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Introducción
de Marta Harnecker
Un proyecto político
para los nuevos tiempos
Carlos
Ruiz
Quienes hayan leído mi artículo
"La izquierda y la construcción de alternativas",
aparecido recientemente en Rebelión, síntesis de lo
expuesto en la parte tercera de mi libro La izquierda en el
umbral del Siglo XXI. Haciendo posible lo imposible",
podrán encontrar en este excelente trabajo del joven sociólogo
chileno Carlos Ruiz una profundización de varias de las ideas
allí expuestas. Recomiendo su lectura y debate a quienes están
interesados en construir un proyecto político para los nuevos
tiempos.
Marta
Harnecker
18 marzo 2001
Nota:
El libro de Marta Harnecker ha sido publicado por Siglo XXI México
y España (1999); por Campo das Letras en Portugal y Paz e Terra
en Brasil (2000); por Sperling y Kupfer en Italia (2001); y
pronto en francés por Les Temps de Cerises en Francia y Lanctôt
Editeur en Canadá.
Intervención en Seminario del Instituto Paulo Freire
Carlos
Ruiz
Santiago de Chile,13 enero 2001
Nuestra
razón de ser, como proyecto político, es intentar una práctica
nueva, que no repita viejas derrotas. Su eficacia, su adecuación
a las condiciones, su certeza, la juzgará la historia en
definitiva. Aquí queremos exponer apretadamente, y con cierta
precisión, algunos de los aspectos más importantes de este
proyecto.
I. Las condiciones de lucha
I.1 El proceso político inmediato
Está
en curso un reacomodo de la estructura de poder que rigió en la
década pasada, tras el agotamiento de los equilibrios que
imperaron entonces, forjados principalmente a partir del
entendimiento entre el pinochetismo y la Concertación
aylwinista. El ocaso de Pinochet y la descomposición del
pinochetismo, así como los cambios que sufren varios de los
actores centrales de la trama del poder, como el empresariado,
las fuerzas armadas, la derecha institucional, la propia
Concertación, han abierto un proceso de reajuste en el que está
en juego el trazado del sistema político postransición.
Hoy
Lagos se subordina al gran empresariado, toma una opción
antipopular, pero todavía tiene la confianza de la gente. A
diferencia de lo que ocurre con el avance lavinista, en la
izquierda no preocupa de igual manera el avance empresarial,
cuyo impacto es menor a nivel político institucional, pero
mucho mayor a nivel de importantes espacios de base de la
sociedad, como en el ámbito laboral, por ejemplo.
Estos
factores configuran un tiempo para la izquierda, que no se puede
despilfarrar en coyunturalismos. Al contrario, plantea la
necesidad de la construcción de una fuerza social que permita
resituar a los proyectos de izquierda en el plano de las
correlaciones centrales de fuerzas, y superar así la crisis de
incidencia largamente arrastrada.
El
avance de la derecha no se enfrenta con maniobras electorales.
Hay que encararla en su proceso de construcción de fuerzas, y
eso remite a la disputa y la construcción de conciencias en el
seno de las bases populares.
I.2
La situación del poder en la sociedad
Hay
un agotamiento de las formas tradicionales de apreciar la
situación política. La visión centrada en las instituciones y
procesos formales de la política, no es capaz de abarcar la
situación general del poder en la sociedad. A menudo se
subvalora el circuito extrainstitucional del poder y su grado de
determinación de la vida del país. Tampoco se suele considerar
el estado del poder en los diferentes espacios de base de la
sociedad.
La
democracia llegó a la cúspide de la sociedad y reabrió allí
un juego político limitado que permitió refundar y ampliar la
clase dominante. Pero en los espacios de base permanecieron los
mismos mecanismos de dominación y atomización. Ello abre una rígida
separación entre lo social y lo político. La política se
convierte en un asunto de élites, pierde transparencia, y
pierden también incidencia las instituciones formales de la política,
como el parlamento y el sistema de partidos.
Importantes
funciones estatales se sustraen de la política abierta, muchas
de las cuales se presentan ideológicamente como "técnicas"
y "apolíticas". El Estado, como tal, se abstiene de
regular las relaciones sociales. Más allá de repetir que no
entra en "conflictos entre privados", el ejemplo más
sustantivo de ello es el actual esquema de relaciones "autónomas"
o "bipartitas", como la política de regulación de
las relaciones laborales de los gobiernos de la Concertación.
