La revolucion de Octubre de 1934

El artículo que publicamos a continuación es básicamente el publicado el 27 de septiembre de 1984, con motivo del 50 aniversario de la Comuna Asturiana, en el número 164 de Nuevo Claridad, en su primera etapa. Tan sólo se han eliminado algunos párrafos que hacen referencia al contexto general de la época que se tratan en otros artículos de este número de la revista, se han añadido algunos otros sobre temas infrarrepresentados en el artículo original, principalmente el papel del PCE, y se han mejorado algunos conceptos. El autor es Jesús María Pérez aunque está firmado con el pseudónimo Mario Monleón.

El día 5 de octubre de 1934 estallaba uno de los acontecimientos más importantes de la historia contemporánea no solo del Estado español sino del movimiento obrero internacional. El proletariado asturiano insurrecto, tuvo el poder en sus manos durante quince días tras arrancarlo por la fuerza y la decisión de su lucha. Fue, como afirma David Ruiz, «la primera revolución socialista de la historia de España».

Este acontecimiento es, junto con la gesta que escribieron los trabajadores españoles en la guerra civil, igualmente como parte de la lucha contra el avance del fascismo, la página más heróica y sobresaliente de toda la historia del movimiento obrero español, ya de por sí extensa en ejemplos de luchas de las masas oprimidas.

Esta portentosa lucha es comparable a la Comuna de París, en muchos aspectos. De la misma forma que por primera vez una clase obrera en el mundo tomaba el poder y lo mantenía durante 3 meses, en una ciudad como París, y sufría a continuación la feroz y cruel represión de la burguesía francesa y el ejército prusiano, en el caso asturiano también fue la primera vez que la clase trabajadora tomaba el poder en toda una región del Estado español, teniéndose que enfrentar después a la venganza salvaje del ejército republicano burgués (dirigido desde Madrid por el mismísimo Franco) y las fuerzas de choque moriscas.

La Comuna Asturiana de octubre del 34 es un hecho clave dentro de un período revolucionario que se extiende desde la caída de la monarquía en abril de 1931 hasta el fin de la guerra civil española. Hay que comprender la revolución de octubre del 34 como parte fundamental de ese proceso.

Antes de entrar en el análisis de la insurrección obrera asturiana citaremos solo dos antecedentes que demuestran el ambiente general de disposición a la lucha por parte de los trabajadores y de enorme polarización política

El 8 de diciembre del 33 la CNT, en solitario, convoca una huelga de carácter nacional. Esta convocatoria de la CNT, por su cuenta, fue un error, pero por otra parte demostró el ansia de lucha de los sectores obreros más conscientes. La huelga se extiende por las zonas de mayor influencia de la CNT; Aragón, Rioja, Catalunya, Centro, Extremadura y Asturias. Pero debido a su misma parcialidad fue derrotada y sufrió una represión brutal por parte del gobierno republicano; más de 100 muertos y 6.000 detenidos. Fue prohibida toda la prensa y cerrados los locales cenetistas. La propia central sindical dió la orden de volver al trabajo y dos semanas más tarde era ilegalizada.

Unos meses después estalla la lucha en el campo debido al rápido deterioro de las condiciones de trabajo y de vida que alimentaban un ambiente explosivo. Los salarios agrícolas pasaron de 10-12 pesetas diarias en 1931 a 4 pesetas día en 1934. El Gobierno Lerroux se dedicó a devolver las pocas tierras que habían sido expropiadas en el el período republicano-socialista, dió total libertad de acción al propietario agrícola en materia laboral permitiéndoles el despido libre, la fijación del salario y duración de la jornada...

En ese contexto, presionada por un ambiente y por su propia base muy radicalizados, la FTT (la Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT) convocó huelga general en el campo en junio del 34, a la que se sumaron anarquistas y comunistas. En muchos pueblos llegó a durar dos semanas, pero fracasó porque los dirigentes no fueron capaces de unirla y extenderla a la clase obrera industrial. Este aislamiento de la ciudad dio al gobierno la posibilidad de reprimir el movimiento sin piedad: 8.000 detenidos y aplicación de todas las leyes represivas posibles; anti-huelga, estado de alarma, pena de muerte, tribunales de urgencia, clausura de locales sindicales y de todas las Casas del Pueblo.

