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ASOCIACIÓN MADRES DE PLAZA DE MAYO

A los amigos, colaboradores, grupos de solidaridad con las Madres, les informamos las actividades que están en marcha por los 25 años de lucha bajo la consigna

"LUCHAR SIEMPRE"


Actividades durante el mes de abril de 2002

Martes 9: Acto en Solidaridad con Cuba (Auditorio Univ. Popular, desde las 19 hs.)
Viernes 12: Clase de James Petras "Latinoamérica y las Madres" (Auditorio Univ. Popular, desde las 19 hs.)
Martes 16: Inauguración de exposición de afiches (en el Café Literario, Biblioteca y Auditorio Univ. Popular)
Viernes 19: Espectáculo de Danza Armonizadora (en el Teatro Empire de Buenos Aires, a las 20 hs.)
Lunes 22: Proyección de películas: "Las Madres en la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001", del Grupo de Cine Insurgente, y "Nosotras también no olvidamos", de ESPACIO MARX - MARINGA (Auditorio Univ. Popular, a las 19 hs.)
Martes 23: Concurso internacional de poesía "25 años de lucha": presentación de los trabajos ganadores (Auditorio Univ. Popular, a las 19 hs.)
Jueves 25 hasta 12 de mayo: Muestra en el Centro Cultural Recoleta sobre la Historia de las Madres
Viernes 26: Inicio de la cátedra del Che Guevara (Auditorio Univ. Popular, a las 19 hs.)
Sábado 27: Película "Bella Ciao - Genova" (Auditorio Univ. Popular, a las 19 hs.)
Sábado 27 y Domingo 28: Encuentro de Educación Popular (Auditorio Univ. Popular, desde las 9 y hasta las 17 hs.)
Domingo 28: Presentación de la actriz Otavia Piccolo (lugar y hora a confirmar)
Lunes 29: Reunión de convivencia entre las Madres y los grupos de apoyo del país y del exterior (Sede de Universidad Popular, desde las 20 hs.)
Martes 30: Concierto y Marcha bajo la consigna "LUCHAR SIEMPRE", en Plaza de Mayo, desde las 18 hs. Actuarán: León Gieco, Daniel Viglietti, Rafael Amor y Gabriel Mourelos con Son del Sur (Grupo de Música de la U.P.M.P.M). Hablarán: un miembro del Mov. Sin Tierra (Brasil); un representante cubano, Carlos Aznárez (Grupos de Apoyo a Madres del exterior) y Hebe de Bonafini
Martes 7 de mayo: Conferencia de Osvaldo Bayer sobre la lucha de las Madres y la actividad de los jóvenes (Patio del Aljibe del Ctro. Cultural Recoleta, a las 19 hs.)Película " 25 años de las Madres de Plaza de Mayo" de Ariel y Adrián Ogando - WAYRURO
Clase especial sobre los 25 años de las Madres
CD de música
CD con los discursos claves de la Historia de las Madres
Actividades previstas durante todo el año 2002

Primer libro de Taller de Escritura, mes de junio
Obra de teatro de la Carrera de Teatro de la U.P.M.P.M, dirigida por Raúl Serrano, mes de julio
Puesta en escena de la obra "Mater", de Vicente Zito Lema, mes de junio
Presentación del Coro de la Universidad
Realización del Primer Congreso Internacional de Salud Mental y Derechos Humanos.- 14, 15, 16 y 17 de noviembre


Hipólito Yrigoyen 1584 - (1489) Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4383-0377 - 6430
Fax: 4954-0381
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EL CAMINO DE ACTIVISMO DE LAS MADRES


Una historia con muchas causas y muchas militancias Lo que comenzó con una reunión de catorce mujeres en Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977 creció hasta ser hoy una militancia social integral que abarca asentamientos, piquetes, cacerolazos y movimientos de mujeres, y mantiene la continuidad del reclamo.

