OBISPO
STROSSMAYER
Su discurso sobre la Infabilidad Papal
pronunciado en el Concilio Ecuménico de 1870
Documento
publicado en el periódico El Jesuita Blanco
Editado en Barcelona el año 1898
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Año I |
Barcelona 15 Abril de 1898 |
Num. 6 |
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INMUTABLE |
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AMOR |
![]() |
BONDAD |
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SIN VELO |
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Número 10 cénts. |
Publicación quincenal |
Número 10 cénts. |
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Redacción: Abaixadors, 3º 1ª |
Encabezamiento del periódico El Jesuita Blanco en el que se inicia la publicación del discurso del Obispo Strossmayer sobre la Infabilidad Papal.
Observaciones que hacemos sobre las dudas que algunos presentan sobre la autenticidad de este discurso sobre la Infabilidad papal pronunciado por el Obispo Strossmayer o Strosmajer, Josip Juraj (Prelado croata fallecido en 1905).
El Jesuita Blanco hace público el citado discurso:
Periódico El Jesuita Blanco
nº. 6 del 15 Abril 1898: Inicia la publicación del discurso del Obispo Strossmayer.
Periódico El Jesuita Blanco nº. 7 del 1º Mayo 1898: Sigue la publicación del discurso
sobre la Infabilidad Papal.
Periódico El Jesuita Blanco nº. 8 del 15 Mayo 1898: Continúa la publicación del
discurso del Obispo Strossmayer.
Periódico El Jesuita Blanco nº. 9 del 1º Junio 1898: Finaliza su publicación.
(El periódico El Jesuita Blanco
se vendía en los kioscos de Barcelona, provincias y extranjero)
Las preguntas que surgen por lo expuesto son:
1º/ ¿Por qué el Obispado de
Barcelona no acudió a los tribunales para impedir la publicación de este discurso
del Obispo Strossmayer, sobre la Infabilidad Papal, si se trataba de un discurso
fantasma como algunos dicen?
2º/ ¿Por qué se calló el Vaticano si el tal discurso nunca se pronunció? Pues de
todos es sabido que el poder político y económico nunca le ha faltado.
3º/ El más significativo de todos ellos: ¿Por qué se calló el Obispo Strossmayer
al atribuirle un discurso que nunca pronunció, y como dicen algunos ni el más hereje
lo pronunciaría?
Alguno podrá decir que El jesuita Blanco, no era conocido en Barcelona, y para que
los que deseen y quieran salir de dudas lean el artículo "Ambiente de anarquía"
que D. Teodoro Baró publicó en el Diario de Barcelona en el nº. 3605 de fecha 22
de Marzo de 1908, donde dice entre otras cosas: El tal sujeto, que se titula
Jesuita Blanco dice, que ha venido para continuar la obra de Cristo, y lo hace en
folletos y hojas impresas, no clandestinas, pues llevan pie de imprenta; ...se aproximan
en Barcelona, según nuestras noticias, a unos treinta los centros formados...
El Jesuita Blanco era muy conocido por el Catolicismo
En 1887 publica: "Refutación
a los folletos El liberalismo es pecado", del Sr. Félix Sardá y Salvany, Pbro. En
esta publicación encontramos la siguiente frase: ...y basta de mencionar porquerías
para probar que Roma no ha podido ser la representante del Cristo en la tierra.
¡Vergüenza de todos los que tal pretenden es el discurso del señor Obispo Strossmayer,
en el concilio ecuménico de 1870 sobre la infabilidad papal!
En 1890 publica una segunda edición aumentada de esta "Refutación" y en ella, entre
otras cosas, publica: "La Monita secreta de los Jesuitas". (Reglamento interno y
secreto por el que se regían los jesuitas). ¡Causa horror su lectura!
Reconozco la razón del papa Clemente XIV para abolir la Compañía de Jesús, pero
no veo razón que otro papa Pío VII la volviera a restaurar, porque cuesta entender
que dos hombres infalibles obraran de forma tan contradictoria.
Por último diremos que en 1906 publicó unas cartas que había dirigido al papa Pío
X, incluyendo en esta publicación el discurso completo del Obispo Strossmayer sobre
la Infabilidad papal.
CONSIDERACIONES
Por todo lo expuesto es difícil
imaginar que el citado discurso sobre la Infabilidad Papal pronunciado por el Obispo
croata Strossmayer haya sido una fantasía inventada por alguien.
