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“La libertad es solo siempre la libertad del que piensa diferente...”
Junius, Breslau, verano de 1918


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PERCEPCIONES DE UN LEGO

J. Enrique Olivera

El agrarismo y su permanencia histórica.

En política la forma es fondo
Jesús reyes Heroles 

Periferia  rural de la ciudad de Can Cun

Can Cun México

A propósito del debate sobre el concepto de “agrarismo contemporáneo”,  me permito hacer las siguientes consideraciones:  

Como todo proceso socio histórico,  el agrarismo, entendido éste como la  lucha campesina de reivindicación de derechos  individuales, sociales, económicos, políticos y culturales, tiene  en su integralidad carácter permanente, desigual y a la vez combinado en tiempo, espacio y condiciones objetivas y subjetivas para su desarrollo. Caracterizándose, en cada hito o etapa  histórica, fundamentalmente por la relación dominante entre el campesinado y el Estado, demandas insatisfechas, niveles de organización, programa reivindicatorio, métodos y estrategias de lucha adoptados, sobre la base de un hilo conductor determinado por la memoria y experiencia que se retoma del pasado, se recrea en el presente y se proyecta al futuro.


Es por ello que considero no se le puede ubicar con  precisión en el marco específico de una temporalidad subjetivamente construida y determinada por etiquetas o categorías sociológicas o historiográficas dadas (1) , como podría ser el caso de  “adjetivizarle o calificarle” como un proceso arcaico, moderno, posmoderno y menos contemporáneo, en tanto que éste último concepto engloba un período histórico que data de la Primera Revolución Industrial en Gran Bretaña en el Siglo XVII, pasa por la Segunda Revolución Industrial o de las comunicaciones y culmina hasta nuestros días con el surgimiento de una tercera que pretende dar paso a la sociedad de la información y el conocimiento. Procesos  y etapas éstas que si bien determinan la marcha más general de la sociedad  no necesariamente han sido accesibles para la mayoría de las comunidades agrarias e indígenas del planeta sino más bien éstas han estado históricamente excluidas de los beneficios del desarrollo que han implicado los grandes avances científico técnicos y sí, en cambio, han contribuido a su expansión y consolidación en el medio urbano proporcionando alimentos, engrosando las filas del ejercito industrial de reserva, transfiriendo capital  y  recursos naturales indispensables para sostener la planta industrial y la reproducción ampliada del capitalismo como sistema dominante en el período citado.

 Como tampoco se le puede ubicar con precisión en el ámbito espacial, en tanto que la sociedad ha marchado de manera desigual, lo mismo en el ámbito interno de los estados-nación como en el concierto internacional. A tal desarrollo desigual se le corresponde un también proceso desigual de incorporación regional de las masas campesinas a los beneficios del desarrollo. Coexististiendo condiciones de atraso social, económico o tecnológico similares o peores que las prevalecientes durante la Revolución Francesa, por ejemplo, con aquellas en las que los niveles de bienestar de la población superan en muy alto grado los índices promedio de modernidad, eficiencia y eficacia sistémica. En el VIII Congreso Mundial de Derecho Agrario quedó claro, por citar un ejemplo, que el agrarismo en Europa Central y en los Estados Unidos de Norteamérica es para los países del sur la prolongación del colonialismo. De ahí que espacialmente a lo más que se puede aspirar en un intento por definir lo que debemos entender por el agrarismo de nuestros días, es el recurrir a denominadores comunes que nos aproximen a la comprensión de un fenómeno vivo, actuante y dinámico que tampoco se puede ya circunscribir a los estrechos límites de los estados-nación, en tanto que en la actual etapa neoliberal del capitalismo dominante el proceso de mundialización se ha encargado globalmente de homologar lo mismo retos que respuestas para el sector agrario.