Tal régimen de prescindencia estatal en la regulación de los
conflictos sociales, responde a la decisión de no volver a las
viejas formas del Estado de compromiso, que subyace en el pacto
que, desde 1989 en adelante, perfila al nuevo régimen como una
democracia antipopular. Las clases dominantes no apuestan a un
Estado que impulse y maneje un pacto social, sino a uno que
margine y atomice, que contenga, fraccione y desorganice los
procesos de organización y de lucha popular, y que se centre en
viabilizar la valorización del capital.
La
pérdida del peso del Estado en la dirección cultural de la
sociedad, a manos de la iglesia y los medios de comunicación
masiva, es otro ejemplo que obliga a considerar, más que el
tradicional poder del Estado y del sistema político formal, a
la situación general del poder en la sociedad, para poder
registrar las correlaciones reales de fuerzas.
Producto
de esto se produce una disparidad entre la institucionalidad
democrática y la política formal, por un parte, y las formas
de regulación de las relaciones sociales a nivel de la base de
la sociedad, por otra. En las fábricas y las faenas impera el
sometimiento mudo producto de las desiguales correlaciones de
poder imperantes entre trabajadores y empresarios. Otro tanto
ocurre en campos, centros de trabajo, escuelas, universidades.
Al cerrarse el acceso popular a los procesos de construcción
del Estado, y al desarticularse las viejas formas de relación
entre los partidos y algunos sectores populares (laborales sobre
todo), se despolitizan las relaciones sociales que anidan en la
base de la sociedad. Los sectores populares son excluídos de la
política, en el sentido tradicional del término, que la limita
a la capacidad de proyección hacia el Estado.
Por
todo esto, los factores que impiden la construcción de un
sujeto popular remiten, en parte, a la dirección que asume la
conducción estatal, y en otra, para nada menor, al ejercicio
extrainstitucional del poder. De ahí la necesidad de construir
una mirada más amplia sobre el proceso político en curso, que
incorpore el poder del Estado y los conflictos de la política
institucional y del sistema de partidos, pero que además, se
extienda al circuito extrainstitucional del poder y a la situación
general del poder en los espacios de base de la sociedad.
II. La izquierda ante el nuevo escenario
II.1 Como izquierda no somos capaces de apropiarnos
creativamente de estas nuevas condiciones de lucha. Nuestro
discurso y nuestras prácticas son aisladas políticamente con
relativa facilidad (por ejemplo, las luchas por los derechos
humanos respecto del resto de las luchas populares). Los
procesos de acumulación de fuerzas no pasan, por lo general, de
las llamadas movilizaciones "episódicas". Porque
responden a un tipo de convocatoria centrada en detonar
conflictos económicos, sin plantearse el problema de la
organización popular en una perspectiva más amplia y
permanente. Predomina un modelo de lucha popular espontaneísta.
Se
cree que la expresión política de esos movimientos se reduce
al partido o a la vanguardia. Es la lógica representativa (ya
sea por las urnas o por las armas). Por tanto su dinámica se
reduce a los brotes esporádicos de lucha económica. Como
contraparte, esos movimientos nos asumen como conducción de sus
luchas económicas, pero ante el plano político nacional optan
por la Concertación.
III La necesidad de una nueva estrategia
III.1 El agotamiento de las viejas estrategias
Las
estrategias de lucha por el poder de hace 30 o 40 años hoy no
nos sirven. El enemigo a aprendido de ellas y, además, han
ocurrido importantes transformaciones sociales, políticas, económicas
y culturales que han cambiado a la sociedad y con ello las
condiciones de lucha.
Hay
hoy en América Latina un proceso de búsqueda, dispar e
inacabado. Pero los procesos en Brasil, Venezuela o México, ya
no se reducen a la vieja dicotomía entre foquismos vs.
electoralismos. Una y otra están agotadas como ejes centrales
de una estrategia de lucha.
Hemos
aprendido que la nueva sociedad no se inventa después de la
toma del poder, sino que está determinada por el propio proceso
de lucha por el poder. En particular, por el proceso de
construcción y por las características de la fuerza popular
revolucionaria, y ligado a eso, por las formas de relación
entre la vanguardia y las masas.