Por Victoria Ginzberg

“Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo.?” Una invitación, una propuesta, un acto de coraje. Azucena Villaflor se dirigió con voz fuerte a las otras mujeres que, como ella, hacían cola en el vicariato de la Armada, donde el cura Emilio Graselli simulaba preocupación. Repitió su idea en el Ministerio de Interior, otro de los sitios que congregaban a quienes buscaban datos sobre desaparecidos. El sábado 30 de abril de 1977 a las cuatro de la tarde, trece amas de casa de mediana edad y una joven que no quiso dar su nombre dejaron los despachos oficiales y salieron a la calle, juntas. Se convirtieron en las Madres de Plaza de Mayo. A 25 años del primer encuentro han recorrido un largo camino. Hoy las integrantes de las dos líneas de las Madres son militantes de tiempo completo: participan en asentamientos, piquetes, movimientos de mujeres y cacerolazos. Además, no dejan de asistir a la cita impostergable de todos los jueves.

Taty Almeida es miembro de una familia plagada de militares. Su padre, su hermano y su yerno eligieron esa profesión. Por eso le costó acercarse a las mujeres que todas las semanas daban vuelta a la Pirámide. Lo hizo varios años después de la desaparición de su hijo Alejandro, víctima de la represión de la Triple A del gobierno de Estela Martínez de Perón. Hasta creyó que con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 podía obtener noticias sobre Alejandro. “Lo único que tenía claro era que era antiperonista. Reconozco que era una gorila tremenda, pero me afeité hace rato”, admite Taty. Cuando se decidió y llegó a la Casa de las Madres, una pared llena de fotos de jóvenes la hizo sentir que no estaba sola.

Hoy Taty representa, con Nora Cortiñas y Laura Conte, a las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en el Frenapo (Frente Nacional contra la Pobreza), que nuclea a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), partidos políticos y otros organismos de derechos humanos que reclaman un seguro de empleo y formación de 380 pesos para todos los jefes y jefas de hogar desocupados. “Nos sumamos porque era un espacio de oxígeno. Nuestro lema es Memoria, Verdad y Justicia y eso hay que aplicarlo a todo, también a la corrupción, porque la impunidad de hoy se instaló con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final”, dice a Página/12.

Laura Bonaparte no comenzó a militar por la desaparición de sus tres hijos, Noni, Víctor e Irene. Al regresar del exilio, donde había colaborado con refugiados de El Salvador, se unió a Madres de Línea Fundadora. Pero antes, su trabajo como psicoanalista frente a la sala de internación femenina del policlínico de Lanús la vinculó con organizaciones populares y de mujeres. Este año viajó a dos encuentros en los que se conmovió con la lucha conjunta por la paz de las mujeres palestinas e israelíes y actualmente forma parte de FADO, Federación Argentina de Organizaciones, que trabaja con niños de la calle y desocupados. “Nuestra participación en todos los ámbitos es también una forma de recuperar la lucha de nuestros hijos”, afirma.

De la plaza, las madres se trasladaron a los escraches, los piquetes y las asambleas barriales, los foros internacionales y a la participación en organismos de derechos humanos regionales y mundiales. Marta Vázquez, de Línea Fundadora, es presidenta de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Ebel Petrini, de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo que lidera Hebe Bonafini, dice que la apertura de esta agrupación hacia otras causas no relacionada directamente con los desaparecidos se dio “a medida que fuimos entendiendo que era difícil volver a ver a nuestros hijos. Entendimos que solas no podíamos seguir y entendimos la fuerza que tiene la unión”.

Hebe, en cambio, señala un día preciso de 1988, en una huelga de hambre de la Facultad de Medicina. “No sé si porque ese día dije que la mayoría de nuestros hijos eran marxistas o por qué. Creo que ese día se rompieron un montón de cosas y me di cuenta cuánto que había que hacer con la gente en la calle, los estudiantes, trabajadores y desocupados. Esa fue la época en que empezamos a reivindicar a nuestros hijos como revolucionarios, a hacernos internacionalistas y compartir con otra gente”, asegura la presidenta de la Asociación de Madres, que ahora se ocupa de la universidad de las Madres y está organizando un club de trueque.

Ebel recuerda un piquete en San Justo. “Es muy movilizante ver a las mujeres con sus hijos tomando mate cocido y comiendo galleta dura, haciendo el fuego con ramas. Cuando voy a esos lugares me pongo mal porque sufro y pienso que es necesario hacer más de lo que uno puede hacer.” La mujer lamenta no poder compartir su militancia con su hijo Sergio, desaparecido a los 21 años. “Me gustaría decirle que lo entendía, que quería aprender de él, como aprendí cuando no lo tuve.”