 En cuanto al carácter combinado del proceso histórico de las luchas agrarias, queda demostrado, paradójicamente, que la llamada globalización  neoliberal de la que se sirve el capital financiero como motor de su expansión y reproducción, origen de la expoliación de que son objeto los pueblos,  constituye hoy día uno de los elementos más dinámicos  en el proceso de fortalecer y expandir un movimiento social y político, indígena y campesino, que se construye a partir de reivindicaciones y denominadores comunes  que igualan a los diferentes. Comunicándose experiencias, debatiendo métodos y estrategias de lucha, concertando acciones y movilizaciones en una entramada telaraña de redes que están modificando el escenario de las democracias representativas y las elites gobernantes, para dar prevalencia, dentro del marco de una mundialización irreversible,  a nuevos paradigmas que impulsan a un proceso de construcción de democracia participativa, plural, intercultural e incluyente, desde las bases mismas de las comunidades agrarias en alianzas inéditas con el movimiento obrero y clases medias empobrecidas.

 Retomando el hilo de la historia, las luchas agrarias vinculan principios, valores, experiencias y conquistas del pasado con las necesidades presentes y retos del futuro, combinando reivindicaciones y métodos ancestrales de lucha, generados por demandas no satisfechas, con nuevas estrategias nacidas del uso común de las más avanzadas innovaciones tecnológicas de la información y la comunicación. Los propósitos y objetivos, fruto de la marginación y exclusión de las masas campesinas son históricamente los mismos. La estrategia y métodos para avanzar en su conquista son cualitativamente diferentes. Estando hoy día dados por la irrupción temprana de las movilizaciones agrarias en la sociedad de la información y el conocimiento, presuntamente sólo accesible a los segmentos más avanzados de la economía capitalista. Los diversos niveles dados de desarrollo, desde las formaciones precapitalistas aún existentes en apartados lugares del mundo hasta lo más avanzado de las sociedades altamente industrializadas,  se combinan e interactúan entre sí, conformando  también inéditas manifestaciones de unidad, solidaridad y resistencia.

 El desarrollo desigual pero combinado de la historia priva al agrarismo de una   “calificación” temporal y espacial, dándole carácter permanente y global. La interculturalidad, enriquecida por una comunicación transversal de incalculables dimensiones,  lleva de la mano a lo local y lo global como un fenómeno cultural que en su dialéctica rebasa las fronteras de lo que se entiende por contemporáneo para ubicarse en el futuro. Una nueva relación entre el campesinado y el Estado está en construcción. Una nueva correlación de fuerzas que hace permisible las alianzas entre el agrarismo, el movimiento obrero independiente y los sectores más desprotegidos del ámbito urbano, rompe con todo esquema de limitación espacial y temporal dentro del cual se  pretenden ubicar ideológicamente a las tareas del agrarismo de hoy, encuadrándolas mecánicamente en una dinámica productivista . El desmoronamiento de los estados nación y su superestructura política, jurídica y cultural frente a los embates del imperialismo y sus trasnacionales, coadyuva a dicha modificación en la correlación de fuerzas. Nuevos escenarios, con paradigmas innovadores, marcan  los prolegómenos de un también nuevo estadio en la marcha de la sociedad en la que las luchas agrarias se apropian del conocimiento más avanzado de la época,  útil a sus fines, asumiendo el papel protagónico, como protagónico es el rol, como sujeto y no objeto de la historia,  del indígena y el campesino que recuperan la palabra.

 Algunos politólogos de izquierda, con demasiado e ingenuo optimismo contemplan a este proceso como  como una “revolución agraria” que pugna por el poder político. Nada más alejado de la realidad el que se trate de una revolución en marcha. La dispersión organizativa, lo limitado y contradictorio de los programas asumidos, la ausencia de una teoría y  liderazgo revolucionario,  da cuenta de ello. No obstante, si es posible afirmar, como  un hecho irrefutable,  el que la idea de reforma agraria integral y de resistencia a los efectos del neomercantilismo del modelo neoliberal de desarrollo, está en la mente y en el ánimo del campesinado  movilizado.

 Pero también considero resulta ingenuo el aferrarse a conceptos y dinámicas sociopolíticas superadas por la propia historia de los pueblos, pretendiendo contemporizar la lucha agraria con esquemas productivistas, economicistas o de una demagógica sustentabilidad ecológica, presuntamente modernizadores y adecuados a la dictadura del mercado, impuestos por el imperialismo y aceptados servilmente por los gobiernos neoliberales y las elites de anquilosados partidos políticos, que no el Estado. Ello,  a mi juicio,  es tanto como ignorar el pasado y renunciar al futuro en aras de un presente incierto.

