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La Tierra está llena, hasta casi su centro, de gnomos, seres de escasa estatura, guardianes de los tesoros de las minas y de las piedras preciosas; son ingeniosos, amigos de los hombres y fáciles de manejar. Proporcionan a los hijos de los sabios toda la plata que precisan y no piden nada a cambio de sus servicios, más que la gloria de ser mandados.
El abate de VILLARS: El conde de Gabalt's (1671)
El libro secreto de los gnomos.
En
un comentario que hace Roso de Luna a este pasaje del abate de
Villars, en el cual dice que nuestra actual ceguera psíquica nos
impide percibir a estas bellísimas entidades, aunque no por ello
estemos libres de sus psíquicas influencias. Aparte de esta
disertación de nuestro genial teósofo, lo cierto es que cuando
alguna persona oye hablar de los gnomos piensa inmediatamente en
el televisivo David el Gnomo, en los Pitufos del Padre Abraham o,
tal vez, en aquellos libros publicados por una editorial
española a principios
de los años
ochenta, titulados "Los gnomos" y "La
llamada de los gnomos", escritos por Wil Huygcn e
ilustrados por Rien Poortvlict. De ser así, que olvide lo más
pronto posible la imagen estereotipado que nos han transmitido y
que en nada ha servido para clarificar un asunto tan complejo
como es el mundo de los gnomos y demás Gente Menuda.
No obstante, debemos reconocer que fue un intento loable de rescatar a estos seres del olvido, aunque los desatinos eran más abundantes que los aciertos. Según estos autores holandeses, llegó el momento de dejar escritas sobre el papel sus experiencias y conclusiones después de veinte años de estudio, contando con la previa autorización del «consejo de los gnomos», redactando lo que dieron en llamar "El libro secreto de los gnomos".
Los qnomos de España tienen mucho que ver con la historia de los pueblos que nos invadieron. Tanto suevos como godos dejaron su huellas no sólo en sus construcciones sino también en las leyendas que trajeron consigo.
A
pesar de todo, estos autores cometieron todo tipo de
inexactitudes en los datos suministrados. Para empezar,
se
propusieron hacer el libro más completo y documentado sobre
gnomos que existía hasta el momento y lo único que lograron fue
una sarta de barbaridades que difícilmente han soportado el paso
del tiempo, describiendo, sin fundamento alguno, todo tipo de
detalles sobre estos minúsculos personajes que abarcaban desde
su vestimenta hasta las medicinas que utilizaban cuando estaban
enfermos, pasando por su rutina cotidiana. Lo increible es que
otros autores, incluidos los españoles, se han servido de los
datos de esos libros para reproducirlos en otras obras, con lo
cual se han perpetuado sus incongruencias.
Por sólo citar unas pocas, cuando hablan de la situación geográfica de los gnomos establecen el límite sur en una línea que va de la costa de Bélgica, pasando por Suiza, hasta los Balcanes, es decir, que sitúan su hábitat por encima del paralelo 45, dejando de lado parte de Francia, toda España, Portugal, etc. En el segundo libro tratan inútilmente de corregir algunas ubicaciones, y cuando hablan de Francia aparecen frases de tan alto valor documental e histórico como éstas:
Descubrimos que Napoleón tenía un gnomo que le hacía compañía en Elba. No sólo jugaban juntos al ajedrez, sino que solían dar paseos por la playa, que le sentaban muy bien a Napoleón, sobre todo cuando ganaba en «a ver quien escupe más lejos».
Por
si esto fuera poco, llaman gnomo a cualquier cosa que se mueva,
estableciendo una tipología caprichosa a la hora de
clasificarlos. No se sabe bien por qué, pero, según ellos,
existen gnomos del bosque, de las dunas, de jardín, caseros, de
granja y siberianos, ni uno más ni uno menos. En fin,
consideramos que estas pocas pinceladas son suficientes para
advertir al internauta que cualquier parecido del contenido de
esos libros (y por supuesto, de la película de David el Gnomo)
es pura coincidencia con aquellos datos que nos transmiten las
tradiciones -tanto folclóricas como esotéricas- de distintas
partes del mundo. Por desgracia, cuando se habla de estos
personajes son inevitables las
adulteraciones,
promovidas muchas de ellas de buena fe para salvar las grandes
lagunas que las escasas leyendas nos suministran. Sería bueno
que definiéramos ya la palabra gnomo por la que son conocidos
estos diminutos y simpáticos espíritus de la naturaleza. Al
parecer, fue el alquimista suizo Paracelso, quien en 1566 creó
de su propia cosecha la palabra gnomo cuando publicó su Tratado
sobre los elementales, dedicado a ciertas gentes a las "que
no se puede cortar el camino con pestillo y cerrojos", eso
si, derivada del término griego gnome para unos y gignosko para
otros, que significa aprender, conocimiento, sabiduría... debido
a que, según Paracelso, estos seres conocían los secretos de la
Tierra y del Cosmos.