Los jornaleros demostraron su coraje y su voluntad de lucha pero el proletariado industrial no fue llamado a la lucha y el resultado fue un fracaso que además no tuvo ningún coste para los terratenientes ya que al final la cosecha del 34 fue mayor que la del 32. Y fue un derroche de fuerzas pues el movimiento de octubre pilló a los trabajadores del campo en la cárcel, desmoralizados, derrotados y sin ánimos para nuevas luchas inciertas, pues así se veían debido a la orientación sectorial de los dirigentes.

Asturias

Asturias tanto en el 32 como en el 33 es la primera provincia de todo el Estado en número de huelgas. En 1932 participan en la lucha huelguística 59.236 trabajadores asturianos y en 1933 se da un fuerte aumento llegando a participar 105.286 trabajadores.

En esos momentos hay en Asturias 70.000 trabajadores sindicalizados lo que da un porcentaje altísimo de su población asalariada; más del 50%. El núcleo que marca la pauta es el obrero, especialmente el minero.

Durante todo el año 34 se da unas escalada progresiva de la lucha. Octubre no surge de la nada. Luchas en Trubia, en la fábrica de cañones contra una reducción de plantilla. En abril, llega a haber 11.000 huelguistas en la cuenca minera teniendo tiroteos con las fuerzas represivas. En mayo se suceden los mítines y manifestaciones. El 1 de septiembre el grupo femenino socialista de Sama de Langreo, apoyado por mineros, muchos de ellos armados, se manifiestan contra «la guerra y el fascio». Da lugar a enfrentamientos y nuevos tiroteos, tomando parcialmente la población la Guardia de Asalto. Las mujeres vuelven a concentrarse en la Casa del Pueblo para iniciar una marcha que es impedida por una carga de caballos con el balance de un muerto.

Al día siguiente estalla la huelga general por la cuenca minera y la Duro-Felguera. Continúan los conflictos y el día 8 y 9 se da una huelga general total ante la «visita» e intento de concentración de la derecha más reaccionaria encabezada por Gil Robles, en Covadonga.

Este mitin-concentración de los clerical-fascistas fracasa como los otros dos que intentan en El Escorial y Madrid (este último de los terratenientes de Catalunya). Los trabajadores de estas zonas afectadas levantaron los rieles de los tranvías, pararon los trenes, impidieron la venta de comida y el alquiler de alojamientos, colocaron barricadas en los caminos y carreteras y rechazaron y dispersaron a los grupos reaccionarios.

El Gobierno Lerroux, con el apoyo de la CEDA, supuso un período de luchas y represión. No se llamó bienio negro por capricho. Se suceden las provocaciones, multas, detenciones y secuestros de la prensa obrera.

«La estructura legal erigida por la coalición republicano-socialista les resultó muy útil a Lerroux y Gil Robles. En un año fueron confiscadas más de 100 ediciones de El Socialista.

En septiembre del 34 había, según el cálculo de la Internacional Socialista, un total de 12.000 obreros presos. Se prohibió la milicia socialista y se confiscaron sus armas. Se cerraron los edificios de las organizaciones obreras e investigaron su contabilidad sindical para ver si se habían utilizado sus fondos con fines revolucionarios. Los socialistas y otros obreros elegidos para los consejos municipales fueron destituidos. Todas las leyes que los socialistas quisieron utilizar contra los «irresponsables» se volvieron en su contra» (Revolución y Contrarrevolución en España. Félix Morrow).

Sin pretender querer hacer una comparación automática entre los acontecimientos de los años 30 y la actualidad, sí tenemos que ser capaces de extraer algunas lecciones evidentes que nos ofrece la historia. Entonces, leyes como la Ley de Defensa de la República, aprobada por el gobierno republicano-socialista, fue utilizada después contra la clase trabajadora por los gobiernos republicanos. Hoy, leyes como la Ley de Defensa de la Democracia, La Ley de Prensa, La Ley anti-terrorista, el nuevo Código Penal o la propia Constitución, que no dejan de ser leyes de clase con algunos elementos progresistas que tan solo sirven para ocultar su carácter eminentemente reaccionario, y que en su mayoría han sido aprobadas durante los gobiernos socialistas o al menos con el apoyo del PSOE y de IU, serán utilizadas por los ministros del PP contra la clase trabajadora si ésta intenta luchar por mejorar sus condiciones.