 El agrarismo de hoy es el agrarismo de ayer y de siempre. Lo cambiante es el entorno y las circunstancias. Adecuar con imaginación y creatividad métodos y estrategias  a éstas para avanzar es el reto. El agrarismo no sólo es la pugna por la tierra, es la lucha por el acceso en todos los planos a una vida digna para hombres y mujeres del campo. Mientras subsista la explotación económica, la exclusión social y cultural, la discriminación del indígena y el campesino, la libertad, como conciencia de la necesidad, que animara la lucha reivindicatoria de Zapata y los mártires del agrarismo en éste país, es a la vez demanda  histórica vigente que condición futura de progreso con justicia . No es circunstancial que frente a las imposiciones del FMI, Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio, los productores agrícolas en resistencia de los cinco continentes, tomen como propios los paradigmas surgidos de las revoluciones agrarias latinoamericanas y en especial la mexicana, enarbolando hoy como ayer las banderas de tierra y libertad del Caudillo del Sur, de la dignidad e identidad nacional de José Martí, de la Patria Grande de Bolívar y de la utopía socialista de Ernesto Guevara.

 México, en su propia y particular circunstancia no escapa a  éste rescate y retomar histórico. Frente al fracaso e inviabilidad del modelo neoliberal de desarrollo, el campesinado, en su mayoría indígena ó mestizo,  vuelve los ojos al pasado, resume experiencias, logros y fracasos y,  al margen y en franca resistencia a los cascarones  tradicionales de control político, levanta las banderas de la Reforma Agraria Integral; busca y construye alianzas con los movimientos sociales urbanos y se suma a la tarea de conjunto  del agrarismo latinoamericano en pos de una nueva vía para avanzar de cara al futuro.

 Esta claro que el campesinado mexicano no es el boliviano, ecuatoriano o haitiano. Sus pasos a lo largo de la historia le han conferido identidad propia. Tampoco el campesinado nacional es homogéneo ni responde por igual a los retos planteados. Dentro del mosaico territorial y cultural de nuestro país son grandes y peculiares las diferencias. Subsisten , valga la redundancia, economías de subsistencia conviviendo con aquellas vinculadas a los circuitos comerciales del mercado interno y externo. El atraso social y tecnológico se da la mano con manifestaciones capitalistas de desarrollo agroindustrial al interior de las cuencas y regiones. No obstante tal desarrollo desigual se combina, se interactúa y se iguala frente a políticas públicas sometidas a intereses externos, estableciéndose denominadores comunes de pobreza, exclusión,  expulsión de la tierra, deterioro en los niveles de bienestar general y, sobre todo, frente a la inviabilidad económica de las actividades agropecuarias, forestales y pesqueras que pudieren dar sustento a un proceso de desarrollo sostenible. Lo que para las trasnacionales agroalimentarias representa incrementos en la tasa media de ganancia, dinamismo en la acumulación, reproducción y concentración del capital, para el campesinado nacional significa pérdida de rentabilidad, descapitalización, daños ecológicos irreversibles y expropiación de recursos naturales y bioconocimientos históricamente acumulados.

 La gestación de movilizaciones sociales en el campesinado nacional son por algo más que la lucha por la tierra. La resistencia se construye y se amplía en torno a la necesidad de supervivencia, rescate de la identidad y reconocimiento como sujetos de desarrollo. Lo que en la forma se considera un conflicto económico  en el fondo asume carácter ético político.

 De espaldas a esta realidad el gobierno, en sus tres instancias, pretende subsanar la crisis en el campo con dádivas, pseudo programas de apoyo y medidas asistencialistas. Tarea que es apoyada y respaldada por las cúpulas de partidos políticos, ONGs de diversos colores e intenciones; por un Poder Legislativo ajeno a la voluntad de los electores y por una justicia que se tasa en prevendas e intereses personales.

 Un simple ejercicio de cálculo económico , cuyos resultados son del todo negativos, se soslaya dando paso a un discurso desarrollista,  sin más asidero que el fundamentalismo de mercado.

