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El sector agropecuario y los
paradigmas del desarrollo económico mexicano
Roberto Diego Quintana
Profesor del Departamento de Producción Económica y de la maestría en
Desarrollo Rural
Coordinador del área de Desarrollo Rural de la uam-Xochimilco.
¿Quién lee diez siglos en la Historia
y no la cierra al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?...
Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, las mismas
cadenas, los mismos esclavos,
las mismas protestas, los mismos farsantes, las mismas sectas...?
León Felipe
I. Visiones desarrollistas y
dependentistas del desarrollo económico
a concepción ortodoxa del desarrollo económico
se puede sintetizar como un planteamiento lógico deductivo, que tiene como
fundamento el proceso de diversificación y crecimiento económico en los países
“desarrollados”, como resultado de la evolución de las fuerzas productivas.
Para los desarrollistas1 el problema de los países “subdesarrollados”2 era
haber quedado al margen de esta evolución. Bastaba, por tanto, incentivar desde
el Estado la evolución de estas fuerzas para que un país rebasara el umbral
del subdesarrollo económico. El desempeño asignado a la agricultura en este
“desarrollo planificado” era el de financiar la creación de un sector
industrial por medio de la transferencia de capital. Asimismo, este sector de-bería abastecer de materias primas, de insumos y de alimentos baratos a la
industria y a los centros urbanos. Por último, los futuros proletarios de esta
diversi-ficación económica deberían provenir de las zonas rurales.
La expresión espacial de este sesgo
urbano-industrial fue estructurada por Perroux (1955), en el concepto de
“polos de desarrollo”. Éste consideraba la necesidad de centrar la
intervención estatal en los grandes centros urbanos de un país, con el fin de
generar nuevas industrias cuyo efecto multiplicador traería como consecuencia
un efecto benéfico, “en cascada” (Trickle down effect), en toda una región,
por medio del incremento en la demanda de todos los bienes y servicios
relacionados directamente con la producción o con la demanda de estas
industrias.3
Los adeptos a esta teoría del desarrollo
regional desvalorizaron a los críticos,4 apuntando la necesidad de dar tiempo a
que el efecto distributivo se mate-rializara.5 El tiempo demostró, sin embargo,
que más que un efecto multiplicador en cascada, los polos de desarrollo
ocasionaban un “efecto de resaca” (Backwash effect),6 en donde el polo de
crecimiento económico ofrecía opciones, a veces complementarias, de ingreso a
la población rural que orillaban a ésta a abandonar o a descuidar la actividad
agropecuaria con el fin de optimizar el costo de oportunidad de su tiempo, de
acuerdo con la actividad que más ingresos ofrecía.7
Para Michael Conroy (1975), el problema de los
polos de desarrollo, al igual que la concepción fun-cionalista de desarrollo
regional, estribaba en alinear una región a una economía nacional que a su vez
se encontraba alineada al modelo dominante de polos de desarrollo en el entorno
internacional (Estados Unidos, Japón y Europa del Oeste), por medio de inducir
artificialmente un crecimiento productivo regional acorde con los intereses del
capital internacional. De acuerdo con esta concepción, ésta era la única
manera de atraer estos capitales para invertir en la producción. De este modo,
se esperaba generar una agricultura y una industria de gran escala, dinámica y
de alta tecnología, similares a las que Perroux describió como cimiento del
desarrollo regional polarizado.
Para los críticos del desarrollismo
funcionalista, la solución trascendía el buen o mal esfuerzo por impulsar el
desarrollo de las fuerzas productivas. El problema mismo, al parecer, no era
haber llegado tarde al desarrollo, sino que éste se había generado en el mismo
proceso en el cual algunos países llamados “desarrollados” habían crecido
y se habían diversificado económicamente gracias, en parte, a la explotación
que habían hecho de los países “subdesarrollados”.8 Esta concepción de
alguna manera entró en conflicto con la interpretación clasista del marxismo
ortodoxo; sin embargo, la explotación de unos países por otros, para algunos
autores, no negaba la explotación entre las diferentes clases sociales, al
interior de estos países. De hecho, en este enfoque se consideraba a las élites
económicas como subordinadas a los intereses de las élites de los países
desarrollados.
En esta lógica se concibieron explicaciones
relacionadas con la explotación y la dependencia de los países
“subdesarrollados”, denominados también como “periferia”, mantenidas
por los países desarrollados conocidos como “metrópoli” (véase Octavio
Rodríguez, 1977, y T. Dos Santos, 1968 y 1970). Las argumentaciones variaron: i) se manejaba la dependencia desde la exportación de materias primas de
paí-ses
de menor desarrollo económico (pmde)9 hacia países de mayor desarrollo económico
(pde), viniendo en sentido contrario productos elaborados con mayor valor
agregado que no se producían en los primeros10 (véase Raúl Prebish, 1976, y
Octavio Rodríguez, 1977); ii) al mismo tiempo, se concebía que el intercambio
desigual agregaba al argumento anterior las imperfecciones del mercado mundial
por medio de las cuales los pd, mediante las empresas trasnacionales, regulaban
los precios de la mayoría de los productos, manteniéndose una tendencia a la
baja de los precios de los productos de exportación de los pmde y una tendencia
a la alza para los productos importados por estos países provenientes de pd (véase
Emmanuel, 1972).
Mientras que para algunos, como los ideólogos
de la cepal, la solución a esta espiral del subdesarrollo podía revertirse o
por lo menos aminorarse por medio de una planeación de corte estructuralista,
para otros era necesario revertir el intercambio desigual y, de hecho, buscar un
apoyo decisivo de los países del Nor-te hacia los del Sur, en lo que se llamó
el diálogo Norte-Sur, hacia un nuevo orden económico internacional.11 La
posición más radical, representada por la escuela relacionada con André G.
Frank, planteaba como única solución real el rompimiento abrupto de las
relaciones de dependencia y el cambio de la sociedad hacia un sistema
socialista, no encontrando en principio otro camino que la lucha armada, sobre
todo a la luz de los acontecimientos que derrocaron y asesinaron a Salvador
Allende en Chile (véase Frank, 1969 y 1970, y Marini, 1970).
Como si la Torre de Babel existiera en verdad,
también sucede en Chile con la dictadura de Augusto Pinochet, donde se ensaya
para la América Latina, y para los pmde en general, el paradigma de política
económica monetarista, hoy conocido como “neoliberalismo”. En esta nueva
versión del liberalismo del siglo xix el problema no es visto en términos de
explotación de unos países por otros; de unas clases sociales por otras, sino
que se circunscribe a permitir el libre juego de la oferta y la demanda de
bienes y servicios en la esfera local, regional y global. Así, el problema de
las crisis productivas, del desempleo, de los bajos salarios, de la pobreza, se
reduce a una asignación ineficiente de los recursos productivos debido a las
distorsiones del mercado, producto del proteccionismo económico y del
intervencionismo estatal en la economía. En esta nueva manera de percibir el
desarrollo económico, la inversión privada, de preferencia extranjera, es
considerada, en lugar de un fuerte obstáculo, el principal motor de la economía.