El PSOE y la «Insurrección»

La política de los dirigentes de la izquierda del PSOE, tras la grave derrota electoral en el 33, se había basado en asumir ante los trabajadores el «compromiso solemne de desencadenar la revolución» en caso de que Acción Popular, la derecha liderada por Gil-Robles, entrara en el gobierno. Y de hecho eso era lo que esperaban las capas avanzadas y conscientes de la clase trabajadora en Asturias, Catalunya, Madrid..., «el inicio de la insurrección».

Por ese motivo, los trabajadores de Madrid, nada más conocer la noticia de que en el nuevo gobierno se incluían tres ministros de AP y dos del Partido Agrario, se lanzaron de forma unánime a la calle esperando las armas con las que iniciar la anunciada insurrección. El mismo gobierno entró en una fase de pánico total ante la unanimidad de la huelga, antes de que fuese convocada por las organizaciones obreras.

Sin embargo la dirección socialista no supo ver, o no fue capaz o no quiso, el momento tan favorable para dar un golpe mortal al gobierno y a la reacción. No sólo no lanzó la consigna de insurrección (a pesar de sus promesas anteriores), sino que durante la larga crisis de gobierno no trazó ningún plan de acción, limitándose a redactar un programa «republicano» que a pesar de que se llamaba «revolucionario», era «abstracto, conservador en algunos puntos, confuso y poco coherente» según lo define Diaz Nosty en su libro «Comuna Asturiana». Ni siquiera planteaba la nacionalización de la industria y la banca. El único papel que tal programa podía jugar en ese momento era de confusión. ¿Se iban a lanzar los trabajadores en una lucha a muerte contra un gobierno y un sistema que les había degradado y encarcelado para mantener el mismo sistema con otro gobierno? Esa debía ser la intención del redactor del programa, Indalecio Prieto, pero no la de los trabajadores, jóvenes y jornaleros.

El PCE

En cuanto al papel de la dirección del Partido Comunista en aquellos momentos, según reconoce Bullejos, dirigente máximo del PCE hasta 1932; «la proclamación de la República y su forma pacífica sorprendieron al PC y al Comité Ejecutivo de la (III) Internacional» (Historia del movimiento obrero en la historia de España. Tuñón de Lara).

En 1931 el PCE cuenta con ochocientos afiliados en todo el Estado. Tuñón de Lara cifra los votos del PCE en 60.000 en las elecciones a Cortes Constituyentes y en unos 200.000 en las elecciones del 33. En el IV Congreso celebrado en marzo de 1932 la dirección da la cifra de 8.500 afiliados, y según la documentación de la Internacional Comunista en 1934 se llega a los 20.000.

El problema fundamental para que el PCE pueda adquirir una base sólida antes de octubre del 34 fue la política de la dirección, tanto de la Internacional como la de la dirección nacional. En una Carta Abierta de la dirección de la Internacional al IV Congreso describe la política del PCE como de «caciquismo hacia adentro y sectarismo hacia afuera» (Ibidem). El propio Bullejos se muestra muy crítico con las intervenciones de los congresistas «por su bajo nivel político».

Hasta prácticamente días antes de la insurrección de Octubre la política defendida por los dirigentes del PCE es la del «socialfascismo» y el llamado «frente único por la base». Como afirmaba Bullejos en el IV Congreso; «las clases que ocupan el poder... son la gran burguesía y los latifundistas» y «asimismo los jefes socialfascistas» (sic). Era una política dictada desde Moscú que se oponía a todo tipo de pacto o acuerdo con otras fuerzas de la clase trabajadora. Esta orientación frenó el crecimiento del PCE, pues miles de obreros entraban rápido y salían aún más deprisa, y sobre todo no contribuyó a la implantación de las Alianzas Obreras (acuerdo entre UGT y CNT para luchar contra el fascismo, al que después se sumaron otras organizaciones).