 Sectores importantes de la academia se hacen eco de tales medidas, renunciando al talante crítico y al apego a  la objetividad. El pensamiento eurocéntrico y el sometimiento a intereses trasnacionales domina diagnósticos y pronósticos. Tesis y teorías pretenden ocultar el deseo implícito de renuncia al conocimiento y aceptación de una memoria histórica que bien podría dar luz en cuanto al rumbo y destino de un país que hoy marcha a la deriva.

 México, como el resto de América Latina, vive hoy el agrarismo de siempre. Para hombres y mujeres no queda nada que perder, salvo su dignidad como seres humanos. La disyuntiva está planteada entre resistir o abandonar el campo en busca de nuevas y más amplias perspectivas de vida. La cuestión sustantiva estriba en si realmente, dadas las condiciones de polarización  económica, desempleo galopante, deterioro de la seguridad social y dominio del mercado interno y externo por las trasnacionales, es posible encontrar tales perspectivas de supervivencia más allá del surco.

 Lo de menos es eliminar mecánicamente el término “contemporaneo” en un esfuerzo por obtener consensos, cuidar las formas y evadir el debate. Lo relevante a mi juicio es ir al fondo del tema , clarificando el propósito sustantivo de nuevas  organizaciones  que nacen  pretendiendo en su actuación  el vincularse, por diversas vías, a un proceso sociohistórico que reclama honestidad intelectual y compromiso para con las aspiraciones de hombres y mujeres en el campo mexicano. En este contexto a mi juicio el debate debe orientarse, como punto de partida, a un diagnóstico objetivo de la realidad agraria de nuestro país para, en consecuencia, contar con aquellos elementos que pudieren dar sustento a propuestas concretas en la búsqueda de  respuestas viables  a una problemática multidimensional  que rebasa el ámbito político formal de la democracia representativa.

 Noviembre de 2003



Nota.

 1.( (Actualmente, pareciera que estamos utilizando la categoría histórico-cultural: "época contemporánea", más allá de su universo significativo; como una noción cuyo contenido denotativo y connotativo, ha quedado ya desbordado en el ejercicio del discurso cotidiano. Esto quiere decir, que la delimitación histórica y temporal que presenta la misma, así como la significación cognoscitiva y cultural que encierra en su simple nominación; está sobrepasada en el contexto escrito y en el discurso hablado habitual del mundo occidental.

El término compuesto "época contemporánea" o más exactamente "edad contemporánea"; corresponde a la designación de un hito específico del devenir histórico, que encierra los diversos acontecimientos que se suceden desde la Revolución Francesa (1789) hasta el presente. Este es su contenido sinóptico en uso. Empero, la mera utilización frecuente del concepto categorial mencionado, no es equivalente a una clara comprensión de la significación delimitatoria del mismo en el ámbito social; ni tampoco quiere decir, que la comunidad de estudiosos de la historia, posea un conocimiento acabado acerca del contenido semántico, o de las proyecciones cognoscitivas y epistemológicas de la noción "edad contemporánea", por el simple hecho de que éstos, la empleen habitualmente y ubiquen bien sus deslindes de periodificación.

La invención de la noción "edad contemporánea", acontece a comienzos del siglo XX y se enmarca en la línea de pensamiento racionalista que realizara antes, el erudito alemán Christoph Keller (1634 - 1707), quien en el siglo XVII e imbuido del ideario de alcanzar una Historia Universal, publica algunos volúmenes de historia como textos de estudio para sus alumnos con los títulos de: Historia Antiqua, Historia Media Aevie, Historia Nova.(1)

Así, la noción "época contemporánea", resulta ser una creación de los estudiosos de la historia que continúa el esquema racionalista anterior, para delimitar y tipificar el último corte histórico-temporal del hacer humano, que desde nuestra perspectiva cubre un poco más de los doscientos últimos años más cercanos a nosotros. Y justamente dentro del significado de dicha idea, tanto el lector como el resto de los agentes sociales e históricos a que alude el presente hito, quedamos subsumidos en el ámbito denotativo de la noción en cuestión; es la única categoría histórica que periodifica un universo social, político y cultural en plena ebullición, una praxis inacabada en la cual nosotros mismos somos a la vez, actores y espectadores de nuestro devenir. Adios a la época contemporánea...)).

Zenobio Saldivia Maldonado. Universidad Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile