier Ortiz. 24+25A2004

Javier Ortiz

Donostia-San Sebastián (1948). Periodista activista contra la dictadura, exiliado en Francia, regresó a España tras la muerte de Franco. En 1977, fundó la revista Saida,y posteriormente se unió al grupo fundador de Liberación, en el que ejerció de redactor-jefe de la sección de Sociedad y de jefe de cierre. Pedro J. Ramírez le invitó a sumarse al proyecto del diario El Mundo. Fue nombrado sucesivamente redactor-jefe,jefe de la edición de Bilbao hasta 1992, y subdirector y jefe de la Sección de Opinión hasta 2000, fecha en la que solicitó una excedencia que acabaría siendo indefinida. Continúa como columnista de El Mundo, periódico en el que publica dos artículos por semana, y es colaborador de Radio Euskadi. En marzo de 2002 asumió la dirección de la colección Foca,dentro del grupo editorial Akal. Ha publicado seis libros: Matrimonio, maldito matrimonio (1991), Jamaica o muerte (1994), El felipismo, de la A a la Z (1996), Diario de un resentido social (2001), Ibarretxe (2002) y Repensar la Prensa (2002), en colaboración con Enrique Gil Calvo, y Manuel Revuelta. Ha sido también editor y coautor de otras dos obras: Palestina existe! (2002) y Washington contra el mundo (2003)

Escribe a diario sus Apuntes del natural en su web http://www.javierortiz.net

 

Dos transiciones
(Sábado 24 de abril de 2004)

-¿Alternativa? ¿Qué alternativa? No considero ninguna posibilidad que no sea la victoria.
Fue la seca respuesta que dio el capitán Otelo Saraiva de Carvalho al mayor Vitor Alves, militar de vocación política, pocas horas antes del inicio de la revuelta triunfal del Movimiento de las Fuerzas Armadas, el movimiento de los capitanes, contra la dictadura de Marcelo Caetano.
El propio Alves, de talante moderado, acabaría contagiado de esa certeza en la victoria.
-La rueda es ya imparable. Ahora sólo queda dejarla rodar. Si sale mal, mala pata -respondió a otro oficial del Ejército que le preguntó si no sería mejor aplazar el movimiento hasta que estuviera más maduro. (*)
Esta madrugada hará 30 años de aquel levantamiento.
En España se vivió con emoción. Los enterados sabían que en el seno del Ejército luso había un fortísimo sentimiento de rebeldía contra las guerras coloniales, carentes de futuro, y que los jóvenes oficiales, proletarizados por la evolución de la propia sociedad y radicalizados por la ceguera y la corrupción de sus mandos, se habían organizado para acabar con el régimen filofascista que llevaba casi cuatro décadas atenazando al pueblo de Portugal. A este lado de la frontera, no pocos miraban aquello con mal disimulada envidia. ¡El Ejército, con la izquierda! ¡Un golpe de Estado a favor de la libertad!
El 25 de abril me pilló en París. No tardamos en enterarnos allí de que la señal que había servido de aviso para el inicio del movimiento había sido la emisión nocturna por las ondas de Radio Renascença, minutos después del comienzo del programa Limite, de una canción que Zeca Afonso había grabado para Le Chant du Monde y que estaba prohibida en Portugal: "Grandola, vila morena".
Resultaba tranquilizador que hubieran recurrido a la voz de Zeca Afonso: era un izquierdista reconocido.
En cosa de horas empezaron a llegar las imágenes y nos fuimos habituando a aquellos rostros, unos más reconfortantes (Otelo, Rosa Coutinho), otros mucho más problemáticos (Spínola).

Miradas con la perspectiva de tantos años, las dos transiciones, la portuguesa y la española, encargadas de enterrar dos dictaduras similares para instaurar dos regímenes parlamentarios también parecidos, cobran significados históricos inevitablemente parejos. Está claro que ni el post-salazarismo de Caetano en 1974 ni el post-franquismo de Arias Navarro en 1976 tenían porvenir en aquella Europa abocada a su unificación bajo cánones democráticos. Se recorrió el mismo camino por senderos diferentes.
Sin embargo, para cientos de miles de personas de allí y de aquí ni hubo, ni hay, ni habrá nunca comparación posible.
El pueblo portugués se dio el gustazo de ver el hundimiento del tinglado de la dictadura. De protagonizarlo en seguida, mano a mano con los soldados, el clavel en el puño y en la boca del fusil.
Aquí, en cambio, nos tocó asistir a la bochornosa ceremonia de una sucesión atada y bien atada.
-¿Hubieras preferido ser portugués? -me preguntó hace meses un amigo que me oyó dejar constancia de mi profundo respeto por la transición portuguesa.
- Lo fui -le respondí-. Por unas semanas. Por unos meses. Siempre algo, desde entonces.