¿Quién era en verdad El Jesuita Blanco, para tener tanto poder para hacer callar
a la Iglesia Católica y Romana? La meditación del contenido de sus escritos nos
ayudará a comprender su autoridad moral.
¿Quién fue su fuente para conocer el citado discurso y publicarlo, sin que la Iglesia
Romana y ni el propio Obispo Strossmayer hayan intervenido para hacer callar al
Jesuita Blanco? ¿Fue el mismo Obispo Strossmayer? ¿Fue el Papa León XIII con el
que mantenía una gran relación como comenta en sus escritos?.
Todos los historiadores, investigadores y también los que niegan este discurso nos
tienen a su disposición para que puedan ver los documentos originales que mencionamos
y que obran en nuestro poder, ya que en los archivos históricos de la ciudad de
Barcelona y bibliotecas no se encuentran estos documentos por ser destruidos totalmente
durante la larga dictadura política y sobre todo religiosa que ha sufrido España
desde 1939.
Pueden ponerse en contacto con nosotros mediante e-mail.
DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER
SOBRE LA INFABILIDAD PAPAL
VENERABLES PADRES Y HERMANOS:
No sin temor, pero con
una conciencia libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio
de vosotros en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos
que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz,
descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar
los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.
Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta,
me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo
Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que
me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el
sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.
Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual
de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las
manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y
en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S.
Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda
lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de
Trento proclamó la regla de fe y de moral.
He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he
encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún
es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya
sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco
de Mahoma que no existía aún.
Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente.
¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo
Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún
vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos
e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio
no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese
el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están
dirigidas, caería en el más grande descrédito.
Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.
Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con
la cabeza. Esto me alienta y prosigo.
Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho
capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San
Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad
Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: --"Cuando haya ascendido a mi Padre,
debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco
por mi Vicario en la tierra".
No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar
una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar
las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para
cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería
a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos
de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no
quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.
Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio
el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme
repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el
mando supremo sobre su ejército espiritual.
Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar
o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los
Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no
diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas,
símbolos del poder espiritual y temporal.
Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho
a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle
con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).
¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar
a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla
para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?
Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en
Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar
ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién
debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los
cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al
Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago;
y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos
y hermanos. (Hech. cap. 15).
¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?
Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en
las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras
nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya
autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20),
que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal
piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.
Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa
a los que dicen "somos de Pablo, somos de Apolo" (1ª. Corintios, 1 y 12), así como
culparía a los que dijesen, "somos de Pedro". Si este último Apóstol hubiese sido
el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta
violencia a los que pertenecen a su propio colega.
El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles,
Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.
¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo, el gran Apóstol de los Gentiles,
olvidase el primero de estos oficios, --el Papado-- si el Papado fuera de divina
Institución? Ese olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este
Concilio que no hiciese mención de Su Santidad Pío IX (Varias voces: ¡Silencio,
hereje, silencio!).
Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga
os demostraríais al mundo prontos a hacer injusticia, cerrando la boca del último
miembro de esta Asamblea. (Continuaré)
El Apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas a las diferentes Iglesias,
de la primacía de Pedro. ¿Si esta Primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia
hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanza, podría el
gran Apóstol de los Gentiles olvidarse de mencionarla? ¡Qué digo! Más probable es
que hubiere escrito una larga Epístola sobre esta importante materia. Entonces,
cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace,
olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien; (si no opináis que
la Iglesia de los Apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía ni
osaría decir) estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue más bella, más
pura ni más santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (No es verdad, no es verdad).
No diga Monseñor de Laval "no". Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos,
se atreve a pensar que la Iglesia que tiene hoy un Papa por cabeza, es más firme
en la fe, más pura en la moralidad, que la Iglesia Apostólica, dígalo abiertamente
ante el Universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras
vuelan de polo a polo. Prosigo.
Ni en los escritos de S. Pablo, S. Juan o Santiago descubro traza alguna o germen
del poder Papal; S. Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los Apóstoles,
guarda silencio sobre este importantísimo asunto. El silencio de estos hombres santos,
cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras,
no parece tan penoso o imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si
Thiers, escribiendo la historia de Bonaparte, omitiese el título de Emperador.
Veo delante de mí un miembro de la Asamblea, que dice, señalándome con el dedo:
"¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera!".
No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un
ladrón, por la ventana, sino por la puerta como vosotros; mi título de obispo me
dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga hablar y decir lo
que creo ser la verdad.
Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar, es el silencio del
mismo San Pedro. Si el Apóstol fuese lo que le proclamáis que fue --es decir, Vicario
de Jesucristo en la tierra--, él al menos debería saberlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede
que ni una vez sola obró como Papa? Podría haberlo dicho el día de Pentecostés,
cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no
lo hizo, en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos Epístolas que
dirige a la Iglesia.
¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si Pedro era Papa?
Resulta, pues, que si queréis mantener que fue Papa, la consecuencia natural es,
que él no lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza conque pensar y mente
conque reflexionar: ¿Son posibles estas dos suposiciones?
Pero escucho decir por todos lados: Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No
fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los
altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la
tradición; mas aún, si hubiese sido obispo de Roma, ¿cómo podéis probar de su episcopado
su supremacía? Scaligero, uno de los hombre eruditos, no vacila en decir, que el
episcopado de San Pedro y su residencia en Roma deben clasificarse con las leyendas
más ridículas. (Repetidas voces: "¡tapadle la boca, tapadle la boca; hacedle descender
de esa cátedra!")
Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una Asamblea como
la nuestra, probar todas las cosas como manda el Apóstol, y creer solo lo que es
bueno? Pero mis venerables amigos, tenemos un dictador, ante el cual todos debemos
postrarnos y callar, aún su Santidad Pío Nono, e inclinar la cabeza. Este dictador
es la Historia.
Esto no es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero hace
su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta
ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los
tiempos Apostólicos; la falta es suya no mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición
de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia." (Mateo, 16 y 18).
Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas, antes de hacerlo,
deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.
No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos Apostólicos, me dije a mí
mismo: quizás hallaré lo que ando buscando en los anales de la Iglesia.
Pues bien, lo digo francamente, busqué el Papa en los cuatro primeros siglos, y
no he podido dar con él.
Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del Santo Obispo de Hipona,
el gran y bendito San Agustín.
Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Católica, fue secretario en el
Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable asamblea se hallan estas palabras
significativas: "Todo el que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido
a la comunión por ninguno en el África."
Los obispos de África reconocían tan poco al obispo de Roma, que castigan con excomunión
a los que recurriesen a su arbitrio.
Estos mismos obispos, en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio, obispo
de dicha ciudad, escribiendo a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese
apelaciones de los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más
legados y comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.
Que el Patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a
sí mismo toda la autoridad, es un hecho evidente; y lo es un hecho igualmente evidente
que no poseía la supremacía que los ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese,
¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a
los decretos de su supremo tribunal?
Lo confieso, sin embargo, que el Patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una
de las leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la definición de los cuatro
Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos y
que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo."
Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.
No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la
ley de Justiniano lleva escrito al frente: "del orden de Sedes Patriarcales." Procedencia
es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra.
Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos
del reino, la procedencia se daría, naturalmente, al Primado de Florencia, así como
entre los orientales se concedería al Patriarca de Constantinopla, y en Inglaterra
al arzobispo de Cantorbery. Pero ni el primero, segundo, ni tercero, podrían aducir
de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.
La importancia de los obispos de Roma, procede, no de un poder divino, sino de la
importancia de la ciudad donde está su Sede.
Monseñor Darboy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas no obstante,
París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en orillas
del Sena, se hallase sobre el Ródano. Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa,
lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Florencia no es más
que un prefecto, como el de Pisa, pero civil y políticamente es de mayor importancia.
He dicho ya que desde los primeros siglos el Patriarca de Roma aspiraba al gobierno
universal de la Iglesia. Desgraciadamente casi lo alcanzó, pero no consiguió ciertamente
sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una ley, por la cual estableció
que el Patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. (Lec.
cod. de sac. etc.).
Los padres del Concilio de Calcedonio, colocan a los obispos de la antigua y nueva
Roma en la misma categoría en todas las cosas, aún en las eclesiásticas. (Can. 28).
El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título
de príncipe, de obispo de los obispos, u obispos soberanos.
En cuanto al título de Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde, San
Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían adornarse con él, escribió
estas palabras:
"Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar ese título profano, porque cuando
un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre Universal, el título de Patriarca sufre
descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que
cause descrédito a sus hermanos."
San Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía
hacerse Primado de la Iglesia. El Papa Pelagio II llama a Juan, obispo de Constantinopla,
que aspiraba al Sumo Pontificado, impío y profano.
"No se le importe, decía, el título de Universal que Juan ha usurpado ilegalmente,
--que ninguno de los Patriarcas se abrogue este nombre profano-- porque ¿cuántas
desgracias no debemos esperar, si entre los sacerdotes se suscitasen tales ambiciones?
Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es rey de los hijos del orgullo".
(Pelagio II, Cett. 13).
Estas autoridades, y podía citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad
igual al resplandor del Sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no
fueron reconocidos como obispos universales y cabezas de la Iglesia, sino hasta
tiempos muy posteriores?
Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el
primer Concilio Ecuménico de Constantinopla, entre más de 1.100 obispos que asistieron
a los primeros Concilios generales, no se hallaron presentes mas que diecinueve
obispos de Occidente?
¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por emperadores, sin siquiera
informarles de ello, y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de
Roma? ¿O que Osio, obispo de Córdoba, presidió en el primer Concilio de Nicea, y
redactó sus cánones? El mismo Osio presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó
al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y pasaré
a hablar del gran argumento a que se refirió anteriormente, para establecer el Primado
del obispo de Roma.
Por la roca (piedra) sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es
Pedro; si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada, mas nuestros antepasados,
y ciertamente debieron saber algo, no opinan sobre esto como nosotros.
San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo que por la roca debéis
entender la fe inmovible de los Apóstoles." San Olegario, obispo de Poitiers, en
su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (piedra) es la bendita y sola
roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en el sexto libro de la Trinidad,
dice: "Es sobre esta roca, de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada".
"Dios, dijo San Gerónimo en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia
sobre esta roca, y es de esta roca que el Apóstol Pedro fue apellidado". De conformidad
con él, San Crisóstomo dice en su homilía 55 sobre San Mateo: "Sobre esta roca edificaré
mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión". Ahora bien, ¿cuál fue la confesión
del Apóstol? Hela aquí:
"Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente".
Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, (sobre el segundo capítulo de la epístola
a los Efesios). San Basilio de Salencia y los padres del Concilio de Calcedonia,
enseñan precisamente la misma cosa.
Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los
primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre
la primera epístola de San Juan: "¿Qué significan las palabras edificaré mi Iglesia
sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre esto que dices, tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente."
En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: "Sobre
esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo era
la roca."
El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que
dijo a su grey, en su sermón 13: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca (piedra) que
tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: Tú eres el Cristo,
el hijo del Dios viviente, edificaré mi Iglesia sobre mi mismo, que soy el hijo
de Dios viviente, la edificaré sobre mi mismo y no sobre ti."
Lo que San Agustín enseñaba sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el
mundo cristiano en sus días. Por consiguiente, reasumo y establezco:
1º. Que Jesús dio a sus Apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2º. Que los Apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al vicario de Jesucristo y
al infalible doctor de la Iglesia.
3º. Que el mismo Pedro nunca pensó ser Papa, y nunca obró como si fuese Papa.
4º. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta
posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo
le otorgaron una preeminencia honorífica, nunca el poder y jurisdicción.
5º. Que los santos padres, en el famoso pasaje: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre Pedro
(super Petrum), sino sobre la roca (super petram), es decir, sobre confesión de
la fe del Apóstol.
Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido
y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro,
y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan
sólo confiscando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: silencio,
insolente protestante, silencio).
¡No soy un protestante insolente! ¡No, mil veces no!
La historia no es católica, ni anglicana, ni calvinista, ni interna, ni arminiana,
ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es decir, algo más poderosa
que todas las confesiones de fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.
¡Escribid contra ella, si osáis hacerlo!. Mas no podréis destruirla, como tampoco
sacando un ladrillo del Coliseo podríais hacerle derribar.
Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia;
y, sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia,
y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre
me aguardase en la plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a
proseguir.
Monseñor Dupanloup, en sus célebres observaciones sobre este Concilio del Vaticano,
ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío Nono infalible, deberemos necesariamente,
y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran
también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con
autoridad asegurándonos que algunos Papas erraron. Podéis protestar contra esto,
o negarlo, si así os place; mas yo lo probaré.
El Papa Víctor (192), primero aprobó el Montanismo, y después lo condenó.
Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso
a la diosa. Diréis, quizá, que fue un acto de debilidad; pero contesto: un Vicario
de Jesucristo, muere, mas no se hace apóstata.
Liborio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de
Arrianismo, para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su Sede.
Honorio (625) se adhirió al Monoteísmo; el padre Gratri lo ha probado hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Antecristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo
Universal; y, al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida
Phocas, a conferírsele dicho título.