En septiembre del 34 la dirección del PCE da un viraje brusco y las organizaciones que hasta el día anterior eran «socialfascistas» se convierten en «hermanas», aceptando la entrada en la Alianza Obrera, pero en ella en vez de convertirse en una alternativa por la izquierda del sector más radicalizado del socialismo, se convierte en su sombra al adoptar la política de defensa de la «república democrática».

En Asturias el PCE, antes de Octubre, alcanza un importancia destacada pero restringida a la cuenca minera y Trubia. Ahí muchos de su militantes de base juegan un papel heróico en la lucha y hasta el final. Sus dirigentes, sin embargo, llegan poco a poco a la «vieja y fracasada práctica reformista de los bloques políticos con los partidos burgueses democráticos» (G. Munis).

Es de hecho después de Octubre, cuando miles de trabajadores se sienten defraudados con la dirección del PSOE y de la CNT, cuando más va a crecer el PCE y su influencia, gracias a la creciente radicalización y polarización que alcanza la situación política, y a pesar de la política de su dirección.

Madrid

A la hora de la verdad la dirección socialista no cumple su promesa de desencadenar la revolución. En el momento decisivo, el día 4 de octubre, el Partido Socialista da la orden de «huelga general pacífica» a nivel nacional con la esperanza de que eso bastaría para hacer retroceder al presidente de la República, Alcalá Zamora, y que destituyera al recién nombrado gobierno. Se lanza la huelga cuando las masas están en la calle de Madrid esperando y pidiendo las armas. El error no puede ser más grave, el retroceso más funesto y las consecuencias más desastrosas.

Los trabajadores dieron de sí todo lo que fueron capaces. Superaron con creces a sus direcciones. En Madrid los trabajadores se concentraron en los puntos estratégicos por intuición, sin dirección, y sin que las fuerzas «del orden» pudiesen intervenir. El día 5 se mantuvo la misma situación y aunque el gobierno había tomado con tropas algunos puntos vitales, no podía tener confianza en la fidelidad de los soldados.

«Los soldados de la guarnición de Madrid, en su mayoría campesinos cuyos familiares sufrían las consecuencias de la represión de la pasada huelga general, no tenían sino motivos de hostilidad hacia el gobierno y de simpatía para los revolucionarios. La guarnición de la glorieta de Cuatro Caminos envió un mensaje a la Alianza Obrera indicando el número de hombres, el emplazamiento de las ametralladoras, y asegurando que la mayoría, incluso un teniente, estaba dispuesta a pasarse a los revolucionarios si era atacada. A la Alianza Obrera fue también dirigida una confidencia desde el destacamento selecto de la Guardia Civil acuartelado en el Ministerio de la Gobernación. Había 7 hombres dispuestos a ayudar, en caso de asalto» (Jalones de derrota, promesa de victoria. G. Munis).

La situación estaba totalmente madura para lanzar una ofensiva generalizada contra el gobierno, provocar la convocatoria de nuevas elecciones generales y con una propaganda audaz y concreta haber ganado a los sectores más atrasados a la idea de la insurrección. La situación era totalmente favorable para vencer. La clase obrera estaba dispuesta a luchar. El gobierno estaba dominado por las dudas y paralizado en los primeros momentos. La juventud del ejército estaba dispuesta a sumarse a «algo serio», y si ellos hubiésen entrado en la lucha, detrás habría ido el campesinado pobre y los jornaleros a pesar de los efectos de la derrota de junio.

Pero la dirección dió marcha atrás. En Madrid la huelga duró hasta el día 13 pero la ocasión de oro había durado 2 ó 3 días. La juventud desesperada ante la falta de dirección intentó asaltar el cuartel de La Montaña, pero sin un plan de acción, todos los heróicos pero desilvanados intentos estaban condenados al fracaso.