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(*) Otelo Saraiva de Carvalho, Memorias de abril, Iniciativas Editoriales / El Viejo Topo, Barcelona, 1978.

Una obsesión de 30 años
(Domingo 25 de abril de 2004)

Hablaba ayer de la Revolución de los claveles portuguesa, de la que hoy se cumplen 30 años.
Según acabé de escribir el apunte, seguí rememorando aquel año. Y recordé los problemas de encaje mental que los sucesos de Portugal nos produjeron por estos pagos a muchos militantes de la izquierda radical.
Nuestro análisis partía del convencimiento de que el fascismo, tal como existía en la España de los años setenta, no era un modo de dominación política y social de las fuerzas oligárquicas, sino el único modo por el que esas fuerzas podían mantener su predominio. En consecuencia, no cabía afrontar el fin del régimen dictatorial sin plantearse a la vez una auténtica revolución social que desalojara del poder a la oligarquía económica y a sus protectores estadounidenses. La lucha por las libertades se fundía en nuestras mentes con la lucha por la revolución social: o triunfaban ambas o no triunfaba ninguna.
Aquel análisis presentaba varias ventajas. Una era su extrema simplicidad: cabía exponerlo en dos patadas, lo que facilitaba considerablemente las tareas de proselitismo entre gente con ganas de respuestas tajantes y unívocas. Otra era su indiscutible radicalismo. Resultaba muy atractivo para los militantes instruidos en los manuales editados por la III Internacional y la Academia de Ciencias de la URSS, hartos de las consignas romas que difundía la dirección del Partido Comunista de España, controlada por Santiago Carrillo. Conforme al análisis de los carrillistas, el régimen de Franco no representaba los intereses del bloque social dominante, incluyendo el nutrido aparato del Estado, y los planes estratégicos de los EEUU para Europa y el Mediterráneo. Era expresión de los vaivenes decadentes de una reducidísima camarilla, compuesta por la familia del propio Franco y un puñado de generalotes trasnochados, sin apenas influencia en las propias Fuerzas Armadas. De acuerdo con ese supuesto análisis, la dirección del PCE sostenía que todo lo que se requería para provocar el fin del franquismo era, por así decirlo, un empujón (una huelga general, tal vez).
Ése análisis, que la jefatura del PCE repitió machaconamente desde los años cuarenta, no era sólo erróneo, sino también ideológicamente nefasto, porque no preparaba a los militantes para encarar lo que en realidad tenían enfrente: una dictadura muy instalada, capaz de recurrir a los métodos más brutales y respaldada por un consenso social tal vez no muy sólido, pero bastante amplio, salvo en Euskadi y Cataluña. Aquella gente no estaba aislada, ni a escala internacional ni a escala local. De hecho, nosotros estábamos mucho más aislados.
Pero que el modo de ver la realidad española propio de Carrillo fuera tan inexacto como inconveniente no hacía más científico el nuestro, y los sucesos de Portugal nos pusieron de bruces ante esa realidad: los regímenes dictatoriales ibéricos (el salazarismo y el franquismo), que habían encajado muy bien con los intereses de los promotores occidentales de la Guerra Fría, empezaban a representar un estorbo para las propias clases dominantes, al menos en sus formas más arcaicas. La dictadura portuguesa cayó antes por el efecto corrosivo de las guerras coloniales, insostenibles, pero el hecho de que España no soportara un fenómeno de esa naturaleza no nos autorizaba a cerrar los ojos a la evidencia: una dictadura así podía caer sin que eso fuera resultado de un alzamiento armado de la población y sin que tal cosa significara un cambio radical en las estructuras socio-económicas del país.
Los sucesos de abril de 1974 tuvieron un efecto extraordinariamente positivo sobre los análisis de una izquierda radical que tuvo que empezar a pensar más y mejor, tratando de combinar la firmeza en el empeño por transformar la sociedad y la capacidad para seguir los complejos meandros de la Historia, muy poco respetuosa con los dogmas y muy dada a dejar a los dogmáticos con dos palmos de narices.
Desde entonces -30 años ya- algunos hemos vivido con esa obsesión constante: cómo ver la realidad sin afeites, crudamente... y cómo no rendirse a ella.
Es posible que no hayamos logrado plenamente ninguna de las dos cosas. Pero no nos importa seguir intentándolo. Tampoco tenemos nada mucho mejor que hacer.

 

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