El 28 de marzo pasado, las Madres de Línea Fundadora Enriqueta Maroni y Aída Sarti fueron hasta el asentamiento 22 de enero de Ciudad Evita. Cerca de 800 familias estaban decididas a hacer una toma de tierra para tener un lugar donde vivir. Hombres, mujeres embarazadas, niños y viejos armaron un círculo y comenzaron a entonar cánticos religiosos. En el centro había una imagen de la Virgen y las banderas argentina y paraguaya, porque muchos de los allí presentes eran de esa nacionalidad. Enriqueta y Aída los acompañaban con sus pañuelos blancos. También estaban los policías, que comenzaron a atacar con balas de goma y obligaron a los habitantes del asentamiento a replegarse y refugiarse en el barrio cercano. Después de este episodio, Enriqueta recorrió con otros miembros de organismos de derechos humanos los despachos de los funcionarios encargados del tema. “Hay cosas muy importantes en este momento que nos obligan a tomar partido porque somos parte del pueblo”, asegura.

Después de la desaparición de sus hijos Juan Patricio y María Beatriz, en abril de 1977, Enriqueta, como buena católica, trató de refugiarse en la Iglesia, pero se desilusionó de la jerarquía que le dio la espalda. En esa época se relacionó con otras señoras que buscaban a sus hijos y conoció a Azucena Villaflor, secuestrada el 10 de diciembre de 1977. Pero aquel 30 de abril de 1977 Enriqueta no fue a la Plaza.

Ese día se encontraron Azucena, María Adela Gard de Antokoletz, Cándida Gard, Julia Gard, Mercedes Gard, Pepa Noia, Haydée Castelió de García Buela, Mirta Acuña de Baravalle, Beatriz Aicardi de Neuhus, Raquel Arcushin, Raquel Radio de Marizcurrena, Elida Caimi, Delicia González y una joven que no dio su nombre. Pepa estaba impaciente y llegó dos horas antes de lo convenido. Fue la primera que estuvo en la Plaza ese día.

El 30 no dieron la vuelta a la Pirámide. Sólo se reunieron, se presentaron y se contaron cuándo y cómo habían secuestrado a sus hijos. Decidieron que se iban a volver a ver la semana próxima, esta vez, el viernes. A la segunda reunión asistió el doble de mujeres. Se discutió el borrador de un pedido de entrevista a las autoridades militares. Pero, a sugerencia de una de ellas, acordaron que el viernes era “día de brujas” y traía mala suerte. Desde allí la cita quedó fija para los jueves. La ronda a la Pirámide comenzó tiempo después, cuando un policía intentó dispersarlas diciendo que había estado de sitio y no se permitían reuniones de más de dos personas. Las mujeres comenzaron a caminar de a dos, tomadas de los brazos.


 

Luz de tormenta

LUIS BRUSCHTEIN.

 

Durante la dictadura el veterano luchador Pedro Milessi estuvo guardado por unas semanas en la casa de un periodista. Un día de tormenta estaban solos en el pequeño departamento y ante la desesperanza de su anfitrión, el viejo anarquista lo llevó hasta la ventana. “¿Qué ves?”, le preguntó. “Las nubes”, le contestó el otro. “Se ven nada más que nubes –le dijo Milessi–, pero aunque ahora no las veas, detrás están las estrellas.” Las Madres de Plaza de Mayo funcionaron así, como una luz en la tormenta.

Podría decirse que se convirtieron en el hilo delgado y solitario que mantuvo la continuidad de la historia de un pueblo. La historia de dignidad de ese pueblo recayó sobre sus hombros y hubiera sido muy distinto llegar a 1983 sin las Madres. Hubiera sido como llegar huérfanos a un empate por derrota.

Seguramente Azucena Villaflor y las primeras Madres que se reunieron hace 25 años en la Plaza de Mayo no se proponían convertirse en ese símbolo que son. Tenían en claro que querían recuperar a sus hijos, se proponían defender el derecho a la vida de ellos y el derecho de ellas a recuperarlos y estaban dispuestas a afrontar lo que fuera.