Pascual II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos; mientras
que Julio II (1509) y Pío IV (1560) los prohibieron.
Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz
a la Iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión; Adriano II (867 a
872) declaró el matrimonio civil válido; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.
Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó
su lectura, mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la
compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo III, y Pío VII la restableció.
Mas ¿A qué buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro Santo Padre,
que está presente aquí, en su bula dando reglas para este mismo Concilio, en el
caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando todo cuanto en tiempos
pasados fuese contrario a ello, aún cuando procediese de las decisiones de sus predecesores?
Y ciertamente; si Pío Nono ha hablado excathedra, no es cuando desde lo profundo
de su sepulcro impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.
Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista
las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas. Por lo tanto, si proclamáis
la infabilidad del Papa actual, tendréis que probar, o bien que los Papas nunca
se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu
Santo os ha revelado que la infabilidad del Papado tan sólo fecha de 1870. ¿Sois
bastante atrevidos para hacer esto?
Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no
entienden, y cuya importancia no ven; pero aún cuando sean indiferentes a los principios,
no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infabilidad
Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán a la brecha, con tanta más
bravura, puesto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos
nuestra negación que oponerles.
¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de
Lucas hasta Su Santidad Pío IX? ¡Ay! si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos
en toda la línea; mas, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de ¡silencio, silencio,
basta, basta!) ¡No gritéis, Monseñores! Temer a la historia es confesaros derrotados;
y, además, aún si pudiéramos hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella no podríais
borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible
en este importantísimo asunto.
El Papa Virgilio (538) compró el Papado de Belisario, teniente del emperador Justiniano.
Es verdad que rompió su promesa, y nunca pagó por ello.
¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia,
lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El obispo que obtenga su
episcopado por dinero lo perderá, y será degradado."
El Papa Eugenio III (1148) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante
de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole: "¿podréis enseñarme en esta gran ciudad
de Roma alguno que os hubiera recibido por Papa, sin haber primero recibido oro
o plata por ello?"
Mis venerables hermanos ¿será el Papa que establezca un banco en las puertas del
Templo inspirado del Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la Iglesia
la infabilidad?
Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban
XI hizo exhumar su cuerpo, vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los dedos
con que acostumbraba dar la bendición; y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando
que era un perjuro e ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó
y le agarrotaron. Romano, sucesor de Esteban y tras él Juan X, rehabilitaron la
memoria de Formoso.
Quizás me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, Monseñores, a la
librería del Vaticano, y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales
de Baronio. (A. D. 897.)
Estos son hechos que, por honor a la Santa Sede, desearíamos ignorar; cuando se
trata de definir un dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros,
el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica
y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?, prosigo.
El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice --(haced atención,
mis venerables hermanos, a estas palabras)-- ¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquellos
tiempos? ¡Qué infamia! Solo los poderosísimos cortesanos gobernaban en Roma! Eran
ellos los que daban, cambiaban y se tomaban obispados; y, ¡horrible es relatarlo!
hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al Trono de San Pedro." (Baronio,
A. D. 912.)
Me contestaréis, esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, mas en este
caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo
podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?
¡Pues qué! ¿ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y
medio, sin cabeza hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de los anti-Papas
se ven en el árbol genealógico del Papado; y seguramente deben ser éstos los que
describe Baronio; porque aún Genebrado, el gran adulador de los Papas, se atrevió
a decir en sus crónicas (A. D. 901.) "Este centenario ha sido desgraciado, pues,
que por cerca de 150 años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores,
y se han hecho Apóstatas más bien que Apóstoles".
Bien comprendo como el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de esos
obispos romanos. Hablando de Juan XI (931) hijo natural del Papa Sergio y de Marozia,
escribió estas palabras en sus anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha
sido vilmente atropellada por un monstruo.
Juan XII (956) elegido Papa a la edad de diez y ocho años, mediante las influencias
de cortesanos, no fue en nada mejor que su predecesor."
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo
tocante a Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1316)
que negó la inmortalidad del alma, y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico
de Constanza.
Algunos mantendrán que este Concilio fue solo privado. Séalo así; pero si le negáis
toda clase de autoridad, deberéis mantener, como consecuencia lógica, que el nombramiento
de Martín V, (1417) era ilegal. Entonces ¿en dónde va a parar la sucesión Papal?
¿Podréis hallar su hilo?
