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“...Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo
que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible
comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla
desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey,
disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de
los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar
así de entrada. La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre ya no hay
islas desconocidas, Quién te ha dicho rey que ya no hay islas desconocidas,
Están todas en los mapas, En los mapas están solo las islas conocidas,
Y qué islas desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces
no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey,
ahora más serio, A nadie, En ese caso porqué te empeñas en decir que
ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida,
Y has venido aquí para pedirme un barco, Si, vine aquí para pedirte un
barco, Y tú quien eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo,
Soy el rey de este reino y los barcos me pertenecen todos...Y esa isla
desconocida, si la encuentras será para mí, a ti rey solo te interesan
las islas conocidas, También las desconocidas cuando dejan de serlo...”
Y finalmente el rey dio el barco, y el hombre lo tomó y lo bautizó
la isla desconocida, y junto con la mujer de la limpieza, “La isla
desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma”.
Fragmento del Cuento La Isla Desconocida, de José Saramago