Un símbolo verdadero no se construye con el deseo de ser un símbolo. Ese camino termina siempre en el patetismo de la caricatura porque expresa la mezquindad o la ambición personal de poder o de figuración. El valor que las convirtió en un símbolo fue lo contrario de eso: el desprendimiento más absoluto y descarnado detrás del objetivo de defender la vida, primero la de sus hijos, después la de los demás y finalmente la de todos a medida que avanzaban por ese camino.

No hubo titubeo, no hubo especulación ni afán de grandeza o gestos teatrales o de iluminados ni se creyeron mejor que nadie, ni pensaron en el heroísmo, nada. Se desnudaron, se despojaron y concentraron toda la energía contra viento y marea en un punto: defender la vida. Y a muchas, como a Azucena, les costó la vida. Las mataron, las amenazaron, les dijeron locas, los vecinos les pintaban la casa: “Madres de Guerrilleros”. No se estaban convirtiendo en símbolo de nada. Al revés, parecía que se ganaban el odio de casi todos. Y siguieron. No eran un estereotipo, eran esencia pura, como el Che, como Evita.

En estos tiempos suele haber la pobre idea de que para convertirse en símbolo hay que querer serlo o parecerlo: desayunar con bronce, condenar a la hoguera al que no piensa igual, despreciar y minimizar lo que hacen los otros, pelear por una conducción figurativa y eterna, ser el orador central o único de todos los actos, robar cámara en los medios, glorificar hasta los propios estornudos y rodearse de una corte de adulones y chupamedias. Forma parte de una cultura de la mediocridad que produjo el sistema político que ahora está en crisis.

Al cumplirse los 25 años de las Madres, la palabra dignidad es la que surge primero. Y la forma en que ellas llegaron a simbolizarla constituye una valiosa lección en tiempos de tanta baratija.


 

 

Locura de amor

MIGUEL BONASSO.

 

Con la brutalidad que la caracteriza, la derecha argentina las llamó “las locas de Plaza de Mayo”, porque sin duda para los perversos y los tibios era una “locura” romper el techo asfixiante de tiniebla que había caído sobre la Argentina y salir a ganar la calle perdida para la protesta. En un primer momento ellas asumieron con orgullo ese mote de “locas” que les endilgaba el poder militar y sus secuaces de la sociedad civil y lo dignificaron de tal modo que el primer libro sobre las Madres de que tenga memoria, el del periodista francés Jean Pierre Busquet, se llama –precisamente– Las locas de Plaza de Mayo.

A los que en diciembre de 1977 luchábamos en la clandestinidad y en el exilio contra la dictadura militar, el florecimiento inesperado de los pañuelos blancos nos fortaleció decisivamente: ese movimiento de mujeres que desafiaban el terror absoluto en nombre del amor absoluto constituía una esperanza de resurrección, la certidumbre de que el poder que nos oprimía presentaba por fin una fisura y en algún momento de los próximos años acabaría por derrumbarse.

Pronto el mundo entero supo, gracias a sus rondas de los jueves, de qué lado estaba la razón, la justicia y la moral. Y pocos meses más tarde, cuando se celebró el Mundial, ya constituían una referencia obligada para la prensa internacional. Alguien se acordó de Bertolt Brecht y las rebautizó: ya no eran las Locas, sino las Madres-Coraje.

A los pobres de espíritu les parecía absurda su consigna: “Con vida se los llevaron, con vida los queremos”. Con sonrisa canchera, los realistas de siempre meneaban la cabeza burlándose de quienes pedían lo imposible. “Pero si saben que sus hijos están muertos”, decían los fabricantes de impunidad. No habían leído, sin duda, La vida que te di, de Luigi Pirandello, no abrevaban en la tragedia griega, su catolicismo no les daba para sumergirse en ciertos párrafos de la Biblia.

Después vino la democracia. Y con ella, desgraciadamente, se enconaron algunas diferencias hasta llegar a la ruptura. Pero ni siquiera esa división –que reproduce una de las debilidades de todo el campo popular– pudo desvanecer lo que la lucha de las Madres de Plaza de Mayo ha representado y representa para la sociedad argentina. En estos 25 años hubo muchos de soledad, de aislamiento, en los que sólo la terquedad de la pasión les permitió seguir adelante. Pero no fue en vano: en 1996, cuando se cumplieron veinte años del golpe, la impunidad empezó a resquebrajarse: diputados y jueces que habían convivido con las leyes del olvido las derogaron al calor de la presión callejera; algunos genocidas regresaron a la prisión o la cómoda vergüenza del arresto domiciliario. Y a la hora de trazar un balance pudimos observar que Argentina estaba mejor, en ese terreno, que otros países del Cono Sur que habían padecido dictaduras.