La
fuerza popular no puede seguir siendo considerada como la base
de apoyo de la vanguardia, para que ésta realice la revolución
y luego la transformación. La fuerza popular debe ser el
protagonista principal de la lucha por el poder y de la
transformación social. De lo contrario no habrá ni lo uno ni
lo otro.
La
idea de brazo armado o de brazo político, que aluden por igual
a la sustitución de la fuerza popular, ya hicieron crisis. La
vanguardia es la conducción. Esa es su función irremplazable,
y para ello debe construirse como intelectual colectivo
enraizado en la luchas sociales, pero con una relación democrática,
abierta y transparente con éstas, que dé lugar a una conducción
conciente, a la asunción o a la crítica democrática por parte
de las bases populares de las propuestas que hace la organización
política. De lo contrario, la manipulación permite éxitos
"episódicos" pero no construcciones populares
estables, las cuales requieren de una relación conciente.
Si
la fuerza popular es el sujeto central de la lucha por el poder
y de la transformación social, en un proceso que requiere
conducción pero no suplantación, entonces esa fuerza popular
requiere un alto grado de organización y conciencia para
desarrollar tamaña tarea histórica.
Las
estrategias que conducen a las movilizaciones "episódicas"
son ineficaces para esta tarea histórica. Recuperando una
importación de la teoría militar que hace Gramsci, podemos
decir que esta vieja práctica sigue una lógica apegada al
esquema de "guerra de movimientos", de
"maniobra", del "muerde y huye", que se basa
principalmente en factores agitativos que no están anclados en
un espacio social concreto, donde se lidera a una masa inorgánica
que irrumpe estacionalmente. Este esquema responde a un viejo
modelo de conducción indirecta a través de la propaganda y la
agitación. Esa es la forma principal en que se concibe la
disputa y la construcción de conciencias en el seno del campo
popular, sin entrar a impulsar proyectos sociales alternativos
en los espacios concretos, y por tanto, sin apegarse de manera
estable a esos territorios sociales.
Este
viejo modelo de conducción popular indirecta, centrado en la
propaganda revolucionaria, proviene del eficaz enfrentamiento
bolchevique a la dominación de la autocracia zarista, cuyas
estructuras de control y organización social eran precarias,
muy distintas de la complejidad que posteriormente adquiere la
dominación capitalista centrada en la democracia
representativa, dotada de una mayor variedad de formas que ya no
se reducen al puro poder coactivo del Estado, sino que también
se asienta en diferentes estructuras e instituciones
extraestatales anidadas en los espacios de base de la sociedad,
las que se constituyen en una verdadera red de trincheras y
fortalezas del orden social capitalista. Para la estrategia
revolucionaria de construcción de fuerzas, ambas dimensiones de
la dominación capitalista tienen que ser enfrentadas: tanto la
más tradicional situada en la maquinaria estatal, como aquellas
extraestatales diseminadas en la sociedad civil, a veces
incrustadas en pleno mundo popular.
Requerimos
enfrentar no sólo los aparatos de coerción política de las
clases dominantes sino su hegemonía sobre importantes sectores
populares, su dirección cultural sobre la sociedad, la
subordinación ideológica de las clases dominadas. Es esto lo
que nos exige una visión más amplia de las estructuras de
poder, que supere -aunque la integre- la pura percepción
centrada en el poder del Estado. No sólo tenemos que distinguir
la coerción de la fuerza estatal, la intervención legislativa
y la represiva, sino los mecanismos e instituciones presentes en
la sociedad civil que producen un consentimiento con la
reproducción del orden social capitalista, para poder
enfrentarlos. Si el capitalismo es tan fuerte, no es sólo
porque es capaz de evitar lo que no quiere, sino sobre todo
porque es capaz de construir lo que quiere en la sociedad. Además
de la reconocida dominación directa y coactiva ejercida a través
del Estado y del gobierno, tenemos que distinguir la hegemonía,
la dirección cultural, moral e intelectual que ejercen las
clases dominantes directamente en el seno de la sociedad.
Son
dos modos complementarios del poder en el capitalismo más
complejo que tenemos en la actualidad. Pero la lectura política
tradicional, y la idea también tradicional de la toma del poder
y de la instauración del socialismo, se reducen a uno sólo de
ellos: el enfrentamiento y el asalto al Estado, y luego, la
transformación de la sociedad impulsada totalmente desde allí.