En ello, el desarrollo humano es obliterado por redefiniciones reduccionistas
del “progreso” y de la “modernización” que sólo ofrecen una mayor
entrada de divisas cortoplacistas y una promesa limitada de generación de
empleos.
II. Las concepciones para el desarrollo económico
de México en el siglo xix
y en el México posrevolucionario
El concepto “crisis” es tal vez uno de los
que más se han empleado en relación con el devenir histórico del México
posindependentista hasta nuestros días. Asimismo, junto con las crisis, el
Estado no ha cesado de buscar o de asumir, en ocasiones angustiosamente, un
paradigma de desarrollo político, económico y social a fin de justificar su
razón de ser, dando o negando identidad y proyecto a la nación mexicana.
Respecto al camino a seguir, el debate ha sido
arduo y conflictivo. En la posindependencia el frente anticolonial de los
criollos se escindió entre los “conservadores”, que aspiraban a un México
igual al colonial, pero sin ser colonia, y los “liberales”, que buscaban el
cambio social. Estos grupos llegaron a concebir dos rumbos distintos de
desarrollo para la nación mexicana y para la sociedad rural. Los conservadores
consideraban que para el progreso del naciente país se requería de: i) un
gobierno central fuerte; ii) una política proteccionista de fomento a la
industria, y iii) un respeto a la estructura agraria; los liberales, como
contraparte, sostenían: i) la viabilidad de un Estado federado; ii) una política
de libre mercado; iii) un fomento de actividades productivas de exportación,
fincando el crecimiento económico del país hacia el exterior y sin considerar
como problema el limitado mercado interno, y iv) una reforma a la estructura de
la tenencia de la tierra, desapareciendo la propiedad corporativa (como la
clerical y la comunal) e incentivando la privada y familiar de tamaño mediano,
similar a la que existía en los Estados Unidos, conocida como la “vía
farmer”.
Tras el derrumbe de la intervención francesa,
encabezada por Maximiliano de Habsburgo en 1867, las Leyes de Reforma12 serían
instrumentadas por los gobiernos liberales tomando su máxima expresión durante
la dictadura de Porfirio Díaz, quien impulsó un modelo de desarrollo de
“crecimiento hacia afuera”, basado en la exportación de materias primas
minerales y agropecuarias, modificando fundamentalmente el modelo de la tenencia
de la tierra en el país, al desposeer de ella a la Iglesia y a las comunidades
indígenas, y reconcentrándola en pocas manos, dando lugar a la máxima expresión
de la hacienda latifundista de fines de siglo. De esta manera, la vía farmer,
concebida como parte del paradigma liberal de desarrollo económico del México
independiente, nunca llegó a materializarse como la estructura dominante. La
desposesión de la tierra de las mayorías rurales, por su parte, contribuyó
ampliamente al levantamiento armado que condujo al país hacia la Revolución de
1910-1917.
El Estado del México posrevolucionario buscó
a su vez un paradigma de desarrollo que lo justificara, que le diera razón de
ser. Esta vez, por antinomia con el régimen porfirista, por el alto contenido
agrarista del conflicto armado y por la preminencia de concepciones
prohacendarias en el grupo armado que se encumbra en el poder político, poco a
poco se fue conformando la concepción de un Estado rector, con un poder político
y económico sumamente centralizado, un desa-rrollo económico basado en el
paradigma político-económico que posteriormente se definiría como
“sustitución de importaciones”,13 orientado en lo fundamental hacia el
mercado interno, y un campo, cuya unidad de producción integrada al mercado
nacional e internacional siguiera siendo la hacienda, dando a la comunidad y al
ejido, por medio de un reparto agrario limitado, de pegujal, una función más
social que pro-ductiva, y vinculándolo a la hacienda, al igual que antaño,
como abastecedor temporal de mano de obra.
No obstante la intención del general Plutarco
Elías Calles de dar por terminado el incipiente reparto agrario, y de
considerar como política de Estado la homologación y asimilación de
campesinos e indígenas en una nueva versión de los farmers liberales del siglo
xix,14 el paradigma rural y su desempeño en el desarrollo del país, sin
embargo, habría de reformularse a veinte años de terminado el conflicto armado
en 1936. Llegaría a la presidencia el general Lázaro Cárdenas para impulsar
el reparto agrario como parte del modelo de desarrollo económico de la nación
y como respuesta a la cada vez mayor presión del campesinado por acceder a un
pedazo de tierra. Fue durante su régimen que finalmente la hacienda
latifundista extensiva desapareció del escenario productivo, creando en su
lugar un sector social conformado por ejidos y comunidades agrarias y una
propiedad privada fincada en la inversión de capital en lugar de la propiedad
monopólica de la tierra.15 Ambas formas de tenencia son concebidas por el
cardenismo como agentes protagónicos de la actividad agrícola nacional, al
grado que el sector social para 1940 llegó a producir más de la mitad del
valor de la producción agrícola del país.16
De acuerdo con varios autores,17 es a partir de
las reformas cardenistas al campo mexicano que se fincan las bases del
desarrollo económico nacional. Por un lado, la ampliación del mercado interno
producto del reparto agrario generó una demanda para productos manufacturados.
Por otro, la generación de un excedente económico en la actividad agropecuaria
y el considerable incremento en el ahorro interno abrieron la posibilidad de
financiar la diversificación económica e industrialización del país.
III. El desarrollo desigual en el México
poscardenista: Crear riqueza
para después repartirla
El modelo de concentración de la riqueza
urbano-industrial en México, expresión de la sustitución de importaciones,
sobre todo a partir de los años cincuenta, tomó como paradigma espacial los
polos de desarrollo, fincando el desarrollo económico del país, por primera
vez en la historia, en el ahorro interno y no en el financiamiento externo. Los
recursos para lograr la diversificación económica, en lo fundamental,
provinieron del sector agropecuario que durante esta época es “modernizado”
en regiones de alta productividad, promovidas por el Estado por medio del modelo
de desarrollo regional por cuencas hidrológicas y de los distritos de riego.
Hasta mediados de los años sesenta esta estrategia –apoyada con un paquete
tecnológico de variedades de alta productividad e insumos como fertilizantes y
pesticidas, conocido como la Revolución Verde–18 parecía haber sido un éxito,
al grado de llegarse a exportar granos básicos a inicios de los años sesenta,
dando lugar a un aparente “milagro mexicano”. Éste, sin embargo, pronto se
topó con limitaciones y contradicciones que derivaron en una crisis agrícola
cuyos primeros indicadores estadísticos se dan en 1965 con el estancamiento de
la superficie cosechada nacional, principalmente la del maíz,19 de la que el país
no ha logrado salir en ya más de 30 años.20 Así, el lema del desarrollo económico
del México de la posguerra de “crear riqueza para después repartirla”, se
quedó en la concentración del ingreso, dejando la repartición colgada del
limbo del futuro nacional.