Ese triunfo les pertenece a las Madres, junto a otros organismos defensores de los derechos humanos que en estos años tan tristes respetaron la máxima de Rodolfo Walsh: “Dar testimonio en tiempos difíciles”.


 

 

Leyenda de amor

 

J. M. PASQUINI DURAN.

 

Las Madres de la Plaza son una leyenda de amor, y aunque eso ya es mucho no alcanza para definirlas en plenitud. También son una fuerza de vida que abrió en la conciencia social la brecha por donde colaron anhelos de verdad y justicia. Fuente de inspiración para tantos que siguieron sus pasos, aquí y en el mundo, recibieron a cambio ofrendas de admiración y respeto de famosos y de ignotos. Unicas en su identidad son, a la vez, porción de un movimiento cívico más ancho y plural que comparte con ellas el compromiso irreductible con los derechos humanos. Pese al interminable camino que anduvieron, venciendo inclemencias y achaques, aún está pendiente la primera razón de ser: esos chicos y chicas, nacidos de sus entrañas, que de pronto desaparecieron de sus vidas devorados por la crueldad planificada de un puñado de verdugos. Quieren, necesitan, merecen saber de los años perdidos y quieren, necesitan, merecen que la imperfecta justicia de los hombres imponga el castigo adecuado a los terroristas de Estado. En verdad, la sociedad entera recibiría los beneficios de la verdad y la justicia, cada día más indispensables en todos los ámbitos.

Guardianas de la memoria, acunan como sólo saben hacer las madres los recuerdos de miradas, sonrisas, llantos y mohines de aquellos proyectos de vida que las miran desde imágenes congeladas en la juventud eterna. De esos diálogos íntimos y de sus acciones públicas renacieron mujeres diferentes a las que fueron alguna vez, paridas por la tragedia que un día las tomó por asalto. En las nuevas vidas, sus inteligencias y sentimientos fueron atravesados por ideas y experiencias que abrieron sus conciencias hacia mundos hasta entonces desconocidos, en los que encontraron conocimientos que las iluminaron y también –¿por qué no?– dogmas y sectas que anidaron en los pliegues de los dolores inconsolables. La condición de Madres de la Plaza, por supuesto, no vuelve infalibles los juicios y prejuicios que asumen como ciudadanas y nadie está obligado a compartirlos, lo cual no quiere decir que las discrepancias o el consenso sobre éste o aquel punto de vista tenga que disminuir o aumentar la adhesión a la causa fundacional de una trayectoria de honor.

De lo contrario, la promoción de los derechos humanos que fueron violados sin piedad en cada una de las víctimas pasarían a ser exclusivo patrimonio de partidos cerrados o facciones ideológicas, contrariando la naturaleza plural que por definición le compete al movimiento que los reclama y defiende. Este requisito es el que permite a cada uno la libertad de pensar y expresarse según sus preferencias particulares, con la única condición de respetar los principios que son parte del bien común. Sobre los sucesos de aquellos años de plomo cada cual puede guardar opinión propia, pero al final serán las futuras generaciones las que terminarán por adoptar una versión mayoritaria para la historia. Cuando llegue ese momento, las Madres de la Plaza seguirán ocupando el sitial de la dignidad que se han ganado con tesón sin igual. Cada uno de sus aniversarios provoca reflexiones que pueden dar motivos para el debate pero que, en definitiva, enriquecen la condición humana y resaltan la honestidad y nobleza del merecido homenaje.


 

 

Sí, pero tenemos a las Madres

 

OSVALDO MEYER.