Sin embargo, hoy con más fuerza aún, el capitalismo se muestra
como algo que trasciende al Estado, y muestra una desconcertante
capacidad de consolidarse más allá de éste. De ahí que, para
la izquierda, hoy no sólo este vedada la esfera estatal, sino
que también lo estén importantes esferas de la sociedad civil,
incluso del mundo popular.
En
la mirada más amplia sobre el poder político capitalista,
entonces, es preciso incorporar las instituciones, estructuras y
formas extraestatales de poder capitalista presentes en la base
de la sociedad, las que tienen una importante capacidad de
proveer estabilidad sistémica. El análisis de la democracia
capitalista tiene que distinguir cómo se combinan las formas de
coerción y de consenso, y cómo se distribuyen en las distintas
esferas y ámbitos de la sociedad. El esquema antes mencionado
de prescindencia estatal en la regulación de las relaciones
sociales, la disparidad que eso abre entre la institucionalidad
y la política formal, por una parte, y las formas de regulación
de las relaciones sociales a nivel de la base de la sociedad,
por otra, que en el caso de las relaciones laborales son
principalmente coercitivas, es un ejemplo de esto que
planteamos, y de su importancia para una certera estrategia de
construcción de fuerzas. Similar a la fábrica y la faena, en
las que impera el sometimiento directo producto de las
desiguales correlaciones de fuerzas existentes, y la mantención
de las formas de dominación instaladas por la dictadura en
estos espacios, es parecido a lo que podemos apreciar también
en centros de trabajo, escuelas, campos, universidades.
III.2 Hacia una nueva estrategia
En
las situaciones de precario dominio capitalista el Estado lo era
todo, y la sociedad civil capitalista era primitiva. Pero la
dominación capitalista se ha complejizado, permitiendo que en
situaciones en las que el Estado capitalista se ve amenazado,
las potentes estructuras e instituciones capitalistas
extraestatales resistan. El Estado aparece como la trinchera
avanzada, pero no como la única; tras la cual hay un poderoso
sistema de fortalezas capitalistas ubicadas en el seno de la
sociedad misma. De ahí la noción de hegemonía, como la
capacidad del capitalismo de producir consenso, consentimiento
con su dominio, o sea, como estadío superior de la dominación
simplemente coercitiva, basada en el imperio puro y simple de la
fuerza.
Nuestro
problema no es una estrategia revolucionaria en condiciones de
una autocracia zarista, ni de una rudimentaria dictadura
batistiana, sino de una democracia burguesa que goza de niveles
sistémicamente suficientes de lealtad de masas, aún cuando
estos se expresen pasivamente; es más, nuestras condiciones de
lucha muestran un alto nivel de conducción capitalista sobre
vastos sectores populares. De ahí que haya que considerar a
este régimen tanto en su organización estatal, como en sus
complejas defensas instaladas en el seno mismo de la sociedad.
Por eso, el esquema político de movimiento o de maniobra,
centro de las viejas estrategias revolucionarias, en la nueva
situación no puede ser sino un aspecto parcial de la estrategia
que precisamos.
Al
contrario de eso, requerimos una línea más apegada al esquema
de la "guerra de posiciones", orientada a la
construcción de espacios que no se abandonan. Debido a la mayor
complejidad que asume la dominación, a la presencia de
importantes factores extraestatales que producen y reproducen la
desarticulación popular actual, es preciso superar la práctica
reducida a la mera propaganda y entrar a desarrollar procesos de
construcción popular alternativos. Sólo esto permite una lucha
permanente y creciente, que supere la dinámica entrampante de
las victorias "episódicas".
Necesitamos
desplegar una práctica orientada a la construcción popular en
territorios y espacios que no se abandonan, impulsando luchas no
se reducen a la simple demanda economicista -aunque
necesariamente la tienen que incorporar- sino que avanzan en el
desarrollo de un proyecto social alternativo, gestando auténticos
grados de poder y de democracia popular.
Vista
así la estructura de poder de las clases dominantes, requerimos
impulsar una larga guerra de trincheras entre dos campos de
posiciones relativamente fijas, en la que cada bando intenta
socavar al otro política, ideológica y culturalmente, donde
producto de su avance, el cerco se haga recíproco. Lo que no
niega que una futura situación de equilibrio de fuerzas tenga
que romperse a través de la toma violenta del poder del Estado.
