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Argentina:
los datos del problema
Guillermo
Almeyra
Lo que sucede en Argentina no es sino el espejo de lo
que puede suceder, con otros ritmos, en otros países. El Financial
Times, por ejemplo, dice que Japón está a cuatro años de
convertirse en otra Argentina. Y el coctel explosivo formado por
la sobrevaloración del peso, el pago de servicios de la deuda
superiores al flujo de las inversiones extranjeras, la
dependencia de las importaciones, el aumento constante de la
desocupación y de la miseria que reduce la masa impositiva y
aumenta la tensión social, la destrucción de la industria
nacional media y pequeña, principal fuente de trabajo, el carácter
usurario del sistema bancario, la corrupción oficial y la
crisis y el descrédito de los organismos de mediación,
comenzando por los partidos, se presenta también en otros países
"emergentes", y la política imperialista de Estados
Unidos y de los organismos internacionales al servicio de éste
hacen el resto.
Conviene pues aprender de lo que pasa en Argentina,
porque de te fabula narratur. Además, Estados Unidos y
el Fondo Monetario Internacional (FMI) buscan poner de rodillas
a Argentina para destruir el Mercosur, golpear a Brasil e
imponer el ALCA. Hay un uso criminal de la crisis para realizar
una política internacional que no excluye a ningún país: ni a
los latinoamericanos ni a los competidores europeos de Estados
Unidos, que son los principales inversionistas en el Cono Sur.
La propuesta formulada en el FMI, de inaugurar la posibilidad de
quiebra de un país con el caso argentino, y del economista del
MIT Rudiger Dornbusch -publicada el 1º de marzo por El
Cronista, de Buenos Aires-, de nombrar por cinco años
comisionados generales para Argentina que controlen la política
fiscal, la emisión monetaria y la administración de los
impuestos, tal como hicieron los aliados en el caso de Austria
después de la Segunda Guerra Mundial, hace volver al siglo XIX,
con la ocupación del puerto de Veracruz o del de Caracas, y
plantea un importante precedente ante el cual ningún país
soberano puede quedar callado.
El fondo de la maniobra que se está intentando es
hundir cada vez más al país para llevar a la dolarización de
su moneda, como en Panamá, El Salvador o Ecuador, pero en la
magnitud de la economía argentina. La soberanía de todos los
países está pues en peligro.
Frente a esto, el gobierno de Eduardo Duhalde es estrábico
y mira con un ojo hacia el FMI y con el otro a la crisis política
y social. Su intento de juntar el agua y el aceite es patético,
y las grandes empresas, al igual que la banca extranjera, lo
consideran un peligro, mientras la mitad de la población, según
las encuestas, exige que se vaya aunque no proponga a nadie
llenar el vacío.
Por su parte, las asambleas populares y los piquetes,
que algunos borrachos de ultraizquierdismo llaman sin más a
gobernar, siguen siendo heterogéneos y minoritarios. Ellos
mueven en todo el territorio nacional algunos centenares de
miles de personas, lo cual es muy importante, pero es poco en un
país de 36 millones de habitantes. Sobre todo, plantean sólo
objetivos generales (no pagar la deuda, la estatización de la
banca y de las empresas fundamentales, acabar con la corrupción),
que son muy justos, pero deben ir acompañados -para ser algo más
que una expresión de deseos- por medidas y propuestas concretas
que lleven a su realización. Y, en primer lugar, por la unidad
en torno de algunos objetivos programáticos fundamentales entre
quienes buscan mantener la independencia nacional y reconstruir
el país sobre bases todavía capitalistas, y los que luchan en
cambio por una alternativa socialista.
Además, es fundamental romper la visión puramente
local y nacionalista, de modo de ligar las movilizaciones en
Argentina con las bolivianas, las paraguayas, el proceso brasileño,
el ecuatoriano, aunque sólo fuere en las declaraciones, los
llamados, la elaboración de un programa común de liberación
antimperialista. Si no se desarrollan planes concretos para los
problemas concretos, por barrio, por región, por provincia, y
no se organiza su aplicación directa por las fuerzas que buscan
autorganizarse y dar una respuesta propia a la crisis, queda el
camino abierto a los que buscan una solución reaccionaria. Hay
millones de personas cuya cabeza todavía hay que ganar, que
hasta ahora sólo se han movilizado muy parcialmente y cuyo
apoyo deberían buscar y organizar los que no se resignan a ser
esclavos de Washington para que no los canalicen otros. Los
banqueros y las empresas, como ha admitido el propio ministro de
Defensa, se están reuniendo con altos jefes militares y en la
revista Tiempo militar han aparecido llamados a la
dictadura. Duhalde podría caer por la derecha o ser utilizado
para imponer el "orden" de los banqueros y del FMI.
Una vez más, lo esencial es unir fuerzas en lo que es
común, abandonar delirios ideológicos y sectarismos, construir
y difundir un programa creíble y trocar la actual crisis de
dominación en un proyecto de transformación social del país.
galmeyra@jornada.com.mx
Tomado
de La Jornada
México D.F. Domingo 3 de marzo de 2002
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