IV. Las limitaciones del desarrollo
económico rural mexicano
Pasada la historia, y con miras a reflexionar
acerca del destino que depara a la nación mexicana, cabe preguntarse cuáles
fueron las limitaciones, los problemas estructurales, las contradicciones de
este modelo de desarrollo económico seguido hasta inicios de los años ochenta,
qué otros escenarios pudieron haber existido de haberse seguido otro camino.
Sin duda, gran parte de los problemas se originó por el fuerte sesgo urbano
industrial imprimido al modelo de desarrollo económico en detrimento de la
sociedad rural. Para esta última, una seria limitante del desarrollo económico
se originó de los grandes, y a la vez limitados, logros de la lucha de los
campesinos en relación con el reparto agrario, así como por las restricciones
en uso del suelo y tamaño de predio, impuestas “nominalmente” a la
propiedad privada.
Para la sociedad mexicana de principios de
siglo, fundamentalmente rural y agropecuaria, haber legitimado como “pequeña
propiedad privada” una superficie de riego de 100 hectáreas, o su equivalente
en otras calidades de tierra, mientras que la dotación de tierra a los
ejidatarios y a los comuneros era menor de 10 hectáreas, generó una inequidad
de origen. El apoyo político y el acceso al desarrollo tecnológico sesgado en
favor de la propiedad privada magnificó esta diferencia, dando como resultado
una estructura productiva agropecuaria sumamente polarizada que algunos autores
han referido como estructura bimodal; “con pies de barro”. Ésta, además de
limitar el des-arrollo económico del campo y por ende el de la economía en su
conjunto, propició una articulación de las diferentes modalidades de producción,
en un principio en favor del capital privado y posteriormente en favor de las
empresas trasnacionales que incrementaron considerablemente su presencia en el
medio rural a partir de los años setenta.
Ciertamente, esta inequidad refleja la
correlación de fuerzas de los diferentes actores políticos y económicos de
entonces; por otra parte, poco se sabía de la función del reparto agrario en
el desarrollo económico como dinamizador de la diversificación económi-ca a
partir de la ampliación del mercado interno,21 más aún cuando la clase política
dominante, como un acto de fe, creía en la hacienda y posteriormente en la
propiedad privada empresarial y no en el campesino como actor económico rural.
Entre los gobernantes e intelectuales de la época,
e incluso los de hoy en día, existía la errónea concepción de que las
empresas agropecuarias cuanto más grandes fueran más productivas serían por
unidad de superficie, siendo que, a igualdad tecnológica, el tipo de relación
entre el tamaño de predio y la productividad por hectárea es inversamente
proporcional.22 Países como México, que tenían y tienen una parte importante
de su población viviendo en y del campo, deberían haber buscado economías de
escala no en la producción directa del campo y sí en las organizaciones de
segundo y tercer nivel, con el fin de acceder con mayor poder de negociación a
los apoyos, a la transformación, a la comercialización y a los mercados. Por
tanto, se debería haber posibilitado, por medio de las reformas a la Constitución,
una tenencia de la tierra monomodal,23 en minifundio rentable, de
aproximadamente 15 a 20 hectáreas de riego por familia.24 Este planteamiento
esquemático necesariamente habría que matizarlo y darle una expresión
diferenciada y específica de acuerdo con la diversidad regional y con la
pluralidad étnico-cultural. De cualquier manera, lo cierto es que un modelo de
tenencia de la tierra más igualitario hubiera generado otro tipo de patrón de
acumulación de capital en el campo y, con ello, otra estructura de poder político
y económico más equilibrada y probablemente más democrática. Lo anterior
hubiera estado, a la vez, condicionado a una mayor igualdad en el apoyo polí-tico
del Estado, mismo que se hubiera reflejado en un acceso indiferenciado para
todos los productores del campo a los insumos, infraestructura de riego, crédito,
capacitación y asesoría externa.
El logro de lo anterior, a su vez, hubiera
requerido de otro tipo de Estado, uno menos patrimonial, más descentralizado, más
democrático, que apoyara a los diferentes actores sociales sin intervenir.25 Un
Estado de estas características hubiera permitido espacios para la consolidación
de figuras asociativas de corte político, económico y social, que habrían
funcionado como contrapoderes de él mismo. Un Estado más descentralizado
hubiera transferido funciones, toma de decisión y gestión a los estados,
regiones, municipios y comunidades,26 respetando la autonomía de todos estos
niveles para tomar en sus manos los asuntos relacionados directamente con cada
nivel.
En lugar de ello, la imperiosa necesidad de
legitimar al Estado-nación, a partir de una diáspora de poderes locales
ejercidos por el caudillismo producto de la Revolución, abrió el camino al
unipartidismo, la centralización del poder y de la toma de decisiones en la
figura del presidente. Así, los planteamientos regionalistas o de pluralidad y
respeto a la diferencia étnica, como los de Moisés Sáenz o los de Vicente
Lombardo,27 quedaron aplastados bajo la rueda del pragmatismo político que, con
el sometimiento del general Cedillo, daba formalmente por terminado el proceso
de construcción del poder Ejecutivo bajo un solo mando, el del presidente de la
República.28 En este sentido, la preocupación política a partir del general Cárdenas
se refirió al fortalecimiento del poder presidencial por medio de una política
de masas que subordinó, hasta nuestros días, al movimiento obrero, mediante la
Confederación de Trabajadores de México (ctm), y al movimiento campesino, con
la Confederación Nacional Campesina (cnc).29
V. El espejismo petrolero y el modelo de
desarrollo agropecuario y económico de México
La nación mexicana llega a la década de los
ochenta insistiendo en un desgastado modelo de sustitución de importaciones,
fincado en el fomento de polos industriales de desarrollo urbano. Hay
diferencias fundamentales, sin embargo, que conviene destacar: el descubrimiento
de grandes reservas petroleras que, de acuerdo con el discurso oficial, vendrían
a relevar al agotado sector agropecuario de su función de sostén del
desarrollo económico.30 La copla-mar31 y posteriormente el sam32 fueron
intentos sexenales por revertir la transferencia de recursos del campo, sin
renunciar al sesgo urbano industrial del modelo de sustitución de
importaciones, en cuyos documentos se consideraba como una seria limitante al
desarrollo mexicano la situación periférica del país en relación con los
Estados Unidos, así como el peligro que implicaba la creciente presencia de las
empresas trasnacionales (et)33 en el sector agropecuario nacional. En todo ello,
el petróleo aparecía como la panacea, incluso como fuente endógena de
financiamiento para el desarrollo nacional que daba un holgado espacio para
maniobrar a los hacedores de la política económica nacional.
El sueño neoindependentista del Estado
mexicano habría, sin embargo, de desmoronarse ante la drástica caída de los
precios del petróleo, producto de la contraofensiva de los países
desarrollados en el mer-cado del crudo y ante la crisis de deuda externa
produc-to de la caída del ingreso nacional por la reducción del precio del
petróleo y de una sobredimensionada deuda externa, generada con la complicidad
de las fuentes de financiamiento internacional que vieron en México un buen
cliente para sus crecientes choques financieros.34
VI. La crisis de 1982: Del sueño del
desarrollo autónomo a la realidad del subdesarrollo sometido y subordinado
La pérdida de autonomía económica de México,
debida a la crisis del petróleo y a la de la deuda, redundó en la subordinación
de la política económica a los lineamientos de Banco Mundial (bm) y del Fondo
Monetario Internacional (fmi) que, a partir de 1982, han condicionado futuros préstamos
al gobierno mexicano a la adopción de medidas de estabilización monetaria35 y
de ajuste económico y estructural dictadas por el nuevo paradigma de desarrollo
económico de corte monetarista. Para este nuevo modelo, hoy conocido como
neoliberalismo, el desarrollo económico debe orientarse exclusivamente por el
libre accionar de la oferta y la demanda de todos los bienes y servicios,
debiendo eliminarse todo tipo de distorsión en el mercado.
Para el neoliberalismo, México debe reimpulsar
el modelo de crecimiento económico hacia afuera, buscando su lugar dentro de la
aldea global de acuerdo con sus ventajas comparativas “reales” y fincando su
nueva estructura empresarial en la libre empresa privada, abriendo la inversión
productiva, financiera y especulativa al capital internacional. En este modelo
de sobrevivencia, más que de desarrollo económico, el sector agropecuario
deberá orientarse hacia las exportaciones de hortalizas, de flores, de ganado
bovino y de productos forestales, a partir de empresas con grandes economías de
escala, debiendo reducir la producción de granos básicos –para los que el país,
salvo algunas microrregiones, se argumenta que no tiene ventajas
comparativas–, pudiéndose importar desde el exterior a precios más adecuados
para los consumidores. Dentro de este esquema, el fortalecimiento del mercado
interno queda una vez más olvidado, más por incapacidad del Estado que por lógica
económica.
La estrategia de restructuración de la política
económica respectiva ha planteado para México el retiro y la refuncionalización
del Estado que, de acuerdo con los nuevos cánones dictados por los organismos
supranacionales, debe dejar de intervenir en la sociedad de una manera hegemónica
y paternalista y pasar a cumplir una función arbitral entre los diferentes
agentes económicos. Esta situación ha planteado una complicada paradoja para
el Estado omnipresente mexicano, que ha ido dejando de lado el contrato social
firmado con el pueblo a partir de la Revolución de 1910-1917 tratando, a la
vez, de mantener una imagen de escaparate neorrevolucionaria. Asimismo, al
parecer el gran desafío para el Estado estriba en renunciar a las estrategias
intervencionistas de antaño que le permitían la continuidad en el poder político,
y generar a la par otras estrategias, muy probablemente también
intervencionistas, pero de diferente cuño y afines con la concepción
neoliberal de Estado, con el propósito de seguir cooptando el voto de la
pobreza y continuar en el poder.
La desaparición del Estado interventor es tal
vez el único punto del modelo neoliberal en donde se podría encontrar una
relativa afinidad entre las opiniones de tirios y troyanos. Nadie con sentido
común defendería este intervencionismo que alcanzó su máxima expresión
durante el régimen de José López Portillo. Sin embargo, la manera abrupta y
descuidada en que este Estado transfirió al mercado gran parte de sus funciones
durante el régimen de Carlos Salinas de Gortari generó un grave vacío que el
mercado no pudo compensar en el corto plazo. Asimismo, para muchas actividades
productivas, como la producción de café y de tabaco, por citar dos ejemplos,
retornar su acopio, comercialización y transformación exclusivamente por el
libre mercado –después de más de 20 años de la intervención directa del
Estado, sin haber generado una red organizativa consolidada entre los
productores– regresó a estas actividades a mercados oligopólicos similares a
los existentes en los años cincuenta. Debido a ello, los productores
minifundistas y poco organizados han vuelto a ser presa de las condiciones
impuestas en el mercado por los compradores de estas materias primas.36
La liberación del mercado de productos
agropecuarios, por su parte, se ha dado en dos frentes, para permitir el libre
accionar de la oferta y la demanda: la apertura comercial, que ha dado lugar a
la libre concurrencia de productos de otras economías en el mercado nacional, y
a la desregulación de los precios agropecuarios del mercado interno, tomando
como precios de referencia los precios internacionales.37 Si bien la globalización
económica tiene que asumirse como una realidad tácita a la que México tiene
que adaptarse, este acoplamiento ha sido criticado por la manera abrupta,
indiscriminada, ingenua y subordinada38 en que se ha llevado a cabo, en donde la
presen-cia de los agentes económicos en las negociaciones, cuando se ha dado,
ha sido de manera cupular por organizaciones de dudosa representación y
legitimidad ante los productores.39
El mercado de tierras es, tal vez, el que se
encuentra más gravemente distorsionado debido a que más de la mitad del
territorio nacional se encuentra excluido de la libre oferta y demanda de
tierras, por estar concesionado en usufructo a los ejidos y comunidades del país.
En este sentido, el 6 de enero de 1992 se hicieron reformas “radicales” al
artículo 27 Constitucional para dar por terminado el reparto agrario, de
posibilitar la reconcentración de superficies hasta 2 500 hectáreas de riego o
su equivalente y de transferir la posesión de la tenencia de la tierra de los
campesinos minifundistas, considerados por los neoliberales como “no
rentables”,40 a otros agentes económicos, presumiblemente empresas
trasnacionales vinculadas al mercado mundial,41 que sí hagan un uso óptimo de
los recursos en la carrera de la “modernidad”.
VII. La crisis financiera de 1994 y la crisis
agrícola nacional e internacional de 1995: Nuevos escenarios, ¿nuevos paradigmas de desarrollo?
En diciembre de 1994 el peso mexicano sufrió
una seria caída frente al dólar y con ella se esfumaron los sueños de muchos
mexicanos que, encandilados por la firma del tlc y por el ingreso del país a la
ocde, pensaban que México, gracias al neoliberalismo, había salido finalmente
del fango del subdesarrollo. Esta nueva crisis de financiamiento y de deuda
recordó a muchos la crisis de 1982, a partir de la cual el Estado se vio
forzado a adoptar el modelo neoliberal con el fin de evitar justamente la crisis
que ahora se presentaba doce años después. La diferencia con la crisis de 1982
es que, ahora, la deuda que se adquiría para evitar un colapso financiero
mundial era mucho mayor que la de doce años antes.
Asimismo, la economía, para finales de 1994 se
encontraba en estado de inanición debido a la política antinflacionaria del régimen
de Carlos Salinas de Gortari que sacrificó a los productores nacionales en aras
de lograr una inflación de un dígito por medio de la apertura comercial y de
la sobrevaluación del peso, misma que llegó a niveles alarmantes a finales de
su sexenio.42
La política económica nacional a partir de la
crisis de la deuda, en lo fundamental, se ha resumido a inten-tar cumplir con
los pagos de la deuda externa contraída por el gobierno y a tratar de salvar
del colapso al sistema financiero privado nacional, producto fundamentalmente de
una errónea política económica. Hasta el momento poco se ha hecho para
incentivar la producción agropecuaria nacional que en 1995 obtuvo una cifra récord
de decrecimiento de menos 4%; cifra semejante a la lograda por un país en
guerra (véase Luis Hernández Navarro, 1996).
Por si lo anterior no fuera suficientemente
dramático, a la seria caída en la producción de alimentos en el ámbito
nacional se suma la reducción de la reserva mundial de alimentos en
aproximadamente 30%.43 La situación particular del maíz, el alimento del
pueblo mexicano, es por demás alarmante, ya que debido a la carestía
internacional su precio subió de 130 dólares la tonelada a 180, de acuerdo con
la bolsa agropecuaria de Chicago; esta cifra se magnifica, dada la devaluación
del peso por más de 100% hasta marzo de 1995, dando como resultado que hoy a México
le cuesta más de cuatro veces la tonelada de maíz importado que lo que habría
costado producirla internamente.
La crisis alimentaria nacional puede tornarse
una situación de hambruna, sobre todo para los campesinos e indígenas de
infrasubsistencia, que necesariamente tendrán que comprar maíz para completar
su producción, muy mermada en 1995-1996 por los ciclones que azotaron el
territorio nacional, y quienes no tendrán el ingreso necesario para pagar por
el maíz a los precios imperantes en el mercado mundial, a reserva de que el
gobierno decida y cuente con los recursos para subsidiar masivamente el precio
al consumidor. De darse esta benevolencia gubernamental, el problema pudiera no
parar ahí dado el incremento en la compra de granos de los países asiáticos
–China principalmente– debido a la cual muy bien pudiera escasear este grano
del mercado mundial, en cuyo caso, sencilla y llanamente, no habría maíz que
importar, condenando a los “no rentables” a morirse de hambre.
Los preocupantes futuros escenarios
agroalimentarios ciertamente no han pasado inadvertidos por el Estado, que ha
lanzado una Alianza para el Campo (véase Comisión Intersecretarial del
Gabinete Agropecuario, 1995). Si bien este programa no considera en sus
planteamientos la solución de la cartera vencida de un sinnúmero de
productores agropecuarios, la mayoría de corte empresarial, al parecer sí
busca apoyar a los productores agropecuarios nacionales que tengan capacidad de
reconversión tecnológica. La mayoría de los campesinos e indígenas, sin
embargo, salvo la provisión de medio millón de “coas neumáticas”, al
parecer no recibirán un apoyo que les permita recuperarse de la crisis. De
funcionar los apoyos considerados en la Alianza, y de renegociarse adecuadamente
las carteras vencidas, es muy probable que para diciembre de 1996 se lograría
un incremento considerable en la producción de alimentos básicos; sin embargo,
para las mayorías rurales el que haya abasto no implica tener acceso a los
alimentos, ya que para ello hay que contar con el ingreso suficiente para poder
adquirirlos. Para más del 70% de la población del campo, incrementar la
producción de autosuficiencia es la mejor solución a sus problemas
alimentarios tanto en la esfera familiar como comunitaria y regional; debido a
ello el Estado debería apoyar la producción de básicos a estos niveles,
independientemente de la atención que dé a la agricultura comercial. En
esencia, la Alianza para el Campo, a lo más, representa un ajuste a la política
rural dentro de la insistencia en el modelo neoliberal, ya descrito, debido muy
probablemente a que los organismos supranacionales y ahora también, en forma
directa, el gobierno de los Estados Unidos tienen, de hecho, “cómodamente”
secuestrado al Estado mexicano, no dejándole autonomía alguna para determinar
la política económica del país.
En esta aparente fatalidad de México y de
otros PMDE, cabe considerar el desempeño que deberían tener las organizaciones
supranacionales (BM, FMI y OCDE), y hasta qué punto es adecuado imponer una vía
única, en este caso la neoliberal, como la mejor y única solución a sus
problemas económicos, cuando estas mismas medidas, en general, no son adoptadas
por países desarrollados por considerarlas lesivas a su economía. Al parecer,
el debate de la idoneidad de este nuevo fundamentalismo económico ya se ha
iniciado al interior de estas organizaciones, por lo que las adecuaciones
correspondientes no deberían tomar mucho tiempo a la luz de los graves
problemas que este modelo ha generado, en el corto y en el mediano plazo, en los
países dependientes de las directrices dictadas por estas instituciones.
VIII. Prospectiva y sugerencias del modelo de
desarrollo económico agropecuario de México en los albores del Siglo XXI
Todo ejercicio de prospectiva económica suele
estar irremediablemente condenado al fracaso, y es que resulta difícil predecir
el comportamiento de cuando menos las variables económicas fundamentales de
toda economía. Se puede, sin embargo, intuir la evolución de procesos que
condicionarán el devenir histórico de la nación mexicana. Tal vez el cambio
principal ha sido la globalización económica que implica una manera de
dominación del capital y de los países desarrollados sobre los países de
menor desarrollo económico. En este sentido, las ideas de la escuela de la
dependencia aún tienen vigencia en relación con la imposibilidad de que países
como México logren un desarrollo económico mientras continúen subordinados y
sometidos a los intereses del gran capital.44 La posibilidad de romper con esta
dependencia pareciera ser cada día más remota, por lo que el mejor de los
escenarios futuros en este sentido es el de una economía periférica,
subordinada y controlada, política y económicamente, por medio del
financiamiento externo y en donde la inversión extranjera finalmente llegue a
invertir en la producción de bienes y servicios en lugar de buscar rápidas
ganancias en la bolsa. Y es que, ante el desempleo masivo existente, si hay algo
peor que el ser explotado es ni siquiera tener la posibilidad de ser explotado.
Ciertamente, no hay nada escrito bajo el sol.
Tal vez Carlos Fuentes, después de todo, tenga razón y los mexicanos logremos
una vía alterna subrealista al neoliberalismo superdependiente. En este
sentido, sería impropio desdeñar la función que pueda desempeñar la
creciente sociedad civil y los partidos políticos de oposición en esta búsqueda
de un nuevo paradigma de desarrollo nacional dentro de la globalidad. De ser así,
un modelo opcional debería considerar la imperiosa necesidad de crecer también
hacia adentro, ampliando significativamente el mercado nacional por medio de una
mejor distribución del ingreso. Ello implicaría: i) una mejor distribución de
los recursos productivos en el medio rural, por medio de la recomposición del
minifundio para hacerlo eficiente y rentable, y ii) una integración vertical y
horizontal de la producción agropecuaria para urbanizar e industrializar el
campo, en lugar de concentrar estos procesos en las grandes urbes, generando con
ello una mejoría en la calidad de vida rural y un incremento en fuentes de
empleo para aquellos campesinos que no alcancen a obtener una parcela.
La generación de un minifundismo eficiente,
necesariamente, debería buscar economías de escala para el abasto y
comercialización de insumos, materias primas y productos, por medio de figuras
asociativas de segundo y tercer nivel, tal como se ha dado en Holanda, Corea,
Taiwán y Japón. Es por demás obvio que la paródica red de uniones de ejidos
y de arics45 registrada en el ran46 no cumplirían con las necesidades descritas
y que sería necesario, por tanto, apoyar la refuncionalización de una
estructura organizativa desde la base, por los propios sujetos del desarrollo,
de manera totalmente independiente de los partidos políticos y del Estado.
La estrategia para el desarrollo rural, ya
desde el fin de este milenio y con miras al siglo xxi, debería buscar la
seguridad alimentaria de todas y cada una de las familias y comunidades a nivel
nacional. Hay familias y comunidades rurales en donde la seguridad implica, por
problemas de ingreso, comunicación y abasto, la autosuficiencia de todos los
productos alimenticios. Hay otras en donde la seguridad se reduce a la producción
de un porcentaje del abasto necesario para su manutención. La producción
nacional deberá, a su vez, considerar la seguridad alimentaria de los grandes
centros urbanos, en donde la seguridad, cuando menos en relación con los
alimentos básicos, con base en la incertidumbre de su mercado internacional,
debería acercarse a la autosuficiencia en alimentos como el maíz y el frijol,
sobre todo en condiciones de escasez de divisas, como es el caso actual de México.
Y, en esencia, la seguridad alimentaria tiene que ser estructurada desde la base
y no de manera burocrática y centralizada.
De ninguna manera lo anterior se contrapone con
la integración del país al mercado internacional. El fenómeno de la
globalización, producto del desarrollo tecnológico, se acepte o no, va a
influir determinante-mente en las economías-nación, cuando menos mientras las
reservas de petróleo duren. Por tanto, es necesario que los hacedores de la política
económica nacional diriman estrategias gradualistas y selectivas de integración
más cautas y meditadas que la que llevó a la firma del tlc47 debiendo, a la
vez, regular el mercado, impidiendo su libre accionar en una sociedad de por sí
inequitativa, en donde la mayoría de la población sólo “participa” como
observadora afuera del escaparate del libre comercio. Ciertamente la agricultura
de México debe participar y competir en el mercado internacional con sus
productos; cabe reflexionar, sin embargo, que las ventajas comparativas de esta
agricultura estarán relacionadas con el uso intensivo de la mano de obra rural
(27% de la pea nacional según el Censo de 1990) y de la tierra, con el fin de
dar ingreso a la mayoría de la población rural y de ajustar las actividades
productivas de acuerdo con la relación de los factores de la producción
exis-tente en el campo mexicano. Ello llevaría a participar en el mercado
internacional con productos fundamentalmente diferentes a los producidos por países
con una agricultura intensiva en capital y con empresas de gran economía de
escala. De darse una diversificación económica nacional y de generarse una
significativa reducción de la pea agrícola, uno pudiera pensar en la necesidad
de ampliar la escala de las empresas; sin embargo, hacer esto a priori, como lo
han planteado en varias ocasiones los hacedores de la política neoliberal, sólo
llevaría a incrementar el número de vendedores de chicles en las calles de los
principales centros urbanos del país, amén del paso de la muerte hacia el país
del norte.
En todo esto, el desempeño del Estado debe, más
que delegar todas sus funciones en las manos del libre mercado, dedicarse a
apoyar, sin intervenir, a los diferentes agentes económicos nacionales
regulando, a la vez, la participación de los agentes económicos
internacionales. Este apoyo deberá buscar la transferencia responsable de
funciones a las organizaciones de productores, como son el crédito, la
asistencia técnica, la capacitación, el abasto de insumos, la comercialización,
y otros más. Acerca de esta transferencia, en relación con el crédito y
seguro agropecuario, las experiencias de las uniones de crédito, así como de
los fondos regionales de solidaridad, de las cajas de ahorro y de los fondos de
autoseguro, son dignas de tomarse en cuenta. Asimismo, son igual de ilustrativas
la experiencia de comagro48 en relación con la comercialización del
fertilizante49 y la del sirac50 y de la urecch51 en el abasto y comercialización
de productos y de alimentos básicos en el estado de Guerrero.52 Esta
transferencia impulsaría; a la vez, la democratización del país por medio del
fortalecimiento de los contrapoderes necesarios para evitar el acacicamiento de
las estructuras de poder político en todos los niveles, desde la comunidad
hasta la nación entera.
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NOTAS
- Véase John W. Mellor (1970, pp.
13-134); B. F. Johnston y J. W. Mellor (1961), y Hollis Chenery (1971).
- El término “países
subdesarrollados”, al igual que “países del Tercer Mundo”, ha sido
acremente criticado por su connotación peyorativa, prefiriendo algunos
autores el término “países de menor desarrollo económico”, aunque aquí
habría que especificar la circunscripción económica del término. En el
texto, el concepto de subdesarrollo implica la connotación dada por la
corriente o por los autores referidos.
- Acerca del efecto multiplicador, véase
B. J. L. Berry (1961).
- Dentro de las aportaciones críticas
están: M. E. Conroy (1975), J. L. Coraggio (1972 y 1973). Una vía opcional
al sesgo urbano industrial es planteada por K. Ruddle (1975); Carl Weaver,
(s. f.), y John Friedmann y Carl Weaver (1979).
- Como un ejemplo de los defensores
de los polos de desarrollo véase H. Richardson y M. Richardson (1978).
- G. Myrdal (1957) y Albert O.
Hirschmann (1958), trabajando de manera independiente, llegaron a
conclusiones similares acerca de los desequilibrios regionales causados por
la cumulative causation (consecuencia acumulativa) que acentuaba la
concentración de los factores de la producción y de la riqueza en el polo
de desarrollo.
- Un estudio que refleja claramente
esta situación es el realizado por Manuel Villa Issa (1977) sobre el Plan
Puebla. En dicho trabajo se demuestra que muchos de los campesinos cercanos
a la ciudad de Puebla, beneficiarios de este programa, no atendían a las
indicaciones de los técnicos, dado que el tiempo necesario para llevar a
cabo las labores de cultivo recomendadas entraba en conflicto con sus
trabajos extraparcelarios en la ciudad de Puebla. Una situación similar fue
encontrada por el autor en la región de los Tuxtlas, Veracruz, en donde
gran parte de los campesinos acudían a las asambleas con uniformes de
Pemex.
- Véase P. Jalée (1968), Sergio de
la Peña (1971), W. W. Goldsmith (1978), Samir Amin (1976), C. Furtado
(1965) y F.H. Cardoso y E. Faletto (1971).
- El concepto de “países de menor
desarrollo económico”, se considera en este escrito más idóneo que
“países subdes-arrollados” o del “Tercer Mundo” y más aún del irónico
“países en vías de desarrollo”.
- A este respecto habría que
destacar que poco después Estados Unidos se convertiría en fuerte
exportador de alimentos básicos, al tiempo que importaba artículos
elaborados de Japón, entre otros países.
- Respecto al diálogo Norte-Sur, véase
Willy Brandt (1980) y –acerca del nuevo orden económico internacional–
Lars Anell y Birgita Nygren (1980).
- Las reformas reclamadas por la
opinión liberal después del derrocamiento de Santa Anna en 1855 se pueden
resumir en tres leyes: i) la Ley Juárez, que restringía los fueros eclesiásticos;
ii) la Ley Lerdo, que desamortizaba los bienes inmuebles en poder de
corporaciones civiles y eclesiásticas, entre ellas las comunidades indígenas,
y iii) la Ley Iglesias, que prohibía a la Iglesia el control de los
cementerios y el cobro de los derechos parroquiales a los pobres.
- El modelo de sustitución de
importaciones planteaba una estrategia endógena de diversificación económica
tendiente a disminuir la dependencia económica de las importaciones, en
donde la “espiral sustitutiva” debería iniciar con la fabricación
local de bienes de consumo, hasta llegar a sustituir la fabricación de
bienes de capital. Respecto al particular, véase el trabajo de Osvaldo
Sunkel y Pedro Paz (1970, pp. 344-380).
- Un ameno resumen de las ideas de
Calles es presentado por Gustavo Esteva (1980, p. 44).
- En 1940, al término del régimen
del general Cárdenas, el ejido había pasado de tener el 13.4% de la tierra
cultivable en 1930, a 47%. Su participación en la tierra de riego subió de
13.1 a 57% para el mismo periodo. Por otra parte, el número de propiedades
privadas se duplicó, al pasar de 609 912 a 1 210 682, evidenciando la
fragmentación y, en menor medida, el encubrimiento de los latifundios
hacendarios que, de cualquier manera, cambiarían radicalmente la lógica
del manejo de sus recursos. Acerca del particular, véase M. Gutelman (1974,
pp. 161-179) y Luis Gómez Oliver (s. f.).
- Al respecto véase Cynthia Hewitt
(1978, p. 22), quien presenta una relaboración de información tomada de
Sergio Reyes Osorio et al. (1974, p. 1036).
- Véase Michel Gutelman (1974),
Roger D. Hansen (1971, pp. 42-56), Raymond Vernon (1966, pp. 87-95) y
Cynthia Hewitt (1978, pp. 17-30).
- Acerca de la “revolución
verde” en contexto véase Keith Griffin (1974) y B. H. Farmer (1977). El
caso particular de México es relatado por Gustavo Esteva (1980), Cynthia
Hewitt (1978) y E. J. Wellhausen (1977).
- La crisis agrícola, sus causas y
su efecto son tratadas por L. Gómez Oliver (1978), G. Esteva (1954 y 1980),
y A. B. Leiner (1977).
- Las contradicciones de este modelo
en el ámbito regional son mencionadas por David Barkin, quien menciona el
aprovechamiento de la infraestructura, fundamentalmente de riego, por los
empresarios agropecuarios de la región y posteriormente por brokers y por
empresas trasnacionales por medio de actividades agropecuarias sumamente
rentables, mientras los campesinos, como “hijos predilectos del régimen”,
continuaban como antes de la Revolución de 1910-1917, proveyendo la mano de
obra y viviendo en condi-ciones de pobreza, con la única diferencia de que
ahora eran explotados de manera más eficiente, al ser movilizados para
producir cultivos comerciales para el mercado nacional e internacional. Véase
David Barkin (1975).
- De la relevancia del reparto
agrario en el desarrollo económico, véase Peter Dorner (1972), D. Warriner
(1969) y E. J. Long (1961).
- La evidencia respecto a la mayor
productividad por unidad de superficie, conforme se reducen las parcelas de
tamaño, está hoy en día suficientemente documentada; basta citar los
trabajos de P. Dorner (1972), D. Warriner (1969), Salomón Eckstein (1978) y
M. Carter (1984).
- En este sentido la reforma agraria
de Taiwán en los años cincuenta generó una estructura de tenencia de la
tierra campesina minifundista que amplió significativamente el mercado
interno, dando las condiciones internas para el desarrollo económico de la
isla. Acerca de la experiencia de Taiwán, véase A. Y. C., Koo (1968 y
1970).
- Cálculo aproximado del autor con
base en los tamaños de predio y nivel de subsidios en países como Taiwán,
Corea y Japón.
- El Estado interventor mexicano llegó
a manipular a prácticamente todas las comunidades rurales por medio de los
dirigentes regionales de la Confederación Nacional Campesina (cnc), de los
promotores de la Secretaría de la Reforma Agraria (sra), del personal del
Instituto Nacional Indigenista (ini), de los inspectores de Banrural y de
los de la Aseguradora Nacional Agrícola y Ganadera (anagsa). Por si esto
fuera poco, este Estado tenía bajo su control gran parte de la
infraestructura de abasto y de comercialización de productos básicos y de
exportación agropecuarios, fijando a la vez los precios y controlando
directamente los volúmenes de importación.
- En el ámbito de comunidad, muchas
de las funciones y atribuciones, tradicionalmente llevadas a cabo por sus
integrantes, se las fue apropiando el Estado en su necesidad de centralizar
el poder político. Tal es el caso de las comunidades de riego, que
perdieron el control directo del agua a partir de 1925. Habría sido
deseable que, en este afán centralizador, se hubiera respetado la autogestión
comunitaria. Un interesante trabajo acerca de las comunidades de riego es el
de Luis Emilio Henao (1980).
- Un excelente trabajo sobre la visión
del indio por los antropólogos en México y desde el Estado es el de
Cynthia Hewitt (1982). Acerca de las ideas de Moisés Sáenz y de Vicente
Lombardo, véase las pp. 32-39 del citado libro.
- A fines de su mandato, en mayo de
1940, el general Cárdenas escribía: “En el gobierno una sola fuerza política
debe sobresalir: la del presidente de la República, que debe ser el único
representante de los sentimientos democráticos del pueblo”, Apuntes,
1913-1940, p. 440, citado por Arnaldo Córdova (1974).
- Sobre la política corporativa de Lázaro
Cárdenas, véase Arnaldo Córdova (1974).
- Esta prematura aseveración es
acentuada incluso por el propio Carlos Salinas de Gortari en la introducción
de su tesis de doctorado presentada en mayo de 1978 y titulada Political
Participation, Public Investment, and Support for the System: A Comparative
Study of Rural Communities in Mexico.
- El Convenio de la Coordinación
General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados
(coplamar), se planteó revertir la marginación extrema de 18 millones de
mexicanos, la mayoría campesinos e indígenas que, en aquel entonces,
presentaban síntomas de una grave desnutrición en el país. De hecho, fue
una nueva versión del Pro-grama de Inversiones Públicas para el Desarrollo
Rural (pider), venido a menos durante el sexenio de José López Portillo,
por ser la creación presidencial de Luis Echeverría. El coplamar, en
relación con el pider, contó con mucho mayor presupuesto y con una más
depurada estrategia, dado que el equipo político a su cargo, comandado por
Ignacio Ovalle, había instrumentado el pider desde la Secretaría de la
Presidencia durante el gobierno de Luis Echeverría.