Pero el sujeto de este asalto al Estado no es ya un proyecto teórico
de sociedad sostenido por un puñado reducido pero organizado de
hombres y mujeres, sino que es un proyecto de un nuevo orden
social desarrollado en la práctica quien se dispone ha zanjar,
definitivamente, el proceso de debilitamiento de la dirección
de las clases dominantes sobre la sociedad, asaltando entonces
su último bastión.
Una
diferencia fundamental con el esquema político tradicional de
"guerra de movimientos", basado en el intento de ganar
la conducción de las masas en forma indirecta a través de la
propaganda revolucionaria, radica en el hecho que, en el esquema
político estratégico de "guerra de posiciones", la
disputa de conciencias con las clases dominantes, la construcción
de los términos de conducción revolucionaria en el seno de las
masas populares, opera a través de la capacidad de elaborar,
proponer y llevar a la práctica proyectos de construcción
social que, en los territorios concretos, son capaces de socabar
las bases de la organización social que el capitalismo ha
impuesto allí. Esto significa que la organización política no
debe limitarse a plantear la línea general ante la situación
política concreta, a lo que a menudo se reduce la práctica
tradicional, sino que debe entrar a proponer junto a ello un
proyecto social concreto para los diferentes espacios y
territorios, de transformación del orden y las relaciones que
allí imperan actualmente producto del dominio capitalista. En
su desarrollo futuro, tales proyectos han de conducir a la
superación de las mal llamadas organizaciones
"naturales" de las bases sociales - como sindicatos,
centros de alumnos, juntas de vecinos, colegios profesionales,
etc.-, esas que el capitalismo tolera porque llevan a limitar
cualquier proceso de organización de base a una dinámica
economicista, que es, por lo demás, fragmentada. Pues, para la
construcción de la unidad política del pueblo, es preciso ir
generando instituciones propias de soberanía popular, que en el
fondo son el gérmen de una organización genuínamente
socialista, forjada desde abajo, y no desde un todopoderoso
Estado futuro, contradictoriamente llamado socialista en tanto
no socializa el poder.
De
esta forma, a través de estas construcciones populares
referenciales, en los frentes poblacionales, laborales,
universitarios, se sustenta la convocatoria hacia nuevos
sectores. No es una mera convocatoria agitativa, sino todo lo
contrario. No es pura denuncia, sino, en este caso, una
propaganda concebida como elemento auxiliar para la expansión y
potenciación del impacto de las construcciones concretas de
poder y de democracia popular. Más que una utopía
propagandizada, que se intenta estérilmente de introducir en
forma pasiva en la cabeza de los hombres y mujeres del pueblo,
como enseñanza iluminista sin una práctica de construcción
concreta al fin, se trata de asumir el hecho de que la revolución
socialista triunfará en nuestro país mediante un máximo de
expansión -y no de constricción- de la democracia popular
organizada. Porque tan sólo esa experiencia popular en fábricas
y poblaciones, en campos, escuelas, en faenas y universidades,
puede permitir a una amplia mayoría visualizar con certeza los
verdaderos límites de la democracia representativa capitalista,
y forjar la decisión de superarla.
Si
se prefiere, es una disputa por la hegemonía, por la adhesión
ideológica de las masas populares a través de una práctica
constructiva, refundadora, a partir del desarrollo y la expansión
de construcciones populares referenciales, capaces de impactar
sobre aquellas zonas donde el orden capitalista aún mantiene
cierta legitimidad. Al decir de Gramsci, "en política, la
guerra de posición es hegemonía".
Por
eso nuestro desafío actual, es decir, el de una izquierda hoy
políticamente marginada y de un campo popular desarticulado, es
el de desarrollar formas de doble poder, de poder popular,
instituciones y construcciones de democracia popular más
amplias que cualquier precedente pasado. Sobre la base de estas
construcciones, de carácter estable, verdaderas posiciones de
fuerza, es posible proyectar un sujeto genuínamente socialista
hacia las correlaciones fundamentales de fuerza presentes en la
lucha política, superando la crisis de incidencia que
arrastramos como izquierda todos estos años. Este es, por lo
demás, el único camino de fondo sobre el cual enfrentar el
ascenso actual de la derecha, y más aún, la profundización
del capitalismo que significa la égida neoliberal.
Nuestra
tarea es la de crear instituciones rivales en soberanía popular
fuera y en contra del parlamento, capaces de educar a las masas
en su autogobierno, cuyos decretos y decisiones tendrán que ser
defendidos política y materialmente de la agresión lógica de
las clases dominantes ante estas formas de autonomía política
popular que les niega cualquier legitimidad y capacidad de
dirección y de control.
Esta
lógica revolucionaria, transformadora, refundadora de la
sociedad, tiene dos grandes exigencias: la labor refundacional
como tal, y la resistencia frente a la autoridad constitucional.
Es un esquema para construir una dualidad de poderes dentro del
capitalismo, y para proyectar el avance de la soberanía popular
hacia otros territorios de la sociedad. Pero no podemos ser
ingenuos. Las formas de poder y de democracia popular, en su
avance hacia una situación de dualidad de poderes, implican el
desequilibrio y la deslegitimación de las formas de dominio
capitalista, ante lo cual el centro del poder de las clases
dominantes suele desplazarse desde los aparatos más o menos
representativos hacia aquellos represivos.
Es
la instalación de una pugna no sólo entre ideologías sino
entre procesos concretos y reales de soberanía capitalista y de
soberanía popular. Su coexistencia no es algo que vaya a
tolerar pasivamente el capitalismo, pero tampoco el avance
popular dependerá exclusívamente de su capacidad de
resistencia y defensa material, sino también y en no menor
medida, de su capacidad para ir refundando el orden social y
proyectándose políticamente como embriones cada vez más
maduros de una nueva sociedad. Su fuerza no ha de estar dada
solamente en su capacidad de resistencia material. Aunque ella
es insoslayable, su fuerza también debe provenir del contenido
que expresa como construcción democrática y popular real y
tangible.
Se
nos dice que tenemos un régimen democrático, pero todo lo que
podemos decir es que nos gustaría verlo. Forzando un poco el término,
democracia antipopular es como hemos llamado al actual orden de
cosas.
Nuestra
revolución, y sobre todo el fin del capitalismo en Chile, sólo
se producirá cuando las masas populares hayan hecho la
experiencia de una democracia popular que sea tangiblemente
superior a la democracia burguesa. Porque el único modo de
garantizar la victoria revolucionaria del socialismo es forjando
en forma incontestable más -¡y no menos!- libertad.
La
manifestación de una libertad nueva y de mayor alcance, sin
privilegios, realmente potenciadora de las hoy refrenadas
capacidades y creatividades de grandes mayorías, ha de empezar
antes de que el viejo orden sea eliminado mediante la conquista
del Estado. El nombre de este proceso es doble poder o poder
dual. Las formas y los medios concretos de la aparición de
estas construcciones populares, de estas construcciones de un
contrapoder en el propio seno del capitalismo, son hoy el
problema crítico de la revolución socialista en Chile.
Su
construcción y desarrollo implica entre otras cosas la
capacidad de defensa política y material de estas experiencias;
en el fondo, la defensa de este proceso de transformación y
derrota del capitalismo desde abajo. Se trata de un poder dual
con capacidad de deslegitimar al capitalismo y su democracia
representativa, antipopular. Hemos aprendido que al capitalismo
hay que transformarlo desde dentro, ponerlo en crisis, si no
queremos "nuevas sociedades" que sean meras
caricaturas mejoradas de este capitalismo. Y en este sentido,
estas construcciones populares son también una fórmula para
perfilar materialmente la nueva sociedad desde el propio proceso
de lucha por el poder.
A
estas alturas del desarrollo del capitalismo, ha quedado claro
que la "toma del poder" ya no se reduce a la
"toma del Estado". Lo que hay que arrebatar a las
clases dominantes es su poder general, su capacidad para
organizar la sociedad y disciplinar a sus integrantes, lo cual
va mucho más allá del Estado y de los factores coercitivos. A
lo que nos enfrentamos es al estado general del poder de las
clases dominantes a lo largo y ancho de la sociedad. Y desde
esta perspectiva, la liberación remite insoslayablemente a la
refundación de la sociedad. La lucha liberadora es entonces, la
lucha por sustentar este proceso de transformación.