Catalunya

En Catalunya la situación no era menos favorable, pero también bajo la responsabilidad de las diferentes direcciones obreras se dejó solo al proletariado asturiano frente al Estado burgués; es decir la República burguesa. En Catalunya la negativa de la CNT a participar en la Alianza Obrera mermo a la mitad su capacidad y su representatividad. No existía una dirección unificada. Además la Alianza se subordinó vergonzosamente al gobierno nacionalista de la burguesaía catalana presidido por Companys; la Generalitat.

La Comuna

Tan sólo en Astu-rias la orden de huelga general «pacífica» se convirtió desde el primer momento en una verdadera insurrección. La huelga general ponía en el orden del día la cuestión del poder. Los sectores más atrasados de la clase trabajadora, o no eran conscientes, o bien quedaron paralizados al no tener dirección.

Pero el sector con más experiencia, con mayor grado de organización y preparación, la minería asturiana, no lo dudó. Quizás mitad intuición, mitad impaciencia, al no haber una dirección sólida se lanzaron al ataque. El mismo día 5 se tomaron las 98 Casas Cuartel de la Guardia Civil, con las manos y con cartuchos de dinamita. Esta era una de las diferencias con el resto de la clase obrera. Los mineros tenían algunas armas guardadas, pero eran pocas e insuficientes. Pero tenían dinamita. Esta fue su arma inicial. Una vez controlada la cuenca minera se eligen Comités Delegados que velan para que no se produjera ni un solo acto de pillaje. Y lo consiguen de forma más eficaz que la Guardia Civil.

Desgraciadamente el proletariado ovetense, frenado por sus dirigentes para respetar la consigna de huelga general «pacífica», no entra en acción hasta que llegan las columnas mineras a las puertas de la capital. Este retraso hace que gran parte de las energías se gasten en la lucha por la capital, centro burocrático y militar de la zona. Igual retraso se da en Gijón, donde es mayoritaria la CNT, y hasta el día 6 no se da el inicio y no con la fuerza que en la cuenca minera. En Gijón el movimiento practicamente no sale de tres barrios obreros, y acaba el día 10 con la llegada de los barcos de la marina.

Muchos son los ejemplos que el proletariado asturiano da en esos 15 días de lucha abnegada. Desde el inicio en que los trabajadores van mucho más allá de lo que les plantean sus propios dirigentes, al mantenimiento de la lucha hasta el límite de sus fuerzas y posibilidades. Cuando el día 11, viéndolo todo perdido, y al ver que la insurrección no ha salido adelante en el resto del país, el Comité Provincial de la Alianza Obrera decretó la liquidación del movimiento. Fue una desbandada general de los dirigentes. Muchos Comités Locales, siguiendo el ejemplo del Provincial, desertaron también, desapareciendo del escenario de la lucha. Una vez más, los trabajadores, se sobreponen a este abandono y demuestran estar muy por encima de sus dirigentes. «Entonces se produjo otra rápida y admirable acción del proletariado asturiano. Lejos de amedrentarse, perder la cabeza y desertar él mismo, procedió, como el día 5, por multitud de iniciativas anónimas. Por doquiera, nuevos Comités improvisados tomaron en sus manos la dirección de la lucha armada y de la administración... En ciertos lugares se dió el caso insólito y vergonzoso para los desertores, que el nuevo Comité, o una asamblea general, mandaba buscar y detener a los dirigentes fugitivos. Encontrados, eran devueltos en algunos casos a sus puestos y obligados a desempeñar sus funciones; en otros eran arrestados» (Ibidem. G. Munis). Así es como se nombra otro nuevo Comité Provincial y se mantiene La Comuna hasta el día 18 de octubre.

La derrota fue cruenta y sangrienta para la clase obrera que había osado ponerse en pie frente a sus explotadores. El general Franco dirigió las operaciones desde el Ministerio de Madrid, pues ya tenía experiencia represiva en la región al ser el responsable de atajar en Asturias la huelga general de 1917.

Más de 40.000 hombres armados entre guardia civil y guardia de asalto, tropas moriscas y del tercio de regulares, ejército de tierra y de la marina, fueron necesarios para acabar con la Revolución de Octubre del 34. Incluso en las batallas que se libraron la confianza de los oficiales en sus tropas era tan precaria que la primera línea, sobre todo en la represión, fueron siempre «moros y regulares».