- El Sistema Alimentario Mexicano
(sam), en su primera versión, conocida como sam I, hace una fuerte denuncia
abierta a la explotación de que ha sido objeto el campesino mexicano, tanto
por parte del capitalismo nacional como de las empresas trasnacionales. En
su discurso deja entrever la cada vez más alarmante dependencia alimentaria
del país, planteando como premisa para el desarrollo mexicano el
rompimiento de esta dependencia, posible gracias a los recursos petroleros
recientemente descubiertos en el país. La otra versión del sam, el sam ii,
producida a escasos meses de la primera versión, representa básicamente un
giro nominal de 180 grados, al buscar la reconciliación discursiva con la
inversión extranjera en el campo y la industria agroalimentaria en México,
y al apoyar abiertamente la vía empresarial agropecuaria por medio de la
ley de fomento agropecuario, que flexibilizaba las limitaciones del artículo
27 constitucional al permitir el uso agrícola de tierras ganaderas, así
como la asociación de capitalistas privados con el sector social en
aventuras productivas. Respecto al particular véase Michael Redclift
(1981).
- Acerca de la problemática
relacionada con las empresas trasnacionales en el sector agroalimentario
mexicano, véase David Barkin y Blanca Suárez (1982), Ruth Rama (1984) y
Gonzalo Arroyo, Ruth Rama y Fernando Rello (1985).
- Cabe señalar que en la versión
inicial de la tesis de doctorado de Carlos Salinas de Gortari se menciona en
la introducción la posibilidad de fincar el desarrollo económico nacional
en las reservas petroleras recientemente descubiertas. Para 1982, sin
embargo, en la versión publicada, Producción y participación política en
el campo, el trabajo ya no hace mención alguna a los recursos petroleros
como fuente de desarrollo nacional.
- La estabilización monetaria tenía
como objetivo fundamental el control de la inflación. A este objetivo, y al
pago de la deuda, se subordinó toda la política económica del gobierno de
Miguel de la Madrid, cuyo sexenio quedará registrado en la historia como el
sexenio del “cero” crecimiento económico.
- De la manera y repercución de la
desincorporación estatal véase J. de la Fuente y H. Mackinlay (1994) y
Luis Hernández Navarro (s. f.).
- La apertura comercial ha sido
defendida por sus adeptos con el fin de generar condiciones de
competitividad real para los productores nacionales, a fin de hacer
eficiente el aparato productivo nacional. Por otra parte, se han tomado los
precios del mercado internacional como referentes de precio no subsidiado en
relación con el cual sopesar la eficiencia económica de los agentes económicos
nacionales. Lo cierto es que el mercado internacional, sobre todo en lo que
se refiere a los productos agropecuarios, está sumamente distorsionado
debido a sus características oligopólicas y al alto nivel de subsidios a
la producción y a la exportación en los países desarrollados. Al parecer,
la apertura comercial tuvo, entre sus objetivos fundamentales, el presionar
los precios del mercado interno a la baja, con una paridad cambiaria de
sobrevaluación del peso mexicano, con el fin de lograr una tasa
inflacionaria de un dígito; uno de tantos caprichos del hoy ex presidente
Carlos Salinas de Gortari.
- Respecto a este particular, J. L.
Calva ha mencionado cómo los tigres asiáticos siguieron una estrategia de
apertura comercial gradual y selectiva, conforme las diferentes actividades
económicas iban logrando competitividad internacional, manteniendo
productos estratégicos, como el arroz, fuera de la apertura comercial. México,
como contraparte, pasó de un proteccionismo exagerado a una apertura económica
generalizada. Esta apertura se inició previamente a la entrada del país al
gatt el 25 de julio de 1986 y tuvo su momento más relevante con la firma
del tlc, en donde se plantea el libre comercio, sin restricción alguna, de
productos estratégicos para la seguridad alimentaria nacional, como el maíz
y el frijol, representando el primero algo más que una mera mercancía para
el México rural en términos de cultura, identidad y estrategias de
sobrevivencia. En relación con el detalle de la manera en que se dio la
apertura comercial mexicana, véase T. Kate (1992) y Luz María Fernández y
María Tarrío (1995).
- Cabe citar como ejemplo las
negociaciones “paralelas” para la firma del tlc, en donde los
negociadores mexicanos no contaron con estudios específicos por producto
que sopesaran las posibles implicaciones de la firma del Tratado, y la
participación de los productores recayó en la mayoría de los casos en líderes
“oficialistas” desvinculados de la actividad productiva. Respecto a la
relevancia de este aspecto, véase Solon Barraclough (1991).
- Santiago Levy y Sweder van
Wijnbergen argumentan los beneficios que acarrearía la reasignación del
recurso mano de obra en el campo por medio de una recomposición en la
estructura de la tenencia de la tierra que reincorporara a la actividad
productiva a los campesinos de infrasubsistencia como asalariados en
empresas de gran escala. Argumentaciones económicas contrarias a este
enfoque neodarwiniano defienden la eficiencia económica, social y ecológica
del minifundio campesino en la relación particular de los factores de la
producción y las características socioculturales del campo mexicano.
Acerca del particular véase Carlos Cortez et al. (1995), Roberto Diego
(1995) y Everardo Escárcega y Carlota Botey (1990).
- El endeudamiento de gran parte de
los productores privados agropecuarios nacionales y el final embargo
bancario que pesa sobre sus empresas, producto de una política económica
adversa que golpeó mortalmente los niveles de rentabilidad, hacen pensar
que hasta finales de 1994 estos productores no eran considerados por el
neoliberalismo nacional como buenos agentes económicos, de ahí la presión
ejercida sobre de ellos por medio del endeudamiento bancario para que
transfieran sus propiedades a otros agentes económicos más “modernos”
que, desgraciadamente para el neoliberalismo, no han estado interesados en
adquirir tierras en México debido, entre otras causas, a la baja
rentabilidad del sector y a que pueden tener acceso a la tierra por medio
del arrendamiento y de la agricultura de contrato sin necesidad de dilapidar
su capital en la compra de tierras.
- De acuerdo con Luis Gómez Oliver
(1995) la apreciación del peso llegó a 60% en diciembre de 1994.
- Cifra mencionada por el director de
la fao, durante su visita a México, en marzo de 1995.
- I. Wallerstein (1995, p. 1)
plantea, dentro del debate que hoy en día “(e)s absolutamente imposible
que la América Latina se desarrolle, no importa cuáles sean las políticas
gubernamentales, porque lo que se desarrolla no son los países. Lo que se
desarrolla es únicamente la economía-mundo capitalista y esta economía es
de naturaleza polarizadora”.
- Las Asociaciones Nacionales de
Interés Colectivo (arics), son figuras asociativas de tercer nivel,
promovidas por el Estado, que permiten la asociación, con fines económicos,
de organizaciones del sector social con empresarios privados.
- El Registro Agrario Nacional (ran),
en esencia, mantiene el registro y el control de la tierra del sector
social.
- Acerca de los escollos del mercado
internacional, véase L. Llambí (s.f.).
- Comercializadora de Occidente.
- Sobre la experiencia de comagro, véase
De la Fuente y H. Mackinlay (1994).
- Sistema Integral Rural de Abasto y
Comercialización.
- Unión Regional de Ejidos de
Producción y Comercialización de la Costa Chica.
- Estas experiencias son relatadas
por Rosario Cobo y Lorena Paz Paredes (1992), y por Gisela Espinosa y Miguel
Meza (1992).
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