Nuestro
problema no se reduce a tomarnos La Moneda, nuestro Palacio de
Invierno. Sólo las masas organizadas tras un proyecto de
refundación de la sociedad, que no se realiza desde arriba,
sino que se impulsa y materializa en cada paso de avance de esas
masas, permite abrir la posibilidad efectiva de resistir la
respuesta de las clases dominantes, de avanzar, y de transformar
efectivamente la sociedad en una perspectiva democrática y
popular capaz de superar la limitada experiencia de los
socialismos "reales".
Visto
desde hoy, más que la toma del poder, es la forja del propio
poder y la construcción de la crisis política de las clases
dominantes. Más que asalto al Estado, es la capacidad de
defender material y políticamente lo construído y sus
posibilidades de avance. Tal dualidad de poderes -y no el
inconducente sueño con un oportuno golpe de mano- es el factor
que debe conducir a la crisis política de las clases
dominantes.
Es
un camino más largo, por cierto. Implica que la izquierda se
vuelque a los procesos de construcción popular bajo características
crecientes de organización, poder y democracia popular. No es
una tarea que pueda impulsar un sólo sector, porque es inmensa
y larga.
IV. El principio de la autonomía política de las luchas
populares
Ya está claro que no hay atajos, y que la insistencia tras
estos sólo nos ha hecho perder tiempo. Las decenas de atajos soñados,
a los más han permitido victorias "episódicas" en
las últimas décadas. Lo esencial es la fuerza social en que se
sustenta el proceso: los grados de desarrollo de su organización
y conciencia. Eso no hay como evadirlo. Evadirlo es seguir
alargando el festín de las clases dominantes.
Urge
terminar con el "tacticismo" de los atajos, con el
coyunturalismo, con los brotes agitativos pasajeros, y enhebrar
una práctica centrada en el impulso de luchas democráticas de
base, en la construcción local de formas de poder y de
democracia popular, que permita definir el sentido accesorio y
la oportunidad de la lucha electoral, violenta o de otras
formas. De lo contrario, éstas últimas prácticas no superarán
el largo hilo de inmediatismos de los últimos años.
La
Concertación, aun con todos sus problemas, es capaz de
confundir a la izquierda con sus cantos de sirena. Esto puede
ser una fuente más de confusión, y sobre todo, de indecisión
ante el camino de la construcción popular. Hoy en la Concertación
no hay nada que sirva para avanzar en los principales desafíos
de la lucha popular. Es una contradicción buscar hoy una
alianza, incluso un mero pacto electoral basado en supuestas
coincidencias democráticas, con una Concertación que en estos
momentos exacerba una línea neoliberal y antipopular, develando
su opción empresarial. Así las cosas, tal pacto sólo terminará
legitimando ante ciertos sectores populares los pasos que
recientemente ha dado el gobierno en contra del pueblo, como la
contención del gasto fiscal en medio de una situación de
desempleo, o unas reformas laborales que buscan legalizar la
sobreexplotación como forma de resolver la creación de
empleos, a través de una ampliación de la llamada flexibilidad
laboral.
La
forma general de la democracia representativa es en sí misma el
gran muro ideológico que evita que las masas populares
desarrollen cualquier proyecto alternativo como tipo diferente
de sociedad, como tipo alternativo de orden social. Porque
presenta las desiguales condiciones de los individuos en la
sociedad como si fuesen iguales ante el Estado. Es el gran
espejismo de la democracia representativa. El parlamento,
elegido cada tantos años como la expresión soberana de la
voluntad popular, refleja ante el pueblo la unidad ficticia del
país como si fuera su propio autogobierno. Las divisiones económicas
y de poder en el seno de esta "ciudadanía" se
disfrazan mediante la igualdad jurídica entre explotadores y
explotados, entre incluídos y marginados, entre poderosos y
sometidos y, con ello, nublan la completa separación y la no
participación de las masas en la labor del parlamento y en los
procesos de construcción del Estado.
Este
sistema es constantemente presentado ante el pueblo como la
encarnación última de la libertad: la democracia
representativa capitalista como el punto culminante de la
historia. La existencia del Estado parlamentario proporciona el
manto ideológico general que impide cualquier forma de
organización y de soberanía alternativa. Y es tan poderoso,
porque los derechos jurídicos de los ciudadanos no son un
simple espejismo. Al contrario, las libertades cívicas y los
sufragios de la democracia representativa son una realidad
tangible, cuyo logro fue históricamente, en parte, obra del
propio movimiento popular, y cuya pérdida sería una derrota
para él.