Octubre frenó al fascismo

En un análisis exahustivo de la revolución muchas fueron las causas que desembocaron en la derrota. Pero la fundamental es una razón política: El aislamiento de la insurrección en una sola zona del Estado. Esto permitió a la burguesía republicana centrar todas sus fuerzas militares y represivas en acallar a la clase obrera asturiana, una vez que comprobó con alivio que la insurrección no daba ningún paso en el resto de las zonas clave; Catalunya, Madrid, Vizcaya,...

No faltaron las condiciones, pues incluso el ejército podía haber estallado en las narices de los generales y del gobierno, con una acción directa hacia los soldados llamándoles a un movimiento insurreccional que se habría extendido por todo el Estado. Pocos cuarteles se hubiesen mantenido fieles al gobierno republicano reaccionario.

La responsabilidad de la derrota no fue debida tampoco a la falta de conciencia de los trabajadores. Esto está fuera de toda duda. La Comuna asturiana es la prueba decisiva.

Todos los errores técnicos, militares... en realidad tienen su origen en la incapacidad de las direcciones obreras (en esos momentos fundamentalmente la socialista y la anarquista) para encabezar la lucha revolucionaria en todo el país. En esa medida no hubo un plan de acción, y de repente había fusiles pero no municiones, o casos más graves, como la negativa, por disensiones sindicales, de los trabajadores de los ferrocarriles (de mayoría anarquista) a secundar la huelga, que permitió al gobierno tener una total disposición para el transporte de tropas y material bélico.

Pero la lucha de octubre no terminó en derrota definitiva gracias al proletariado asturiano. Sin su actitud decidida y heróica quizás hubiésemos presenciado una anticipación histórica similar a la de Chile en el 73. Las masas pidiendo las armas y un plan de lucha a sus dirigentes, y ni unas ni otro llegaron nunca. O peor aún, sin octubre del 34 el fascismo podría haber llegado a ganar en las urnas, «democráticamente», tal y como sucedió en Austria, Alemania o Italia con un efecto desmoralizador aplastante en el movimento obrero. Octubre del 34 marca la diferencia con lo sucedido en esos países. El fascismo no pudo llegar al poder a través de las urnas. Nunca tuvo el apoyo masivo que por ejemplo en Alemania y tuvo que vencer a la clase obrera militarmente en una guerra civil de tres años.

La lucha de Asturias sirvió para fortalecer el espíritu combativo de las masas. El coste fue terrible. La venganza de los oficiales militares al servicio de la República se cobró 3.000 vidas, la mayor parte de ellas en la represión brutal que siguió a la derrota; 7.000 heridos, 30.000 encarcelados y algunos miles más despedidos de sus puestos de trabajo. Hubo 40 penas de muerte, de las que se ejecutaron cuatro.

La burguesía republicana hizo pagar caro a los mineros el miedo que les habían hecho pasar. «J. Calvo Sotelo, en las Cortes, condicionó la supervivencia del régimen republicano a la dureza del castigo: ëLa República francesa vive -dijo- no por la Comuna (de París), sino por la represión de la Comunaí». (Asturias Contemporánea. David Ruiz).

Así es como pagó la clase trabajadora los errores de sus dirigentes. Pero la capacidad de recuperación ilimitada de la clase trabajadora hizo que no se doblegara. Ni la represión más salvaje puede hacer desaparecer los deseos de una nueva sociedad en los trabajadores, y nada puede impedir que lo vuelvan a intentar una y otra vez.

Todos los intentos de Gil Robles de cerrar los locales obreros se enfrentaban a una resistencia encarnizada. A la prensa confiscada la sustituyó otros órganos de expresión ilegales. A las ejecuciones de revolucionarios de octubre respondieron las huelgas generales. Numerosas huelgas económicas atestiguan la moral inquebantable del proletariado. El 1º de Mayo de 1935, a pesar de los esfuerzos frenéticos del gobierno, hubo un paro total del trabajo excepto en los servicios manejados por las tropas gubernamentales. Todo esto más otras campañas en torno al tema de la Amnistía de los presos políticos, quebraron el gobierno y forjó un espíritu dominante hacia la unidad en el movimiento obrero que fue la base del triunfo electoral aplastante del Frente Popular en febrero del 36.