Sabido esto creemos que es el momento de que digamos quiénes son en realidad estas pequeñas criaturas, surgiendo así varias preguntas: ¿tienen un gorro puntiagudo?, ¿son regordetes y sonrosados?, ¿viven tanto tiempo como dicen?, ¿existen ... ? Cuando se habla de unos seres de estas características que, según diversas tradiciones, son invisibles, etéreos, transformistas, volubles, juguetones, quisquillosos, escurridizos, carentes de alma, voluptuosos y mil cosas más, ¿qué podemos añadir al respecto?. Con carácter general, podemos decir que la imagen clásica y popular describe a los gnomos como hombrecillos barbudos, de rasgos toscos y grotescos, con la piel muy rugosa, que usan ropa ajustada de color pardo y capuchas monásticas, con una estatura promedio que oscila entre los 15 y 20 centímetros para los varones adultos y con un peso aproximado de 300 gramos, siendo el peso y estatura de las gnomos hembras -o gnómidas- algo inferior. Pero no se fíen nunca de esta clase de datos...
Las gnómidas -según el abate Villars- son pequeñas pero muy agradables, y nos dice que su vestido «es de lo más curioso», sin entrar en más detalles. Para el lector que aún no esté suficientemente extrañado con las cosas que aquí se han dicho (y las que se van a decir) le daremos un dato indiscreto: los órganos sexuales de los gnomos y las gnómidas son virtualmente similares a los humanos aunque, evidentemente, mucho más pequeños, en proporción a su diminuto tamaño. Se considera que la gnómida tan sólo es fecunda una sola vez en su vida, por lo que el gnomo debe estar muy atento a la ocasión si es que quiere tener gnomitos.
Las tradiciones más serias les hacen formar parte de una categoría de espíritus de la naturaleza o «elementales» que no descienden de Adán y que viven en contacto directo con el elemento tierra, tanto por encima como por debajo de ella.
Paracelso
dice que «conocen el pasado, presente y futuro, pudiendo revelar
lo oculto». Hablan el lenguaje de las
ninfas
(seres elementales del agua dulce) y buscan esporádicamente la
compañía del hombre. Todos aquellos seres cuya sustancia vital
está compuesta por materia más densa -como ocurre con los que
pertenecen al elemento tierra- tienden a relacionarse
instintivamente con personas que comparten parecida naturaleza.
Por esta razón, al tener un desgaste mayor en sus cuerpos, viven
comparativamente menos años que un espíritu del elemento fuego
o del aire (su edad media oscila en tan sólo unos 400 ó 500
años). Hay constancia de un gnomo de los Balcanes que vivió la
friolera de 550 años. Aun así, son los que tienen la esperanza
de vida más corta, precisamente por estar compuestos del
elemento menos sutil. Conocedores de grandes secretos del
subsuelo de la Tierra y de la alta magia, los gnomos fueron los
que enseñaron a algunos mortales escogidos para sus prácticas
hechiceriles, de las que hicieron uso más tarde para sus propios
fines. Sea como fuere, su rastro histórico es más difícil de
seguir que su rastro mitológico, cuyas referencias son
ciertamente abusivas y están presentes en todas las tradiciones
del mundo.
El
español Vicente Beltrán Anglada, profundo conocedor de estos
temas a nivel
esotérico, reconoce que los elementales de la Tierra
más conocidos son los gnomos: "De forma muy
parecida a los que vemos reflejados en los cuentos infantiles,
aunque dotados de un poder superior al que se les asigna
corrientemente y bastante más difíciles de ser contactados de
lo que usualmente se cree, a pesar de que ellos se esfuerzan por
establecer contacto con los seres humanos. Habitan en el interior
de las piedras, en las profundidades del suelo y en los huecos de
los grandes árboles".
Además de supervisar los grandes tesoros ocultos de la Tierra (misión que también se atribuye a los grifos de las leyendas helénicas y orientales), así como a los dragones germánicos y españoles, tienen la capacidad de predecir el futuro.