La
ideología de la democracia burguesa es mucho más potente que
la de cualquier reformismo del bienestar (al cual, por lo demás,
hoy se oponen al unísono las distintas fracciones de las clases
dominantes criollas, incluída la propia Concertación), y
constituye, por tanto, la base del consenso inculcado por el
Estado capitalista, cuya esencia radica en la creencia de las
masas de que ellas ejercen una autodeterminación en el orden
social existente. No es, pues, una simple imposición de una
clase dirigente, sino la creencia en la igualdad democrática de
todos los ciudadanos en el gobierno de la nación.
De
ahí la importancia del principio de la autonomía política de
las luchas y la organización popular, entendido no como
apoliticismo, sino todo lo contrario, como autonomía frente a
las reglas de los poderosos, esas que llevan a delegar en élites
supuestamente representativas cualquier voluntad de organización
y de lucha. La autonomía política es un principio que permite
fundar una práctica política propia, que no desconoce las
condiciones imperantes, impuestas por el enemigo, pero que
tampoco reduce a ellas nuestra lucha política.
Pero
hay otra clase de obstáculos para el camino de lucha que
propiciamos, y que no podemos dejar de mencionar. Además de la
compulsión por los atajos, ya sean conspirativos o
electoralistas, están, en el otro extremo, el basismo, el
localismo, el apoliticismo, el corporativismo que limita la
lucha de sectores populares a horizontes gremiales o luchas económicas.
Nuestra
tarea es construir procesos crecientes de control popular sobre
las dinámicas sociales cotidianas en la población, la
universidad, la fábrica y la faena, la escuela y el centro de
trabajo, que desconozcan la conducción capitalista de esos
espacios, sus formas de organización social de esos
territorios, y permitan originar, embrionariamente en un inicio,
relaciones sociales más democráticas y potenciadoras de la
creatividad de todos sus integrantes, y no sólo de un puñado
de éstos. Esto exige, entre otras cosas, pasar del militante de
izquierda entendido como simple propagandista y agitador, a un
militante que se distinga como constructor popular en esos
espacios.
Repetidamente
grupos y fuerzas de izquierda se han propuesto crear desde
arriba coordinaciones, frentes o movimientos a lo largo de la década
pasada. El verticalismo en la relación vanguardia-masas aún
persiste. Más que anti- neoliberalismo o cualquier otro anti,
incluída la declaración de una identidad antisistémica como
principal condición distintiva, tenemos que avanzar en
perfilar, a través de nuestra práctica, construcciones de
democracia y poder popular reales y tangibles, proyectando con
ellas el tipo de orden social que anhelamos.
Nuestra
primera y principal característica, como esfuerzo
revolucionario, no está en la opción por la fuerza ni en
definirnos como antisistémicos. La primera y fundamental
característica de nuestra lucha, es que apunta a la democracia,
a la libertad, a la felicidad, a terminar con la explotación y
las limitaciones a la vida. Luchamos por un futuro más pleno
para la especie humana, libre de la pobreza material, y también
de las miserias espirituales que engendra el capitalismo. Y si
para avanzar hacia estos objetivos, para construir estos sueños,
estamos obligados a defender este derecho por la fuerza, y
tenemos que asumirnos y proyectarnos como individuos y como
fuerzas sociales antisistémicas, lo hacemos. Pero sin perder de
vista que esta es una consecuencia de nuestra decisión de
llevar adelante una lucha liberadora.
Todo
esto significa luchar por un socialismo desde abajo, que lo
ligue desde ahora y estrechamente a una práctica democrática
de masas. Las soluciones urgentes que anhela nuestro pueblo no
vendrán de la ya añeja costumbre de reclamarle todo al Estado,
sino de las construcciones populares de poder y democracia que
seamos capaces de impulsar, defender y proyectar. Hacia allá
debe apuntar la conducción política de la izquierda, para
cumplir con la imperiosa exigencia de dejar de estar a la
defensiva y convertirnos en una fuerza afirmativa.
Para
comunicarse con el autor: surda@hotmail.com
Tomado de http://www.rebelion.org/
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