La derrota de la Comuna Asturiana se convirtió en un éxito parcial al impedir que triunfase el fascismo en el Estado español en 1934, tal y como sucedió en Alemania en 1933.

La revolución de octubre del 34 probó, en contra de los escépticos, que la clase trabajadora puede tomar el poder. Es la prueba viva de la existencia, aunque efímera, de la Democracia Obrera, por primera vez en la historia de España.

La clase obrera desde ese momento pasa a ocupar su sitio en la sociedad; el primer plano.

Esta derrota solo fue la primera batalla. Sacando las lecciones podemos evitar otras derrotas. Por encima de todo, la clase obrera demostró su derecho a organizarse de forma revolucionaria como en Asturias, para llevar a cabo la transformación socialista de la sociedad.

Podemos acabar con un frase de alguien, poco conocido, que participó en los sucesos revolucionarios de los años 30, G. Munis y que en 1977 escribía:

«Las clases revolucionarias recordarán por siempre la Asturias roja de 1934, con un sentimiento de admiración y con el propósito de seguir su ejemplo hasta el triunfo. Aquellas iniciales horrendas a los ojos de la burguesía, UHP (Unión de Hermanos Proletarios), que los insurrectos grabaron en sus tanques toscamente fabricados, a cuyo grito cayeron acribillados miles de héroes, anónima grandeza extraída del fondo de las minas, son un guión de estrategia revolucionaria para el proletariado español y mundial».


Bibliografía

Para la elaboración de este artículo se han utilizado referencias de los siguientes libros:

¿Qué hicieron los trabajadores los quince días que tuvieron el poder?

Publicamos una cita del libro Hacia la revolución de Adrian Shubert:

«Estos comités locales se hicieron cargo de todos los aspectos de la organización incumbentes al Gobierno. A parte de los asuntos militares, sus actividades pueden dividirse en siete categorías: Abastecimiento alimenticio y racionamiento, salud, trabajo, comunicaciones, propaganda, orden público y justicia. El dinero fue abolido y sustituido por vales distribuidos entre las familias y válidos para una cantidad de comida determinada por medio de una encuesta. En Sama, el comité de abastecimiento se puso en contacto con los campesinos locales para asegurar el surtido de leche, huevos y carne. En Oviedo, Sama y Mieres, se organizaron hospitales donde se trató a los heridos de ambos bandos. Monjas y médicos trabajaron en ellos aunque estos últimos tuvieron que ser reclutados por la fuerza. Los comités de trabajo organizaron la conservación de las minas y la operación de los servicios públicos, tales como el agua y la electricidad. Se fabricaron explosivos en Mieres y vehículos blindados en Turón. En la Felguera, la FAI mantuvo en funcionamiento la fábrica de acero, produciendo vehículos blindados en tres turnos diarios.

Se creó un parque móvil central de 600 vehículos en Sama y otros menores en Mieres y Turón. Se utilizaron los trenes para el transporte de tropas y abastecimientos, especialmente entre Sama y Noreña. Se ampliaron las conexiones telefónicas con el fin de tener comunicaciones más eficaces, y en Turón existió incluso un radio transmisor que emitía a Francia y a Bélgica, aunque la mayor parte de estas emisiones eran bloqueadas. Se distribuyó una gran cantidad de propaganda impresa y se hicieron circular ënoticiasí, la mayor parte de las cuales eran falsas. Para mantener el orden público se organizó una policía armada óque en Sama se llamaba la Guardia Rojaó compuesta de trabajadores que no tenían que luchar en los frentes. En Oviedo, donde los revolucionarios controlaban los barrios burgueses comerciales y residenciales, se tomaron medidas especiales para impedir los saqueos por la ëcanallaí, según las propias palabras de uno de los participantes».

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extraido de www.nuevoclaridad.com