 

Los argentinos tenemos estadísticas escalofriantes sobre el hambre de los niños y la desocupación. Pero tenemos a las Madres. Tenemos generales famosos como torturadores y desaparecedores. Pero tenemos a las Madres. Tenemos políticos corruptos hasta la médula ósea. Pero tenemos a las Madres. Tenemos al Judas más perfeccionado de la época contemporánea. Se llama Astiz y es oficial de la Marina de Guerra. Se disfrazó de víctima para hacer desaparecer a las Madres. Es el más cobarde y soplón de toda la historia argentina. Pero tenemos a las Madres. Los argentinos tenemos un oficial del Ejército que quemó libros por Dios, Patria y Hogar que fue ascendido a general por los radicales, el general Gorleri, que se pavonea con sus jinetas después de ganar su única batalla: contra la cultura. Pero tenemos a las Madres, ante cuya presencia los políticos radicales y peronistas huyen como conejos. Los argentinos tenemos al general Arrillaga que de un soplo eliminó a los abogados de derechos humanos de Mar del Plata y luego, por orden de Alfonsín, empleó todas las armas, legales e ilegales, para terminar con los incursores en La Tablada. Cañones, bombas con sustancias venenosas, tanques, ametralladoras para cien batallas: mató, fusiló, hizo desaparecer, torturó. Todo en nombre de la democracia. El presidente de la democracia argentina lo felicitó. Pero las Madres fueron las primeras en enviar abogados a defender a los prisioneros. La Argentina de Duhalde firmó una declaración contra Cuba. Pero las Madres de Plaza de Mayo apoyan a todo grupo liberador latinoamericano que lucha contra el Imperio. El presidente De la Rúa envió la policía montada contra las Madres y él huyó en un helicóptero. Pero las Madres no abandonaron la Plaza de Mayo a pesar de los golpes, los latigazos y los sablazos y las patas de las bestias policíacas. En la Argentina todos los presidentes huyeron cobardemente ante los golpistas o ante problemas económicos. Las Madres tomaron la Plaza en el peor de los momentos históricos cuando todas las armas, todos los alcahuetes policiales, todas las cárceles las amenazaban. Y la desaparición, como ocurrió con Azucena Villaflor y otras heroínas del pañuelo blanco. Los políticos se disfrazan para no ser reconocidos por el pueblo que los corre. Las Madres se ponen un pañuelo blanco en sus cabezas para que todo el mundo las reconozca. Los gobernadores argentinos se esconden cada vez más en sus sedes con rejas, planchas de acero, policías, gendarmes y correveidiles. Las Madres abren sus puertas y dan conciertos de músicos populares, con poetas que leen sus poemas, con actores de teatro que en sus escenas se burlan del miedo del poder. Cuando hace un cuarto de siglo, las Madres tomaron la Plaza de Mayo para siempre ante los fusiles y los palos, el ministro del Interior, un general cínico y melindroso, llamado Harguindeguy preguntó desde el seguro ventanal: “¿Quiénes son esas del pañuelo blanco?”. “Madres de subversivos”, le contestó su lenguaraz: “¿Qué hacemos, las corremos?” No, dijo el general entre eructos: “Son nada más que mujeres y además viejas, déjelas”.

Sí, esas mujeres y además viejas derrotaron a las armas, los secuestros, las torturas de los señores generales, almirantes y brigadieres. Ahí están: todos escondidos hoy dando vergüenza a sus hijos y sus nietos para toda la eternidad. En cambio, las Madres ocupan la ancha avenida por donde marcharon siempre los Hijos del Pueblo, aquellos que dieron sus vidas por la dignidad humana, por la libertad, por la alegría de la vida.

Y bien: la Argentina que dejó de ser República hace tiempo para convertirse en tierra de militares asesinos, de políticos corruptos, de las estadísticas más altas del hambre y la desocupación, en sus calles tiene a las Madres. Una epopeya irrepetible. Un orgullo para siempre, un heroísmo a carta cabal, las Madres de Plaza de Mayo son argentina. Son nuestras. Tiene el coraje heredado de sus hijos.

Ya vienen las Madres marchando. Veinticinco años. Los generales huyen como conejos; los políticos se hacen los que no ven, los que no oyen, los que no sienten; los jueces se encierran en sus letrinas, los capitalistas envían, por las dudas, sus ganancias al exterior. Ahora ellas llevan todasguardapolvos blancos. Son las maestras que nos enseñan, con su ejemplo, para una nueva Argentina. Una nueva Argentina como soñaban sus heroicos hijos de desaparecidos.

Gracias, Madres, yo las he podido besar, las he podido abrazar, las he podido acompañar. Gracias por vuestras cálidas manos. Gracias por vuestro sagrado evangelio, la Rebeldía.