No hablo de los cismas que han deshonrado la Iglesia. En esos desgraciados tiempos
la Sede de Roma se hallaba ocupada por dos, y a veces tres competidores. ¿Quién
de éstos era el verdadero Papa?
Resumiendo una vez más, vuelvo a decir, que si decretáis la infabilidad del actual
obispo de Roma, deberéis establecer la infabilidad de todos los anteriores, sin
excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando,
con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas?
¿podéis hacerlo y mantener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoníacos,
han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ah! ¡venerables hermanos! mantener tal enormidad
sería hacer traición a Cristo peor que Judas, sería echarle suciedad a la cara.
(Gritos: ¡abajo de la Cátedra! ¡pronto! ¡cerrad la boca del hereje!)
Mis venerables hermanos, estáis gritando; ¿pero no sería más digno pesar mis razones
y mis palabras en la balanza del Santuario? Creedme: la historia no puede hacerse
de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente
contra el dogma de la infabilidad Papal. Podréis declararla unánime, ¡pero faltará
un voto, y ese será el mío!.
Los verdaderos fieles, Monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de
nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran a la Iglesia. ¿Desmentiréis
sus esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar
esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?
Abracémosla, mis hermanos; armémonos con un ánimo Santo; hagamos un supremo y generoso
esfuerzo; y volvamos a la doctrina de los Apóstoles, puesto que, fuera de ella,
no hay más que errores, tinieblas y tradiciones falsas.
Aprovechémonos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los Apóstoles y Profetas
por nuestros únicos maestros en cuanto a la cuestión de las cuestiones. "¿Qué debo
hacer para ser salvo?" Cuando hayamos decidido esto, habremos puesto el fundamento
de nuestro sistema dogmático.
Firmes e inmóviles como la roca, constantes e incorruptibles en las divinamente
inspiradas escrituras, llenos de confianza, diremos ante el mundo, y, como el Apóstol
San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos "a nadie más que
a Jesu-Cristo y el Crucificado." Conquistaremos, mediante la predicación del "martirio
de la cruz," así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia
Romana, tendrá su glorioso 98. (Gritos clamorosos: ¡bájate! ¡fuera con el protestante,
el calvinista, el traidor de la Iglesia!)
Vuestros gritos, Monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi
cabeza está serena. Yo no soy de Lutero ni de Calvino, ni de Pablo ni de los Apóstoles,
pero sí de Cristo. (Renovados gritos: ¡anatema! ¡apóstata!)
¡Anatema, Monseñores, anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí,
sino contra los Santos Apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio
colocase a la Iglesia. ¡Ah! si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas
¿hablarían de una manera diferente a la mía?
¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado
del Evangelio del Hijo de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente
con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: Preferimos la doctrina de nuestros Papas,
nuestros Bellarminos, nuestros Ignacios de Loyola a la vuestra? ¡No, mil veces no!
a no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para
no ver, y embotado vuestra mente para no comprender.
¡Ah! si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano
sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi
que nos arrojen de la ciudad Eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío Nono un
Dios, así como se ha hecho una diosa de la Bienaventurada Virgen.
Deteneos, deteneos, venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que
os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en
las Sagradas Escrituras solamente la regla de fe que debemos creer y profesar. He
dicho. Dígnese Dios asistirme.
(Estas últimas palabras fueron recibidas con signos de desaprobación semejantes
a los de un teatro.)
Todos los padres se levantaron; muchos se fueron de la sala. Bastantes italianos,
americanos y alemanes y algunos cuantos franceses e ingleses, rodearon al valiente
orador, y con un apretón de manos fraternal, demostraron estar conformes con su
manera de pensar.
Copiado
del Periódico EL JESUITA BLANCO
Barcelona 1898
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Buzón para sugerencias y preguntas: manuel_granollers@yahoo.es |
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FINAL DEL TRABAJO: |
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Le recordamos que la publicación de este discurso del Obispo croata Strossmayer, donde se aprobó el dogma de la Infabilidad Papal se inicia en el periódico El Jesuita Blanco nº. 6 de fecha 15 Abril de 1898 y que podrá leerlo abriéndolo desde este enlace: Periódico EL JESUITA BLANCO |
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Los editores de esta página, hemos editado un 2º trabajo, después de llevar a cabo más investigaciones sobre la publicación del discurso del Obispo Strossmayer y que lo podrá leer en la dirección: http://www.pedrocontinuador.net/Strossmayer.htm |